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De la emergencia educativa de Benedicto XVI al pacto de Francisco

Papa Francisco y Papa Benedicto XVI
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El nuevo libro de un economista venezolano, «Benedicto XVI y la emergencia educativa», responde a preguntas como ¿qué puede alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino?

Cada día se hacen más evidentes las dramáticas consecuencias al no disponer de una educación de calidad. No sólo las refleja la población en general, especialmente en nuestros países latinoamericanos, sino que se tornan patéticas en el desempeño del propio estamento dirigencial. Es frecuente escuchar: “Tenemos muchos políticos y pocos líderes”. ¿Estadistas? Son especie en extinción cuando pensamos obsesivamente en la próxima elección, en lugar de ver hacia el futuro como una construcción responsable del presente.

Son temas vinculados a la dignidad de la persona, a su calidad de vida, a sus derechos ciudadanos; la ética, a los valores más fundamentales. Temas que, justamente por todo ello, interpelan nuestra responsabilidad como cristianos, especialmente en lo que al compromiso evangelizador se refiere.

Preocupa al papa Ratzinger, el gran teólogo del siglo XX, «la promoción de un correcto comportamiento y criterios sobre los cuales construir la vida desde la enseñanza de la economía. Una filosofía que contribuye a formular preguntas sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta».  Y preocupa, igualmente, a un joven educador católico venezolano.

El autor

Thomás Chacón Santana se ha sumergido en el denso magisterio de la Iglesia, con énfasis en los aportes del papa emérito, Benedicto XVI, en su planteo sobre la emergencia educativa como instrumento para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia.

Es un economista venezolano egresado de la Universidad de Carabobo. Magíster y doctor en Educación por la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Núcleo Maracay). Fundador y coordinador académico del Programa de Formación Económica para niños, niñas y jóvenes de CEDICE Libertad. Actualmente es profesor agregado de la Cátedra de Introducción a la Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de Carabobo (sede Aragua). Coordina el Programa para el Liderazgo Universitario de la Pastoral Universitaria de Venezuela.

Ha sido galardonado con reconocimientos nacionales e internacionales por su labor docente en la economía cimentada en un diálogo fecundo entre la fe, la razón y la cultura. En el año 2019 ganó con el Premio Charles L. Stillman 2019, mención libro, de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala), con la obra que se coloca en manos de los lectores en esta publicación.

El libro

Chacón Santana aborda el método de la razón abierta -sugerido también por Benedicto XVI- para establecer la necesidad de enseñar y hacer economía tomando en cuenta cinco cuestiones: lo antropológico, lo etimológico, lo ético, el sentido, la belleza y lo teológico. Una propuesta que es fruto del quehacer universitario impulsado por los editores de CEDICE Libertad, desde donde «se ha comprobado que el sentido común refinado por el análisis y la razón organizada de la economía es posible incluso desde la primera infancia, para el bien común que florece en sociedades libres, prósperas y responsables».

Tan interesante es el razonamiento al que dedica su esfuerzo intelectual, que el prólogo está escrito por el cardenal Baltazar Porras Cardozo, destacado historiador de la Iglesia en Venezuela, arzobispo de Mérida y Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Caracas.

El libro “Benedicto XVI y la emergencia educativa, filosofía de la enseñanza de la economía para la libertad” es una publicación que apenas ha visto luz y que, a manera de exclusiva para Aleteia, conversamos con su autor para puntualizar en algunos aspectos de relevancia con miras a la comprensión de la urgencia educativa que se aborda.

Sabemos que hay países en el mundo que han asumido la tarea educativa como una prioridad, no sólo económica sino de planificación a futuro. ¿Será eso posible en nuestra América Latina?

El papa Benedicto en su encíclica sobre la esperanza nos señala que hay países que han generado una educación muy alta para la técnica, pero que “Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior,  no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo”. Sin embargo, hay otros países que han querido desarrollar una ética sin importar los avances técnicos. Estos últimos se centran en valores sin tomar en cuenta el desarrollo cognitivo de la memoria, el análisis, la síntesis, las matemáticas, la lenguas, las ciencias, y otros. De esto pudiéramos deducir que una educación que desarrolle la técnica sin tomar en cuenta la ética sería vacía porque generaría avances materiales sin atención por el bien común, pero es factible observar en medio del covid 19 que el progreso tiene que ser común (que es distinto a ser igualitario), porque la pérdida de uno es la pérdida del otro.

De igual manera, una educación ética sin tomar en cuenta a los avances técnicos sería sin sentido porque no habría las competencias para crear los medios necesarios para satisfacer necesidades.

