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¿Es el ‘Slow sex’ el camino para la satisfacción sexual del hombre y de la mujer?

Dean Drobot I Shutterstock
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Amarse de forma plena y consciente. ¿Es el último mantra de moda o una práctica sexual milenaria?

Hoy en día, un gran número de terapias recomiendan vivir “con plena consciencia”. Para disfrutar plenamente el instante presente y disminuir así las fuentes de estrés, se invita a meditar con plena consciencia, a comer con plena consciencia, a hacer turismo con plena consciencia, a dar a luz con plena consciencia… e incluso a amarse con plena consciencia.

Esta última es la idea que han desarrollado durante veinte años Diana y Michael Richardson con el nombre de slow sex. Se trata de vivir de otra forma la sexualidad que permite al hombre y a la mujer unirse, esperarse, pero que comporta también una serie de límites.

Estar presente en la experiencia del momento

El slow sex invita a tomarnos nuestro tiempo, a conectar con nuestro cuerpo y con el de la otra persona, a estar atentos a nuestras sensaciones corporales interiores, con el objetivo de amarnos mejor.  Esta forma de sexualidad “parte del principio de que el deseo, la fantasía, la excitación con vistas a un orgasmo, son proyecciones en un futuro o en un pasado que no permiten estar presentes enteramente en la experiencia del momento”, explica Cécile de Williencourt, matrona autora del libro Trésors de femme (“Tesoros de mujer”, editorial Mame).

“La práctica del slow sex permite a cada miembro de la pareja conectar con su cuerpo, pero también estar atento a los deseos de cada uno para acceder juntos al placer. Se trata de ubicar nuestra atención en lo que vive el cuerpo, renunciando a lo mental que imagina, recuerda o espera”.

Lo mental que espera el orgasmo, por ejemplo, considerado a veces como el objetivo que alcanzar. Pero el amor con plena consciencia no tiene ningún objetivo más que el de estar plenamente presentes en la relación.

“La búsqueda del orgasmo a cualquier precio nos aleja de lo que vivimos en el instante”, precisa Cécile de Williencourt.

Presencia, lentitud, delicadeza… son palabras clave para aprender esta forma de sexualidad compartida, vivida en los dos, al mismo ritmo. Lo que cuenta es crear un vínculo, no lograr el éxtasis. De ahí la importancia de los preliminares, de las palabras, de las miradas… para convertir la experiencia en una auténtica intimidad conyugal.

El slow sex, ¿una respuesta a la manera en que Dios creó al hombre y la mujer?

El ritmo de la sexualidad masculina no se ajusta siempre al de la sexualidad femenina. Este desajuste ha dado materia de reflexión a los esposos y terapeutas cristianos John y Stasi Eldredge: “Fijémonos en que Dios creó la sexualidad de la mujer de forma tal que su crescendo sexual exige a menudo –no siempre, pero sí a menudo– más tiempo que el del hombre. (…) ¿Por qué hizo Dios las cosas así? (…). El fuerte contraste entre nuestros dos modos de deseo y de orgasmos debe tener un motivo. (…) Dios pide al hombre que dedique tiempo –para cortejar, amar, ser delicado previamente– para que la mujer pueda conocer el mismo arrebatamiento que él. Eso exige una ausencia de egoísmo por parte de él”, escriben en su obra de referencia Amor y guerra. Seducir, amar, ser delicados… Estas son otras nociones que ha vuelto a poner de moda el slow sex. Sin embargo, ¿la armonía de los cuerpos basta para la realización conyugal plena?

Los límites del slow sex

La primera trampa del slow sex estaría en hacer de ello un absoluto. Luchar contra toda forma de presión se convierte finalmente en una presión en sí misma. La deriva estaría en erigir las sensaciones corporales, la lentitud y la plena consciencia como objetivos que conseguir, incluso cuando el slow sex se reivindica como una práctica alejada de la carrera del rendimiento.

Otra deriva es que el slow sex antepone el hecho de que gracias a la intimidad de los cuerpos la pareja logra una cierta intimidad espiritual. La perspectiva cristiana, en cambio, promete lo contrario: es primero la intimidad de los corazones la que permite acceder de manera libre, consentida y dichosa a la intimidad de los cuerpos.

La intuición de Juan Pablo II, registrada en sus catequesis sobre la teología del cuerpo, precisa bien que la unión sexual de los cuerpos presupone la unión de los corazones. Y cuanto mayor intimidad espiritual haya entre los cónyuges, más natural y fácil será la armonía de los cuerpos.

Así que si queremos tender hacia una sexualidad conyugal más intensa, ¡más vale comenzar por cuidar la relación con la pareja en su globalidad (corazón, cuerpo y mente) que hacer entrenamientos de slow sex!

Siempre según una visión cristiana, la sexualidad es ante todo una cuestión de entrega mutua, a través de los cuerpos. El hombre “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”, leemos en Gaudium et Spes.

Lo que importa en la unión sexual de los esposos no es poner en práctica todo lo posible para experimentar sensaciones corporales agradables, sino más bien aflorar plena y totalmente ese deseo de entregarse gratuitamente el uno al otro.

Por último, el slow sex, por sus orígenes tántricos e hinduistas, está alejado de Dios. Según sus adeptos, el amor es generado por la armonía perfecta entre dos cuerpos.

Para los cristianos, la fuente de amor no es un adecuado rendimiento físico y sexual, sino que es Dios solo. Y es Dios quien preparó al ser humano para el don de la sexualidad.

“Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas”, subraya el papa Francisco en Amoris Laetitia. “¡Coman, amigos míos, beban, y embriáguense de amor!” (Ct 5,1) canta el estribillo de Cantar de los cantares.

Por tanto, practiquemos la consciencia plena, sin duda, pero ante todo la que sitúa la sexualidad como un regalo y un proyecto de Dios para las personas.

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