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No sé quién está guiando mi barca

STEER
Alzay | Shutterstock
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¿Me dejo llevar por el miedo o por miedo a contradecir a muchos?

Dicen que a los santos se los celebra cuando mueren. Porque al morir nacen a la vida verdadera. Es su nacimiento al cielo, alcanzada la meta. Mientras que al nacer en la carne solo nacen a la muerte. Viene a ser la muerte temporal un certificado para la vida eterna, en la que no habrá más dolor, ni más muerte.

Juan Bautista fue santificado en el seno de su madre con la presencia de Jesús en el seno de María. Ahí mismo recibió una gracia especial, se llenó del Espíritu Santo. ¿Bastaba ya esa experiencia para ser santo? No lo sé.

No nació sin pecado y tuvo que luchar durante toda su vida por entender los planes de Dios, por encontrar su lugar en la tierra, su misión escondida en el desierto. Lleno de la fuerza del Espíritu fue haciendo un camino al encuentro de Jesús. Pienso en su vida y celebro su nacimiento lleno de Dios. Al final de su vida, ya madura su entrega, amó con toda su alma el camino marcado.

Encontrar el lugar en la tierra quizás es la misión de cualquiera. Encontrar las personas con las que compartir el camino. Encontrar la manera de vivir la vida. Encontrar un sentido, o al menos la forma de concebir la vida.

Descubrir en medio de las dificultades de cualquier camino a ese Dios que se aparece entre sombras para abrazarme y susurrarme que camina a mi lado, que no tema y confíe. Leía el otro día: «La vida está llena de pequeños testigos. Son creyentes sencillos, humildes, conocidos sólo en su entorno. Personas entrañablemente buenas. Viven desde la verdad y el amor. Ellos nos ‘allanan el camino’ hacia Dios. Son lo mejor que tenemos en la Iglesia».

Quizás mi vida consiste en allanar el camino hacia Dios. Quitando piedras, eliminando arbustos difíciles de vadear. Subiendo montañas y calmando tempestades. Son los testigos sencillos de una vida plena los que allanan las sendas para vivir mejor.

Me gusta pensar que los santos que necesita el mundo hoy son como se describe en estas palabras: «Esta Iglesia necesita urgentemente ‘testigos’ de Jesús, creyentes que se parezcan más a Él, cristianos que, con su manera de ser y de vivir, faciliten el camino para creer en Cristo. Necesitamos testigos que hablen de Dios como hablaba Él, que comuniquen su mensaje de compasión como lo hacía Él, que contagien confianza en el Padre como Él».

Quiero hablar más de Dios y menos de mí. Para eso tengo que conocerlo y señalarlo después entre los hombres. Sentado frente a mi ventana veo pasar cientos de mariposas volando en una misma dirección.

Me pregunto si será la dirección correcta. No sé sí por ser tantas eso basta para que sigan la misma ruta que a todas les conviene.

Me pregunto si es la opinión de la mayoría la que determina lo correcto de una decisión. Si el número de votos basta para decidir lo que está bien y lo que está mal.

¿Es posible que una minoría tenga razón yendo en la dirección aparentemente equivocada?

A veces es más fácil seguir la corriente de las aguas, exige menos esfuerzo. El viento que lleva mis alas hacia una meta asegurada es más fácil de aceptar. Las corrientes profundas del mundo que me conducen a un destino seguro. Una mayoría de puntos de vista tienen que estar en lo cierto.

Y yo, que quiero ser santo, me inclino a dejarme llevar por el vuelo constante y monótono de miles de mariposas. Me fío de esa dirección marcada. Acepto un final previsible para mis pasos. Un puerto donde cobijarme en medio de la tormenta. Parece mucho más fácil que navegar contracorriente.

Me dejo llevar sin miedo, o por miedo a contradecir a muchos. Dios no puede ver con malos ojos mi actitud conformista. Bastante hago, pienso, con seguir a los que van delante. No quiero esa actitud conformista en mi vida.

Tengo claro hacia dónde voy y no quiero dejarme llevar por corrientes extrañas. Leía el otro día: «Los conductores arrastran siempre hacia lo alto. Los seductores siempre arrastran hacia abajo. La masa depende de quienes la guían. Si son los conductores los que lo hacen, entonces las cosas andan bien; pero cuando en la comunidad tienen mayor influencia los seductores, entonces, reina la corrupción».

No sé quién está guiando mi propia barca. Quisiera ser yo conductor y no seductor. Ser capaz de conducir a otros hacia lo alto, no hacia lo más bajo. Ayudar a que otros puedan por sí mismos ir hacia el cielo y soñar siempre con ideales que marquen un rumbo seguro.

No conformarme con la mediocridad de una bandada de aves que vuelan en la dirección más cómoda, aparentemente más segura. No sé bien cómo hacer para mantenerme fiel a lo que creo, a lo que pienso, a lo que sueño. Cuando me presionan y empujan hacia donde no quiero ir.

Cuando la corriente es muy fuerte y me siento incapaz de seguir siendo fiel a mí mismo. Entonces dudo. Admiro a los santos capaces de ser fieles al amor primero en sus vidas. Sin miedo a exponerse, a perder la fama, la gloria humana y el respeto de los hombres. Es tentador a veces dejarse llevar por la corriente y perder el rumbo que Dios susurra en mi alma.

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