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Aprender a despedirse cuando la muerte llega con la pandemia

MOURN
Shutterstock | Photocarioca
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Necesitamos claves para afrontar y aceptar la muerte. ‘Despidiéndonos’ es una plataforma creada a raíz de la pandemia del coronavirus para acompañar a las personas que sufren la pérdida de un ser querido.

Vivimos como si la muerte no existiera. Convivimos con ella en las películas, en los videojuegos… pero en estos casos basta con apagar la televisión o volver a empezar la partida. En la vida real, la muerte existe y significa el fin de la vida tal y como la conocemos. Un proceso difícil y al que se teme con razones.

La pandemia del coronavirus nos ha traído de golpe la muerte y la ha puesto encima de la mesa, a pesar de que la enfermedad, el dolor, y el sufrimiento ya existieran previamente. Todos tenemos que pasar inevitablemente -con virus y sin él- por la experiencia dolorosa de perder a un ser querido, una muerte que algún día también nos tocará a nosotros.

Ante el ingente número de víctimas que ha dejado el coronavirus, el Centro de Espiritualidad Santa María (Argentina) ha decidido crear Despidiéndonos, un proyecto que acompañe a las personas que están sufriendo la enfermedad, que han perdido a un familiar o que estén trabajando día a día con la muerte. Inés Ordoñez de Lanús es su fundadora y explica en una entrevista para Aleteia algunas claves para este momento que forma parte de la vida.

¿Cómo surge este proyecto y de dónde nace?

A principios de marzo, viendo que posiblemente tendríamos que atravesar lo mismo que estaba pasando en España, Italia y otros lugares del mundo, surgió en mi corazón el deseo de poner toda la experiencia y capacidad de los acompañantes espirituales del Centro de Espiritualidad Santa María al servicio de quienes más podrían necesitarnos cuando el virus llegara a Argentina, nuestro país. Empezamos a preguntarnos y a organizarnos, movidos por pedidos concretos que nos iban llegando de diferentes lados. En el corazón del Centro de Espiritualidad está desde siempre el deseo de acompañar a las personas en lo que están viviendo, y se nos acercaban tiempos difíciles y situaciones límites de enfermedad y muerte. Queríamos ponernos al servicio y hacernos disponibles, para acompañarnos mutuamente a despedirnos.

¿Cuál es el objetivo fundamental?

Despidiéndonos nace con el objetivo de acompañar a las personas afectadas por la COVID-19. Nuestro deseo es ponernos al lado de ellas y acompañarlas, escucharlas, alentarlas, consolarlas, animarlas a transitar lo que están viviendo: al personal de la salud, a las personas enfermas y a los familiares de los enfermos. Mirando la experiencia de otros países, ya podíamos vislumbrar el terrible dolor de la enfermedad y de la muerte vivida en aislamiento y soledad. Necesitábamos encontrar nuevas maneras de honrar nuestra vida y celebrar la muerte, nuevos ritos para despedirnos de las personas amadas.

¿Ha tenido alguna experiencia cercana a la muerte? ¿Con algún familiar o amigo? ¿Cómo lo ha vivido? ¿Alguna experiencia que motivara este proyecto?

El acompañamiento espiritual en la muerte y en el duelo está muy marcado por una experiencia personal: la muerte trágica de Hercilia, mi hermana de 28 años, cuando yo era joven y estaba recién empezando el Centro de Espiritualidad. Fue en el año 1973. Ella estaba embarazada de 8 meses y tenía dos hijas de 2 y 4 años. Yo me preguntaba cómo podía haber cielo y felicidad para Hercilia y, al mismo tiempo, un sufrimiento terrible para las personas que quedaban sin ella. Fue una experiencia de dolor que atravesó mi vida. Fue muy fuerte y al mismo tiempo muy luminosa. En ese momento tuve la certeza de la simultaneidad de cielo y tierra: las personas que mueren siguen vivas y acompañando nuestro paso, pero están fuera del tiempo, y pueden comprender el sentido de su propia vida y de su muerte, el sentido del dolor y de todo lo que están viviendo las personas que lloran por ellas. En medio de mi llanto, yo descubría que Hercilia estaba acompañando nuestro dolor y el de sus hijas y nos iba conduciendo paso a paso a la experiencia del gozo. Cielo y tierra. ¡Tenemos que aprender a vivir como nos enseñó Jesús, “así en la tierra como en el cielo”! Así y casi sin darme cuenta, empecé a acompañar a otras personas frente a la muerte. Atravesar el duelo es una experiencia límite y necesitamos hacerlo en compañía.

En mitad de tantos dramas, de experiencias de pérdidas cercanas, de tantos ejemplos que no entendemos por qué ocurren, tantas muertes sin sentido… ¿Qué respuesta existe ante todo esto? ¿Qué sentido tiene?

Es muy difícil encontrarle sentido porque el anhelo de nuestro corazón es un anhelo de vida. ¡Queremos vivir! Y la única certeza que traemos al llegar a la vida es que vamos a morir. La muerte es parte de la vida. Pero nos empeñamos en vivir como si no fuéramos a morir nunca. Y entonces se nos hace difícil vivir y encontrarle sentido a la vida. La muerte, por sí misma, no tiene sentido… ¡lo que tiene sentido profundo es la vida! Y tenemos que aprender a vivir de una forma que valga la pena hasta que llegue la hora de nuestra muerte, que es un paso a una manera de vivir más plena.

