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La bella lección de catecismo del retablo de Duccio

Maesta de Duccio
© Jennifer Mei - Flickr
Maesta de Duccio
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Sumérgete en la historia de ‘La Maestà’, el retablo más grande jamás pintado. Realizado a comienzos del siglo XIV por Duccio di Buoninsegna, está expuesto hoy en día en Florencia en el Museo dell’Opera del Duomo. “Maestro del espacio y el tiempo, Duccio visualiza lo esencial del texto sacro: sus pinturas hablan de amor, de compartir, de escuchar, de odio, de traición, de perdón”, explica Michel Feuillet en ‘L’Évangile en majesté’, una obra dedicada al maestro italiano

Todo comienza como comienzan las historias hermosas. A comienzos del siglo XIV, en el Trecento italiano, los responsables de la catedral de Siena deciden reemplazar el retablo del altar mayor. Se aprueba un contrato con el maestro de la Escuela sienesa, Duccio di Buoninsegna. No es un ciudadano apacible, pero es un gran pintor. Debe trabajar solo, sin descanso. Menos de tres años después, la obra está lo bastante avanzada para ser entregada a los mecenas. Entrega solemne: el 9 de junio de 1311, en la ciudad de Siena, detrás del obispo y el clero, el pintor y los magistrados siguen en procesión la obra maestra desde el taller de Duccio hasta la catedral, mientras las campanas repican con entusiasmo. 

La obra de arte es un inmenso políptico que despliega más de cincuenta paneles de madera pintados en torno a una imagen central, a doble cara: una mira a la nave de los fieles, la otra, al coro reservado a los canónigos. Pronto se la bautiza como La Maestà. ¿Por qué? Porque la hoja central muestra a la Virgen en majestad (maestà) presentando a su Hijo sentado sobre sus rodillas. Los cincuenta paneles que se irradian a su alrededor, desde la predela a los pináculos, ilustran la Encarnación, desde la Anunciación a la Asunción, justificando así la majestad de la Virgen.

Maesta de Duccio
© Jennifer Mei - Flickr
La Maesta de Duccio con la Virgen presentando al Niño Jesús en su regazo.

Resultaría muy largo relatar la historia de este conjunto. Si abandonó el altar de la catedral es porque fue salvajemente desmembrado en 1771. Los paneles serrados y dispersos. En 1878, los paneles que sobrevivieron pasaron al Museo dell’Opera del Duomo; en 1958, el políptico fue admirablemente restaurado y algunos paneles permanecen en museos extranjeros.

Maesta de Duccio.
© https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Maest_001_duccio_siena_duomo.jpg#/media/Fichier:Maest_001_duccio_siena_duomo.jpg
Maesta de Duccio.

A estas fechas habría que añadir la del libro de Michel Feuillet, que acaba de publicarse. Tiene por título L’Évangile en majesté, es decir, “el Evangelio en majestad”. El papa Francisco prefiere el Evangelio simple y llano. Pero vemos el sentido de esta elección. La Virgen en majestad convoca a su alrededor la historia de la Salvación que su Hijo trajo a los hombres gracias a su fiat. Y Michel Feuillet, que conoce tan bien a los Primitivos italianos como la historia de la Salvación, de los profetas a los apóstoles, tuvo la feliz inspiración de juntar los dos gracias a Duccio. No hay duda, en efecto, de que Duccio, como Giotto, su contemporáneo en Florencia, hace una obra de arte y de fe. Conoce las Escrituras, se inspira en ellas para cada escena, tal y como queda reflejado. De ahí la organización del espacio, la ubicación de los personajes, sus expresiones, sus gestos, los símbolos que les rodean. Podría decirse que nace como un quinto Evangelio, un Evangelio según Duccio, perfectamente fiel a los sinópticos y a san Juan. 

Maesta de Duccio
© Svetlana Chekhlova
Detalle de San Juan Bautista, Maesta de Duccio.

Michel Feuillet percibió la ventaja que tendría ver esta historia sagrada tal y como la concibió Duccio: los fieles que encuentran una página del Evangelio cada domingo; los padres y los catequistas que preparan a los niños para esta página. Y todos ellos, incluso los que están allí solo como estetas, podrían presentir un lenguaje de otro orden. Pero hay que saber leer estos paneles. Entonces, a partir de su lectura, del todo rigurosa y sensible, Michel Feuillet nos da la mano y, delante de cada panel, nos invita a entrar en la escena: nada escapa a su mirada, está ahí como un doble de Duccio.

Una doble alegría la de esta alianza de la estética y la mística: alegría para los ojos y alegría para el alma. La Maestà brilla como nueva. Logra aquello que se canta en el Salve Regina: Et Jesum (…) nobis post hoc exsilium ostende. La Virgen nos muestra a su Hijo.

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