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No quiero tan solo sobrevivir a esta pandemia

coronavirus

Haris Mm | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/07/20

No quiero que el miedo me aleje de mis sueños

No quiero que la vida que vivo ahora en esta pandemia sea sólo un paréntesis. Como una parada gris en medio de mis pasos.

No quiero tan solo sobrevivir estos meses añorando una vida que ahora no tengo y antes sí tuve.

A veces una enfermedad, una pérdida, una ausencia, un dolor, un fracaso pueden introducirme en un paréntesis en medio de mi vida. Es como una especie de desierto por el que me toca caminar esperando vergeles futuros. Un momento de vida sin vida, de caminar sin pasos, de hablar sin voz, de soñar sin sueños, de amar sin abrazos. Como un tiempo de pausa en el que sobrevivir sin vivir plenamente parece lo único posible.

No quiero vivir a medias. No quiero vivir con muerte en mi alma. Quizás en tiempos así hago mía una frase que leía: «Comprende que solo el dolor nos conduce a Dios, mientras la vida alegre y fácil nos ata con lazos de barro a la tierra».

El dolor de ahora orienta mis pasos y mi aliento hacia Dios. Sé muy bien que en momentos de dolor me ato más al cielo viviendo pegado a la tierra. En esos momentos puedo exclamar con las palabras del salmo: «Tu recuerdo, Señor, es mi alegría». Porque no quiero que el miedo me aleje de mis sueños. Ni que el olvido sea más fuerte que el amor.

No quiero que la angustia del momento no me deje vivir plenamente. Me detengo a escribir todos mis miedos, uno tras otro, muy concretos, sin pensar mucho. Y se los entrego a Dios para que me libere y me devuelva la alegría de vivir en el desierto.

Rompo el paréntesis que me ata. Tengo muy claro que volveré a ver el rostro de Jesús en mi vida, con más alegría incluso que antes, con más pasión. Pasarán las «tensiones de la pandemia» como bautizaba una persona sus propios pecados del confinamiento.

Dejaré a un lado todos mis miedos de ahora que me encarcelan. Y me alegraré como aquella persona que al final de sus días, ya mayor, les decía a sus hijos: «Vale la pena vivir toda la vida cerca de Dios». Y entonces haré mías las palabras que hoy escucho: «Yo te ensalzo, Dios mío, y bendigo tu nombre para siempre jamás. Clemente y compasivo es Dios, grande en amor; bueno es Dios para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras. Dios es fiel en todas sus palabras, en todas sus obras amoroso. Sostiene a todos los que caen, a todos los encorvados endereza».

Es el Dios lleno de misericordia en el que creo y al que sigo por mi desierto. Su bondad sostiene mis pasos cuando no lo siento cerca, cuando no lo toco. Yo creo que mi vida es así, hasta el cielo. Lo veré de repente escaparse entre las sombras. Y su susurro al oído despertará mis sueños. Y notaré un abrazo sin forma en el aire espeso del recuerdo. Y cantará su voz, a pleno pulmón, en mis sordos oídos. Todo esto será así en la tierra hasta el cielo, en que será estar con Él, ya sin dudas. La añoranza de un hogar eterno es fuerte en mi alma.

Abrazo el presente que me toca vivir ahora no como un paréntesis en mi vida sino como mi vida misma que sueña con ser plena. No como un desvío en medio de mis sueños sino como mi sueño hecho realidad de forma imperfecta. Ahora tocaré la soledad del desierto, su sequedad, su silencio plagado de gritos secos. Ahora estaré más seco quizás. Pero sabré que en las manos de Dios seguiré siendo su hijo más querido, su único consuelo, su recuerdo constante.

Dejaré mientras tanto lo que me pesa en el alma y me alegraré de seguir luchando y viviendo. Respirando el aire presente que no veo, pero es el alimento que me mantiene vivo en mis pasos de desierto. Me siento cerca de Dios en todo lo que hago. Su paso junto al mío, veo sus huellas. No tiemblo porque Él es quien lleva mis miedos en la mano. Yo ya no temo, confío. Y lo alabo por todos los bienes que ha hecho con mi vida.

Y me decido a vivir aquí y ahora, en presente, sin excusas. Es lo que me toca enfrentar ahora. De nada sirve amargarme y pensar en lo que pudo haber sido o en lo que no podrá ser. Siempre es así en la vida. De nada me vale quejarme de lo que podría haber hecho.

En este tiempo esta sensación se acentúa. Serán las tensiones de estos días que quieren ser una excusa o una disculpa para no estar a la altura, para no ser santo hoy, para no alegrarme de la presencia de Dios en mi vida.

No quiero vivir ya solo de su recuerdo. Quiero vivir este tiempo plenamente anclado en Dios. Como decía el P. Kentenich:

«No raras veces, en muchos cristianos tibios hallamos dejos de naturalismo. Ciertamente no niegan el Dios Trino revelado y su actividad en el ser humano, pero no le dan pleno espacio en sus vidas. Su vida cotidiana ha perdido el carácter sagrado; se ha tornado fría, mezquina, porque ha perdido el contacto vivo con Dios».

No quiero olvidarme de Dios.

No quiero dejar de ver sus pasos en la arena y comprender sus silencios. En esta época extraña que vivo Dios camina a mi lado despertando vida. Me ancla en mi presente y me dice que cada hora es sagrada, cada palabra que digo, cada gesto de cariño. Todo es importante ahora y de nada sirven las excusas que me pongo para no hacer nada.

Luego podré decir que eran las tensiones de la guerra, de la pandemia, de la crisis, de la muerte, justificando mis miedos. Tal vez calmaré mi culpa. Pero no dejaré de ver que en ese tiempo viví anclado en un paréntesis, sin vivir de verdad, sin amar con toda el alma. Eso no lo quiero.

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