Cuando nos topamos de frente con una muerte trágica, con una enfermedad imprevista, con un virus o una pandemia, nos quedamos todos desconcertados preguntándonos qué sentido tiene la muerte… Pero el sentido está en la vida. Y si le preguntáramos a cualquier padre que sufre la muerte de un hijo amado, si tiene sentido la vida de ese hijo, si igual volverían a elegir ser sus padres… ¡seguro que nos dirían que sí! Porque la vida tiene siempre sentido en sí misma.

La muerte es parte de nuestra condición humana. Morimos porque estamos vivos. Nos afecta profundamente, toca nuestra impotencia, nuestra vulnerabilidad, y nuestra incapacidad, algo que nos atraviesa y trasciende. Y mientras vivimos, tenemos que aprender a mirar a la muerte para darle un sentido a nuestra vida.

¿Qué consejos prácticos daría a una persona que acaba de perder a alguien cercano o que tiene que acompañar a alguien que va a fallecer? ¿Qué cosas consuelan?

El consuelo más grande es la cercanía. No son tan importantes las palabras y no sirven demasiado los consejos. Lo más importante es estar; estar al ritmo y al compás de quien acompaño. Estar cerca acompañando su estado de ánimo, su dolor, lo que está viviendo y la manera en la que lo está viviendo. Tenemos maneras diferentes de vivir el dolor, es muy importante escuchar y recibir a la persona de acuerdo al modo que esa persona está viviendo el dolor, al compás de su experiencia. Por eso, es difícil dar consejos o saber qué es lo que hay que decir. Porque lo que le podemos decir va a depender siempre de lo que esa persona nos diga primero. Se trata de escuchar, estar cerca, comprender y consolar con una experiencia de amor y cercanía.

En este momento de pandemia, el gran aprendizaje que estamos teniendo es que hay muchas maneras de estar cerca, aunque estemos aislados y físicamente lejos, podemos hacernos cercanos y acompañarnos de corazón a corazón. Estamos experimentando la fuerza y la potencia del amor. La persona que está enferma sabe que las personas que la aman no pueden estar con ella, pero puede sostenerse en la experiencia del amor que es más fuerte que toda distancia que es más fuerte que la misma muerte.

¿Y a una persona que va a fallecer ella?

La muerte es un umbral muy sagrado, y nos aproximamos ante quien va a morir con mucho respeto y reverencia. Todas las personas tienen derecho a elegir cómo quieren vivir el umbral de la muerte, cómo quieren transitarlo. Y si está consciente, acompañarla a mirar su vida, abrazar su historia así como fue, para honrarla… es una forma de tomar la vida entera para entregarla; poder despedirse de sus seres queridos, elegir qué palabras quiere dejar como legado; dar gracias, pedir perdón y perdonar, para poder morir en paz.

¿Qué papel juega la fe en esta última etapa de la vida? ¿De qué manera acompañamos o reflexionamos sobre la muerte con alguien que no crea en nada más?

En mi experiencia y la experiencia que hacemos en el acompañamiento espiritual, solemos encontrarnos con que las personas, al estar frente a la cercanía de la muerte, se abren a una dimensión trascendente, es como si pusieran la mirada en otro lado, más allá de lo que podemos ver. Es una experiencia espiritual que le da otra dimensión del tiempo y una conciencia luminosa acerca de su propia vida. A veces es una experiencia de fe. Y las personas vuelven a creer en aquello que creían cuando eran niños, o en la fe que les legaron sus padres. Y a la luz de esta experiencia, que es una experiencia muy luminosa, pueden tomar toda su vida para ponerla en manos de Dios. Es un acto de entrega en el final del camino, la persona no pierde su vida, sino que la entrega. En un acto de amor, para seguir viviendo en el Amor.

Y todos somos capaces de este acto de entrega porque, aunque no creamos en Dios, podemos entregarnos a la muerte confiando en que nuestra vida tiene sentido. El sentido es el amor con el que vivimos, el amor que legamos a las personas que amamos.

A alguien que tiene miedo de morir, ¿qué le diría?

Lo ayudaría a hablar de su miedo, a poner en palabras qué es lo que le da miedo. A veces es miedo a dejar a las personas que se quedan, otras veces es miedo a sufrir o a pasar por lo desconocido. Podemos acompañarlo a recordar otras experiencias de miedo que tuvo que atravesar a lo largo de la vida, y a descubrir qué fue lo que le ayudó a superar el miedo. Ayudarlo a identificar en qué lugar del cuerpo se aloja ese miedo, cómo se expresa, con qué palabras o imágenes aparece… Invitarnos a atravesar el miedo… ¡aunque tengamos mucho miedo! Y hacerlo sostenidos en experiencias de amor, confianza, ternura, consuelo. El miedo puede estar y ser nuestro último compañero. Pero se trata de perderle el miedo al miedo. El solo hecho de hablar de nuestros miedos suele aliviarnos.

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