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Cómo confiar en ti cuando desconfías de tus capacidades

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Me repiten que valgo, pero es mucho más fuerte en mí la experiencia del fracaso…

En la vida resulta muy difícil confiar. Me cuesta confiar en mí, en todo lo que puedo llegar a hacer.

Antes de poder confiar tengo que haber experimentado que alguien confiaba en mí. Luego, esa experiencia salvadora, va llenando mi corazón de confianza.

Confiar en mí mismo es todo un desafío. Miro mi vida en su fragilidad y me cuesta pensar que soy capaz de cosas grandes.

Veo talentos y dones, pero me comparo y salgo perdiendo. Me detengo más bien en mis heridas, en mis defectos, en mis carencias.

Me regodeo en mis derrotas convenciéndome de mi poco valor. Y me cuesta apreciar con cierta objetividad algún talento especial que Dios me haya confiado.

Confiar en mí es esa misión que me acompañará toda mi vida. Si confío seré capaz de cosas grandes y si no confío me volveré inútil, me paralizaré y nadie logrará convencerme de mi valor.

Por mucho que me lo repitan, no les creeré, es mucho más fuerte en mí la experiencia del fracaso. Se graba a fuego y lo cubre todo con su sombra.

Aprender a confiar en el don y la tarea que Dios ha sembrado en mi alma es mi camino.

Amor incondicional

Ojalá guarde experiencias de hogar en el alma. Y atesore momentos en los que me haya sentido amado por lo que era, no por lo que hacía.

La incondicionalidad del amor me regala la confianza en mí mismo. Podré llegar lejos, alcanzar las metas señaladas, cuando crezca en mí la confianza en todo lo que puedo dar.

Y esa confianza es la que me lleva a mirar al cielo. Dios tiende lazos humanos que me arrastran hacia Él. Mis experiencias de hogar en la tierra me llevan al hogar del cielo.

En mi hogar me siento amado por lo que soy y tengo fuerzas para emprender cualquier camino. Una persona confiada no teme al futuro, no teme el fracaso. Confía en sus fuerzas. Y lo más importante, llega a confiar en Dios, en el amor de su Padre.

Es la experiencia de María: «El sí de María a la voluntad del Señor es un salto a la oscuridad, confiando en Aquel que todo lo puede»[1].

Confío en mí mismo y al mismo tiempo desconfío de mis fuerzas. No lo puedo todo solo. Necesito ayuda.

Confiar es un regalo

Una persona con una sana autoestima sabe pedir ayuda, no teme mostrar su fragilidad, no esconde sus miedos ni sus derrotas.

La confianza es un don que recibe de lo alto. No necesita cada día ganar la confianza de nuevo con la aprobación de los demás. Si lo vivo así, no avanzo.

Porque siempre habrá alguien que no crea en mí, o no confíe en mi palabra. Habrá personas que me desacrediten. Testigos que hablen mal de mí.

Sólo cuando pongo mi confianza en Dios todo cambia. Estaré seguro en sus manos y no temeré el fracaso en términos humanos. Esa confianza que Dios me da es la que me ayuda a confiar en las personas.

En Alemania hay un dicho que habla de una realidad: «La confianza es buena, el control es mejor». Me llama la atención la cantidad de veces que lo veo en mi vida.

Digo que confío en las personas, pero luego las controlo. Delego tareas y después superviso por si no las hacen bien. Pido que alguien haga algo y después veo si lo ha hecho a mi manera.

Permanezco a su espalda vigilando y aconsejando para que lo haga todo según mi forma de ver las cosas.

Hay muchas maneras diferentes de hacer las cosas y yo a menudo me creo que la mía es la mejor. La más eficiente, la más rápida, la más correcta.

Me equivoco, hay muchos caminos. Es sólo mi forma de hacer las cosas, pero no es la única. Y además, si hacen mal lo que yo les he confiado, ¿es tan grave? Me da miedo que hagan mal las cosas y quiero evitar el desastre.

Cuando se trata de mi hijo, su fracaso parece mi propio fracaso como padre. Si soy yo el que está a cargo, me cuesta pensar que el mal resultado obtenido me salpique también a mí como encargado.

Por eso con frecuencia me quedo cerca, controlando. No hay nada peor que me confíen algo y luego me controlen a ver si lo hago bien y como ellos quieren. Mejor que lo hagan ellos, pienso.

La confianza es un don. Que me abra alguien su alma o sea yo capaz de abrírsela a otra persona es un milagro. Es delicada la confianza como un cristal muy fino, como una tela muy delgada.

Cualquier movimiento equivocado, o brusco, la puede romper. Cualquier error, una palabra dicha fuera de tono o de lugar, un gesto ofensivo, el silencio en el momento menos oportuno, o las palabras que debería haber sabido callar.

En cualquier caso, lo que ha costado años construir puede destruirse en un leve gesto, en un instante nefasto. Un viento, una llama, un susurro.

Cualquier cosa basta para quebrar la confianza para siempre. Por eso agradezco de rodillas toda la confianza de los que han abierto su alma ante mí.

Me conmueve su apertura y humildad y pido perdón cuando no he tratado con delicadeza y amor ese don tan sagrado.

Confiar es muy difícil. Dejar de confiar es lo más fácil. Tengo que cuidar el don cada día, tratarlo como una perla fina en mis manos. Regarlo como una planta en peligro de morir.

Me gusta mirar así la vida que Dios me confía. Y creo que me dará la sabiduría para confiar en las personas, aunque me fallen más de una vez.

Volveré a creer en ellas después de sus derrotas. Porque Dios siempre cree en mí aun fallándole repetidas veces.

[1] Sebastián Prieto Silva, La espera alegre en la incertidumbre: María, hija de Abraham

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