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Con método y formas no logro encender, ¿con qué entonces?

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Dubova | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 31/05/20

El Espíritu enciende todo mi amor olvidado

Súbitamente llega Pentecostés y todo cambia:

«De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse».

Me impresiona ese momento de cambio. Todo se rompe, el silencio, las puertas, la paz. Y entra el fuego. Y todo cambia en ellos. Comienzan a hablar una lengua que todos entienden:

«Todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios».

Hablan un lenguaje comprensible. Antes hablaba cada uno el suyo. Creo que la comunión pasa por hablar todos un idioma común. Un idioma que todos entienden.

Sucede cuando me pongo en el corazón del otro y hago mías sus inquietudes. Es el signo de la unidad y también el signo de la paz.

POMOC
Flotsam | Shutterstock

Normalmente las lenguas diferentes dividen, alejan, separan. Babel es expresión de esos pueblos que no logran ponerse de acuerdo. No hablan un idioma que los une. Cada uno el suyo.

Me impresiona cuando oigo discusiones en las que cada uno defiende su postura sin escuchar las de los demás. El padre José Kentenich hablaba siempre del consenso.

No importa tanto mi postura, lo que yo creo. En diálogo con otros acabo llegando a un punto nuevo, fruto del Espíritu. Para lograrlo es necesario que no me aferre a mi creencia, a mi idea, a mi deseo.

El consenso exige mucha renuncia y la fuerza del Espíritu para que me permita salir de mis paredes cerradas, de mi círculo estrecho.

Pentecostés rompe los límites de mi alma y me abre a mi hermano. Hablo su idioma, me entiendo con él, acepto su postura, no importa la decisión a la que al final lleguemos. Pero es importante que todos estemos en lo mismo.

El consenso no es ceder siempre a la opinión del otro. Se trata de llegar a algo nuevo que se puede parecer a lo que yo pensaba o a lo que pensaba el otro. No importa. Lo que vale es que suceda la comunión del Espíritu.

Muchas veces me parece imposible. Es tan poderoso el pecado que llevo dentro que no me permite mirar con paz y alegría a mi hermano y vence el orgullo. No deseo que mi rabia, mi ira, mi rencor, me cierren en mis cuatro paredes.

El Espíritu lo rompe todo. Rompe mis egoísmos y mis miedos. Pido que venga el Espíritu Santo sobre mí, para que pueda hablar un idioma que me una con mis hermanos venciendo las distancias.

Que deje a un lado mis prejuicios y el miedo a que me impongan un punto de vista diferente al mío.

Al mismo tiempo veo que Pentecostés me proyecta, desborda mis límites y me hace creer que puedo ir mucho más lejos de lo que pienso. Les decía el papa Francisco en Cracovia a los jóvenes:

«El Señor, al igual que en Pentecostés, quiere realizar uno de los mayores milagros que podamos experimentar: Jesús te proyecta al horizonte, nunca al museo».

Me saca de mi comodidad y no quiere que me quede seguro en un museo, quiere que me arriesgue. Me da valor, audacia para salir de mis fronteras. Le pierdo el miedo a la vida.

Es lo que espero. Que me quite los miedos que tengo al rechazo, al abandono, a jugarme la vida. No quiero vivir acomodado. Quiero salir. Comenta el papa Francisco:

«Sería un grave error pensar que el carisma se mantiene vivo concentrándose en las estructuras externas, en los esquemas, en los métodos, en la forma. Dios nos libre del espíritu del funcionalismo. La vitalidad del carisma radica en el primer amor«.

El Espíritu me regala una vida nueva. Soy capaz de vivir de forma diferente. No soy un funcionario de la fe que administra sacramentos. El carisma es algo vivo que despierta vida. Comenta Sor Verónica:

«Su Espíritu de fuego quiere traspasar nuestras puertas cerradas. El hielo se deshace con tiempo y calor. ¿Cómo sería un mundo donde reinara el amor? Una revolución del amor».

Su fuego acaba con mi hielo, con mi dureza de corazón. Su presencia me salva por dentro, me hace de nuevo. Me saca de mí mismo y me lanza al mundo a anunciar su alegría, a amar venciendo el odio y la frialdad.

ROSE
Public Domain

Imploro que venga hoy el Espíritu Santo sobre mí, sobre mi familia. Quiero escuchar hoy su voz en mí:

«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también Yo os envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: – Recibid el Espíritu Santo».

Necesito el Espíritu que ponga en orden mi mundo desordenado, roto y herido. Quiero el Espíritu que suture todas mis heridas. Encienda todo mi amor olvidado.

Quiero el Espíritu que me haga guardar silencio en mi corazón para escuchar su voz con nitidez. Me gustan su fuerza y su amor. ¿No he tocado nunca la fuerza del Espíritu Santo en mi alma? Tengo que estar abierto, implorando que venga sobre mí.

Me gustaría ser más carismático, estar más lleno de su amor inmenso. Dejarme tocar por la fuerza de ese amor que lo penetra todo y lo sana todo por dentro. Más libertad, más alegría, más luz necesita mi vida.

Lo quiero ya para poder vivir como ciudadano del cielo. Quiero vivir anclado en Dios pasando por la tierra haciendo el bien, dando el amor que el hombre necesita. Dice el papa Francisco:

«La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado. Por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren«.

La Pascua vuelve a suceder en mi vida con la venida del Espíritu Santo. Miro al cielo y algo cambia en mí. Una lengua de fuego, la paz de Dios. ¿Qué necesito que cambie en mi corazón? Quiero más valor, confianza, alegría, libertad.

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