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La conversión ante el racismo de Bartolomé de las Casas

BARTOLOME DE LAS CASAS
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¿Por qué puede ser santo? Quizá porque Bartolomé de Las Casas fue un hombre capaz de enfrentarse a su propio pecado

El volumen extremo que ha alcanzado el racismo en Estados Unidos, sobre todo a partir de la ominosa muerte de George Floyd en Minneapolis asfixiado por un policía blanco, ha llevado a muchos escritores católicos a buscar ejemplos de cómo convertir el corazón de un racista confeso o de alguien que sin serlo todavía guarda resabios hacia la igualdad racial, la justicia y el respeto a la dignidad de los demás seres humanos.

Tal es el caso de la escritora y conferencista estadounidense Meg Hunter-Kilmer quien ha publicado una lúcida reflexión en Our Sunday Visitor sobre el camino recorrido por el fraile y obispo dominico Bartolomé de las Casas (1484-1566), el “Protector de los Indios”, quien durante mucho tiempo fue esclavista, encomendero y más tarde, uno de los grandes abogados defensores de los derechos humanos y la igualdad de los naturales del recién descubierto y colonizado continente americano.

The redemption of Bartolomé de Las Casas

“Bartolomé de Las Casas –escribe Hunter-Kilmer– era un sacerdote esclavista. Peor aún, era un sacerdote que incursionó en aldeas indígenas para capturar esclavos. Y aunque finalmente revisó su postura sobre la esclavitud de los pueblos indígenas, continuó apoyando la esclavitud negra. Está en camino a la santidad. ¿Cómo? Porque ese no fue el final de su historia”.

¿Hacia los altares?

La “leyenda negra” en torno a fray Bartolomé de las Casas le viene, justamente, de su “exagerada” defensoría de la igualdad y la condición de seres humanos de los indígenas, a quienes trató paternalmente, sobre todo en su corto ministerio de apenas seis meses, como primer obispo de lo que hoy es Chiapas (al sur de México). De hecho, su nombre quedó grabado en una de las diócesis emblemáticas de la América originaria: San Cristóbal de las Casas.

Sin embargo, desde el 2 octubre de 2002, en la sevillana parroquia de La Magdalena, el arzobispado de Sevilla abrió la causa de beatificación de quien llegó a tierras americanas como encomendero, concretamente a lo que ahora es Haití y República Dominicana, cinco siglos antes, en 1502, siendo sucesivamente vice-postuladores hasta sus respectivos fallecimientos los frailes dominicos Fernando Aporta (+4 octubre 2002) y Herminio de Paz (+2013). En 2019, en su capítulo general, la orden nombró a fray Alfonso Esponera Cerdán como vice postulador (fuera de Roma) de dicha causa.

¿Cuál es el tema central de su beatificación? Lo describe así Hunter-Kilmer: “Bartolomé de Las Casas, sobre todo, era un hombre capaz de enfrentar su propio pecado y convertirse. Sucedió gradualmente, sucedió a un gran costo, pero sucedió. Y algún día pronto, puede ser elevado a los altares, no porque siempre haya sido un buen hombre, sino porque no tenía miedo de reconocer lo que era malo en él y hacer el trabajo (con la gracia de Dios) para erradicarlo”.

Itinerario de Las Casas

Bartolomé fue hijo de un acompañante de Cristóbal Colón cuando éste hizo su segundo viaje a lo que él creía que eran las Indias orientales. A los 18 años, acompañó a su padre en la expedición de Nicolás de Ovando en 1502, siendo uno de los 1,500 primeros colonizadores elegidos al azar para hacer producir los territorios recién descubiertos. Tuvo una encomienda de indios en La Española, que empleó en su labranza. Ordenado sacerdote en Roma, vuelve al Caribe, donde continúa en posesión de una encomienda.

Él mismo confesó en alguna de sus obras, que hizo trabajar duro a sus indios, incluso tuvo esclavos negros, siguiendo las condiciones de trabajo de su lugar y tiempo, aunque no los maltrató ni los castigó abusivamente. En 1512 interviene en la conquista de Cuba como capellán del conquistador Diego Velázquez, recibiendo también encomienda de indios. Pero su conversión sería el 15 de agosto de 1514, luego de escuchar un sermón de fray Antón de Montesinos sobre la condición humana libre y sobre la vocación a la fe cristiana y a la santidad de los indios y de enfrentarse a las palabras del Eclesiastés: “Derrama sangre quien niega su salario al trabajador”.

Emilio Castelar lo describe de esta manera: “Las Casas, antes que todo, es desde el principio al fin de su vida un hombre de pasión, y por apasionado, sujeto a violencias en su proceder y a brusquedades en su lenguaje. Sin esa pasión, que todo lo creía posible, no luchara como lucio, ni padeciera como padeció; pero tampoco se agranda como se agrandó en el concepto de la humanidad y en el agradecimiento de la historia”. Se hizo dominico, consiguiendo una buena formación teológica y jurídica misma que emplea en ese ideal de defensa de los indios.

Asedio a la Corte por los indígenas

No hubo personaje más impopular que Las Casas en la Corte española ni entre sus propios compañeros de orden o entre los encomenderos y colonizadores españoles que siempre lo califican de exagerado e, incluso, como un hereje por sus anhelos de hacer crecer la figura de los naturales y decrecer la empresa española en América. Morirá en Madrid en 1566, tras asediar a la corte con memoriales y propuestas de liberación de los indios de las manos de los encomenderos y conseguirles la categoría de ciudadanos libres, dependientes directamente como los españoles de la autoridad del Rey.

“Las Casas argumentó no solo contra la esclavitud sino también contra la conquista, insistiendo en que los indígenas americanos no eran los salvajes incivilizados que se suponía que eran”, escribe en su artículo Hunter-Kilmer. Y añade: “Aunque Las Casas anhelaba la conversión de las Américas, sabía que solo podía suceder realmente a través de la evangelización genuina, no la conquista y la conversión forzada”.

La escritora termina argumentando el por qué y el cómo puede ser un gran faro de luz que ilumina las oscuridades del racismo: «Durante este tiempo de agitación y división, el Siervo de Dios Bartolomé de Las Casas se erige como un poderoso intercesor para aquellos que son activamente racistas, que promulgan o abogan por leyes y sistemas opresivos. (…) ¿Podemos, como Las Casas, participar en una autorreflexión honesta, examinando nuestros prejuicios y negándonos a justificarlos? ¿Podemos hacer el trabajo duro de luchar por la justicia, incluso si nos pone en desacuerdo con los que amamos?”

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