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¿Crees en los sueños?

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De nada sirven a veces las palabras

Los sueños se elevan como humo detrás de los cristales de mi vida. Como hogueras llenas de luz y esperanza. Son sueños que esparcen una luz tenue que lucha con acabar con la negrura de mi pesimismo.

Un sueño teje caminos hacia el cielo antes inexistente. Saca al alma del sopor y la melancolía en la que a veces vive aletargada. La eleva por encima de cualquier tiniebla en la que puede perder el sentido.

Creo en los sueños, necesito conservar los sueños: «Conserva tus sueños, nunca sabes cuando te harán falta». No me detengo a pensar si mis sueños son realizables o son sólo ilusiones que teje mi fantasía. No me importa si un día podrán ser realidad. El sueño es como un fuego que eleva mi ánimo y me sostiene en vilo más allá de mi cansancio.

Los sueños son una brisa suave que acaba con el calor sofocante. Son un viento que levanta esas nubes que ocultan el sol de mi mañana. Nada importa al mirar el sueño elevarse por encima de todos mis miedos y cobardías. El sueño de una vida mejor, de un aire más nuevo, de un amor más pleno. El sueño de una entrega que aún no he alcanzado y una belleza que no logro dibujar con mis gestos torpes.

Sueño con todo lo que aún no poseo, con esa eternidad que se desliza frágil e insinuante en mi humanidad caduca. Despliega sobre el papel paisajes nunca pintados, ni creados por el pincel. Sé que los sueños son sólo sueños cuando no llegan a hacerse vida.

Quiero que Dios haga realidad lo que más deseo, lo que más sueño. Espero un tiempo nuevo abierto en un horizonte más bello que el que ahora vislumbro. Decía Mario Benedetti: «Cuando la tormenta pase te pido Dios, apenado, que nos devuelvas mejores, como nos habías soñado».

El sueño de Dios y mi propio sueño. Sus palabras labradas en mi roca. Y mis palabras que se las lleva el viento hasta lo más hondo de su corazón.

De nada sirven a veces las palabras. «Quien quiere de verdad quiere en silencio, con hechos, nunca con palabras». El amor son hechos, decisiones, opciones, gestos.

Sueño con un silencio que exprese mejor toda la vida que llevo dentro. Sueño con ese amor imposible que anida entre mis dedos.

Mis sueños me elevan por encima de mí mismo haciendo creíble ante mis ojos un mundo nuevo. Seré distinto. Seré más de Dios. Seré más niño. Será mi alma más limpia, más suya.

Viviré más enamorado de la vida, porque sé que es verdad lo que Nietzsche decía: «El amor saca a relucir las cualidades elevadas y ocultas de quien ama«.

No busco ya tanto ser amado, sino amar. Y que ese amor mío saque lo mejor que guardo dentro. Quiero aprender a amar y que no sea por mérito propio, sino por necesidad. Porque si soy mendigo de amores, me consumirá la amargura. Y si dispenso el amor que llevo dentro, tendré una paz antes desconocida.

No espero gratitud a cambio de mi amor o la devolución exacta de todo lo entregado. No deseo ser más amado de lo que soy ahora. No le exijo nunca a la vida lo que no puede darme. Pero sigo soñando, eso sí, con sacar la luz escondida en los pliegues de mi alma herida. Sé que es allí donde el sol amanece con cada te quiero. Y cobra vida con cada amanecer en medio de profundos silencios.

Me gusta ese don del amor que un día Dios sembró en mi alma. No me olvido de agradecerle cada mañana por todo lo que me ha dado.

Soy capaz de amar mi vida como es, mi tierra, y la tierra que pisan mis pasos. Amar a aquellos que se detienen a exigirme o a ofrecerme su tiempo y su vida, a cambio de nada. Quiero aprender a amar a los que no me aman y querer a los que sí me quieren. No es un juego vacío, es justo todo lo contrario.

La vida que no se ama se pierde. Y las personas que no aman están vacías, llenas de su propio ego que es sólo el humo vacío de una existencia maldita. El que cuenta más rencores que gratitudes en el corazón es que está enfermo. Opto y elijo la vida que ahora tengo y la sueño más plena. No me detengo a añorar la que tuve o soñé.

Y sé que amaré más todavía la que luego venga, aunque ahora sólo tenga deseos y miedos en el alma. Confío en que la ceguera del mundo no opacará mis ojos. Y me vestiré de gala de nuevo al romper el día para emprender mi camino lleno de esperanza.

Los sueños, sí, siempre los sueños sacarán mis mejores sonrisas. No temeré las lágrimas de emoción, porque el que mucho ama mucho llora.

Navegaré mil mares buscando tierras nuevas. Y despediré sin angustias las vidas que no fueron. Esas que no elegí o no me eligieron. No gritaré iracundo contra los imposibles. No olvidaré los sueños de niño, de joven, guardados en el pecho, como mi gran tesoro. Acariciaré tranquilo la paz entre los dedos. Me sentaré esperando a que muera el día, o rompan las olas contra la roca de mi indiferencia, acabando con esa dureza que no me deja esperar días sagrados. Amaré más allá de todas mis fuerzas.

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