Esta idea la ha continuado el pontificado el papa Francisco al invitarnos a la reconstrucción de un Pacto Educativo. En su encíclica Laudato Si, el papa nos plantea la siguiente pregunta que hace comulgar a la ética con la técnica: “¿Se puede negar la belleza de un avión, o de algunos rascacielos?” Porque solo la educación para la técnica puede producir un avión a un rascacielos, pero la ética es la que hace que eso sea bello al remunerar de manera justa a quienes trabajan allí, al generar empleos, al estar al servicio de muchos, al desarrollar la libre iniciativa, al producir riquezas que permitan ayudar a otros respetando la dignidad humana de todos.

Es propio que Benedicto XVI se ocupara del tema. Es un intelectual y el teólogo más remarcable del siglo XX. ¿Cuál es su aporte en términos de colocar al ser humano y su dignidad en el centro del esfuerzo educativo?

Una educación que mantenga viva el entusiasmo y la confianza en la vida porque descubre la belleza. Esto lo menciona el papa Benedicto XVI, en el año 2009 al tener un encuentro con los artistas con la siguiente pregunta: ¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza?

De allí la necesidad de una educación económica que despierte el entusiasmo y la belleza por la actividad económica. Eso a nuestro juicio supera la cultura asistencialista y deja atrás a la pobreza.

Además, precisamente dice el papa que la gran crisis de modernidad es la falta de confianza en la vida, en el otro, y cuando se pierde la confianza en la economía, se limitan las libertades económicas porque no se ve en los actores económicos a aliados que cooperan sino a enemigos de los que hay que desconfiar. De allí la gran tensión entre la confianza y la justicia que sea propicia para el desarrollo de la libre iniciativa económica que permita el desarrollo de personas imagen y semejanza de un Dios creador. Esto lo menciona el papa Benedicto XVI en la Carta del año 2008 a la Diócesis y a la ciudad de Roma sobre la tarea urgente de la educación.

Para ser solventada esta crisis de confianza en la vida, se genera  la necesidad de valorar la cultura teniendo como criterios el significado de la persona humana en función a su libertad, dignidad, responsabilidad y apertura a la trascendencia; lo cual se consiguen por medio de los aportes de la filosofía y la teología en la integración del saber, y que según Benedicto XVI son claves para atender la emergencia educativa.

El papa Ratzinger alertó acerca de un fenómeno que hoy vivimos dramáticamente: el laicismo-relativismo y su repercusión en el deterioro de nuestras sociedades, el alejamiento de las raíces e identidad y el vacío cultural que eso conlleva. ¿Cuál ha sido el impacto de hacer a un lado la educación en valores cristianos, intento que se verifica en tantos países europeos actualmente?

El Papa como buen propulsor del Concilio Vaticano II considera a la libertad religiosa como la máxima de las libertades. Sin embargo, tomando en cuenta lo que dijo el papa Pablo VI de que la iglesia es experta en humanidad, el papa Benedicto nos presenta que los valores cristianos corresponden con los valores occidentales, los cuales son: la libertad, la justicia y la verdad. por ello impregnan al Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia publicado en el año 2004.

Esto nos conduce a la construcción de una economía con libertad económica, con justicia ante lo producido y con verdad en los principios humanos que hace que convivamos mejor.

De lo contrario, se da cabida para es laicismo y relativismo que mencionas, lo cual es presentado por el papa Benedicto como causas de la emergencia educativa debido a que generan una falsa autonomía que impide el diálogo con el otro, falta de confianza en la vida y no formar el carácter para superar las dificultades.  Lo anterior trae además, como consecuencia, una desesperanza en los deseos profundos de vida plena  y en el anhelo de libertad. Estos nos motiva a una economía que lleva a la vida plena, cosa que consideramos posibles con la cooperación social en libertad.

¿Cómo debe imbricarse el compromiso eclesial y evangelizador en el empeño por desarrollar una impronta en el  universo empresarial y productivo, a fin de perfilar una sociedad más justa, donde las oportunidades y la riqueza incluyan a todos?

Esa pregunta es neurálgica debido a que, al superar esa gran crisis de la modernidad basada en la falta de confianza en el otro, los protagonistas sociales  que antes se observaban en los  guerreros por obtener del otro lo deseado por medio de la fuerza, pasarían a ser los empresarios por crear con la industria y defenderse con el derecho. Esto nos lleva a la necesidad, entre otras cosas, de aprecio hacia las virtudes del empresario. De empresarios y trabajadores y/o ciudadanos que desarrollen las virtudes de la prudencia para discernir los bienes y fines para el bien común. Que desarrollen la virtud de la templanza para encontrar, ejercer y desarrollar la contención para obtener las bondades del ahorro, la inversión y el consumo. La virtud de la justicia para dar al otro lo que le corresponde, que por medio de la economía se logra con el respeto del derecho de propiedad, el cual está enmarcado en los mandamientos de robar y no envidiar. Por último la virtud de la valentía, esa que nos conduce al riesgo empresarial y a cooperar con los demás.

