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¿Quién dijo que todo está perdido? Siempre puedes entregar

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Shutterstock | F8 studio
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Acaba el confinamiento y la nueva normalidad ofrece una oportunidad de vivir de otra manera

Me asusta esta nueva normalidad de la que hablan. Esa normalidad tan llena de prohibiciones e impedimentos. ¿Será una vida castrada la que me ofrecen? De mí depende.

Me da miedo moverme entre señales de tráfico que señalan límites infranqueables, resaltan las no posibilidades que tengo ante mí y los caminos que no puedo recorrer.

No pierdo el ánimo ni la esperanza. Tengo claro que está en mi mano alterar el mundo, cambiar los vientos, disponer nuevas rutas antes imposibles y lograr que las corrientes del mar cambien su rumbo.

Está en mi corazón que se puede abrir si dice que sí a los nuevos deseos de Dios para mi vida.

¿Será posible vivir sin miedo cuando es tanto lo que puedo perder? Puedo perder más de lo que ya he perdido. Puedo ganar más de lo que nunca he ganado. La actitud del alma es la que lo cambia todo.

El otro día escuchaba una canción de Fito Páez:

«Yo vengo a ofrecer mi corazón. Como un documento inalterable. No será tan simple como pensaba, como abrir el pecho y sacar el alma. Una cuchillada del amor. Y te daré todo y me darás algo, algo que me anime un poco más. Cuando no haya nadie cerca o lejos, yo vengo a ofrecer mi corazón».

Lo importante es la entrega de la vida, del corazón.

¿A quién le entrego el alma, la vida, el corazón? A alguien que no me hiera, no me mate y no me deje solo.

Es importante lo que ofrezco y a quién se lo entrego. Miro a Dios en este tiempo incierto. Vengo a ofrecerle a Él mi corazón. Como María al abrir su alma ante el Ángel de Dios. Un hágase que me rompe por dentro.

Vengo a ofrecer el alma, abriendo el pecho. Y dejando que Dios en su Espíritu me penetre.

Todo nuevo

No quiero una nueva normalidad que norme mis pasos, vigile mis gestos y acabe con mi voz. No quiero dejar de expresar lo que llevo dentro.

No dejaré nunca de ser normal, de ser yo mismo, de amar por entero, de vivir entregado. No dejaré nunca de soñar nuevos caminos, nuevas vidas, nuevas formas de entregar el mismo amor que nace dentro de mi alma, de mi vida.

Ese amor siempre nuevo. Como la vida que me regala el Espíritu que lo hace todo nuevo. Jesús hacía todas las cosas nuevas en su camino a la cruz, muriendo. Es lo que yo quiero en este tiempo nuevo que Dios me regala.

No quiero volver a lo de antes. No quiero una nueva normalidad llena de reglas. Quiero, eso sí, una nueva forma de vivir, de amar, de decir te quiero. Una nueva pasión por la vida que se me regala como un don, cuando pase esta tempestad que me asola.

Quiero una nueva forma de seguir los pasos de Jesús agradecido, con el viento dentro, muy dentro. Lo importante es entregar mi corazón.

Ahora de forma nueva, venciendo los miedos que quieren poner límites a mis pasos y vender muy caro el abrazo más tierno.

Quiero una nueva forma de entender la vida en la que lo más valioso será lo personal, lo humano. Porque es en lo humano, en lo más humano, donde Dios se hace presente y vivo:

«Lo humano es la puerta que nos permite entrar en lo divino. De hecho, las experiencias más intensas de comunicación, de amor humano, de dolor purificador, de belleza o de verdad son el cauce que mejor nos abre a la experiencia de Dios» .

Y he acariciado mucho lo humano en este tiempo sin pensar que estaba acariciando a Dios con mis pobres manos.

Así que le digo que sí a ese Dios que ha entrado en el espacio sagrado de mi tienda, donde soy yo mismo, un niño abrazado a la pierna de su madre. Con miedo a soltarse y caer del nido.

No importa el salto siempre que sepa a quién le entregado mi confianza, mis intimidades, mis deseos más hondos y verdaderos, mis proyectos más sublimes.

No importa mientras tenga claro que no quiero escribir sobre la arena verdades profundas, porque las olas del mar se llevan mis letras.

Escribiré mejor con mi propia sangre las verdades que hoy me despiertan. Sí, sueño con un mundo nuevo. No con un mundo normal. No con una vida como la de antes.

Sé que hacer todas las cosas nuevas es un reto. Más aún cuando tiendo a esclavizarme en rutinas. Acepto el reto de estos cielos nuevos que rompen en un rojo intenso al caer la tarde de mi vida.

Y me ato a la vida con mí sí sincero. Sí, quiero, yo vengo a ofrecer mi corazón. Comenta el Padre Kentenich:

«El alma desciende nuevamente por la ‘escala de Jacob’ del amor. Ama nuevamente la patria, los bosques y las flores, la familia y los amigos, el arte y la ciencia. Pero los ama con un amor nuevo: no ya porque el yo terreno los apetezca, sino por el bienamado Padre del Cielo, que ha creado todos esos bienes y quiere ahora que su hijo se alegre por ellos».

Quiero un amor nuevo, más libre. Una mirada nueva, más agradecida. Un corazón nuevo, más compasivo y solidario. Un abrazo nuevo, más hondo, hasta lo más profundo del alma.

Una vida nueva revestida de esperanza. Unos pasos nuevos, más confiados en medio del mundo. Unos límites nuevos, los que Dios despliega ante mis ojos.

Unas palabras nuevas que llenan de esperanza. Unos vínculos nuevos, que nadie pueda romper porque están forjados en el corazón herido de Jesús.

Una nueva forma de vivir amando el presente, sin temer tanto el futuro. Con mi anclaje en lo más profundo del corazón de Dios.

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