 ¿Puede haber una economía más humana o todo se reduce a la “tiranía” del mercado y sus leyes? El que se procure el propio bienestar va en detrimento del interés colectivo (Bien Común)? “Ser rico es malo (pecado)”?

Esa pregunta es fundamental para el bien común, porque desde Bernardino de Siena en el Siglo XV, una voz de la Iglesia siempre ha manifestado que la actividad económica no hace a alguien bueno o malo, pues la bondad está en la persona, no en el mercado. Es decir, el servicio de un obispo no depende de el cargo, sino de la persona que tenga las condiciones para ello. El papa Benedicto XVI nos dice en la encíclica Caritas in veritate que el “mercado de la gratuidad” no existe, pero los mercados son necesarios. ¿Qué quiere decir esto? Que los mercados requieren que las personas desarrollen su potencial, que el desarrollo del potencial requiere del desarrollo de virtudes heroicas, pero que la caridad está fuera del ámbito del mercado, pero la caridad perfecciona al ser humano.

Estos nos conduce a dar cada cosa su espacio, como que la generación de riqueza se genera en los mercados, en el trabajo duro defendido con el Estado de Derecho; pero la caridad es algo que solo se ejercita con la libertad individual de cada persona que se perfecciona en dar mucho más de lo que el mercado le pueda proporcionar.

Sin embargo, en economía sólo hay bien común si en un mercado ambas partes se benefician. Esto es un elemento que nos hace apreciar las virtudes del empresario; razón por la cual el argentino Enrique Shaw (1921-1962) está en camino a la beatificación promovida por el papa Francisco cuando era Arzobispo de Buenos Aires.

El respeto y la promoción de la dignidad de la persona humana ha sido siempre doctrina de la Iglesia. De allí la prédica de la libertad pues sólo en libertad se puede estimular y desarrollar la potencialidad creadora, necesaria para la perspicacia empresarial y relaciones de trabajo basadas en el bien común y la productividad. ¿Cómo incide esto en la defensa de la propiedad?

Justamente es el centro antropológico que consideramos necesario para la economía. Esa antropología la percibimos en las múltiples dimensiones humanas que nos señala el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, porque allí encontramos la intención de captar y desarrollar en cada quien “las facetas más importantes de su misterio y de su dignidad”, las cuales son posibles al descubrir y desarrollar las siguientes dimensiones del ser humano: la unidad de la persona (una persona que viva intensamente lo real del cuerpo y el alma), la apertura a la trascendencia (capacidad de crear y de cooperar), la libertad (para tomar decisiones propias), la dignidad (al ser responsable de su mantenimiento) y la sociabilidad (produciendo para el servicio de los demás).

Nos motivan estas cinco dimensiones por aislarse de dos extremos perjudiciales para el desarrollo vital. El primero es el individualista nihilista que considera a la persona edificada por sí misma y sobre sí misma, cuya concepción económica justifica cualquier medio sin importar la forma de obtención de la riqueza,  la explotación y opresión, sin involucrar a todos los sujetos de la actividad económica (trabajadores y consumidores) en el progreso de la misma; sin tomar en cuenta las oportunidades de encuentro, colaboración y valoración de las capacidades de las personas participantes en la economía.

El otro extremo del que se aíslan estas dimensiones es el colectivista; el cual considera a la persona como mera célula de un organismo dispuesto a reconocerle, a lo sumo, un papel funcional dentro de un sistema en donde los intereses del colectivo están por encima del individuo, tal como lo plantea el marxismo, razón por la cual el Papa San Juan Pablo II en la encíclica Centesimo Annus indica que: “el error fundamental del socialismo es de carácter antropológico”, porque la dignidad humana da primero importancia al individuo y, por consecuencia, luego viene la importancia de la sociedad que está conformada por la totalidad de los individuos.

¿Qué puede esperar el lector de un libro como «Benedicto XVI y la Emergencia Educativa» , en el sentido de poder discernir, a la luz del magisterio de los papas, aprovechando los aportes de la Iglesia a las realidades temporales, más allá de los temas de fe y poniendo el acento en los de orden social?

Valores fundamentales de la existencia, un correcto comportamiento y criterios sobre los cuales construir la vida al abordar la economía bien sea en la enseñanza, el aprendizaje o en su ejercicio. Consideramos que ello se consigue al desarrollar, en cada concepto económico, las múltiples dimensiones humanas (antropología), el uso de la razón con voluntad (libertad) y la capacidad de amar (epistemología), las virtudes cardinales como base para hacer economía (ética), a la belleza como gran necesidad humana requerida hasta en la economía (sentido) y el no hacer economía mitológica (teología).

 

 

 

 

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