Aleteia

Las heridas de mis padres

SAD
Eldar Nurkovic | Shutterstock
Comparte

“Cómo entender y aceptar las heridas de mis padres. Cómo entender que solo me dieron lo que tenían para dar.”

Tenía delante de mí a un hombre corpulento, lleno de tatuajes y perforaciones, con una actitud un tanto agresiva y altanera que deseaba creer en el poder del amor y del perdón, pero había algo que se lo impedía.

“¿Juan, por qué estás enojado con Dios?”

En ese momento y con esa pregunta, Juan se transformó en un niño pequeño. Vulnerable e indefenso comenzó a llorar. Un llanto que estremece el alma. Como pudo y entre sollozos comenzó a contarme su historia.

“¡Cómo voy a creer en Dios con todo el daño que me hizo mi papá. ¿Dónde estaba Dios cuando mi papá me obligaba a pelear con otros niños con el único fin de divertir a unos adultos intoxicados en alcohol? ¿Dónde estaba Dios cuando mi padre me molía a palos hasta sangrarme y por más que yo les suplicara a gritos que parara, él me golpeaba con más fuerza ? ¿Dónde estaba Dios cuando mi padre lastimaba a mi madre y yo no podía hacer nada? ¿Dónde estaba Dios cuando mi madre nos abandonó? ¿Dónde estaba Dios cuando yo le rezaba pidiéndole un milagro y lo único que recibí fueron más maltratos?”

Mientras escuchaba sus palabras me fue imposible no llorar con él. ¡Sentí su dolor tan mío!

Respiré y con una voz suave permití a mi corazón que hablara con el suyo.

“¿Sabes dónde estaba Dios? Llorando junto a ti. Justo ahí estaba, a tu lado, gimiendo por las injusticias que tus padres, a quien Él con tanto amor eligió para ti -el niño de sus ojos- estaban cometiendo en contra de ti. Él sufría contigo, sentía tu dolor, porque esos adultos -que se supone debían de amarte y protegerte incondicionalmente- te estaban haciendo daño, mucho daño.  Juan, lo primero que hizo Dios fue amarte. Mientras te creaba, te amaba. Él sigue creyendo en ti y te seguirá esperando hasta que tú estés listo para Él.”

Juan no esperaba esta respuesta. Su rostro se fue transformando y claramente vi en él una expresión de descanso, de querer saber más.

Después de un rato me dijo: “Sí creo en Dios y sí creo en su poder para sanarme. No quiero repetir la historia con mis hijos. ¿Qué puedo hacer?”

Pienso que no me equivoco al decir que todos llevamos a un Juan dentro. En mayor o menor escala, hemos sufrido las consecuencia de las heridas de nuestros padres. Pero ahí no para la cosa.

Lo más triste y peligroso es que si no nos damos cuenta a tiempo nuestros hijos serán consecuencia de nuestras heridas. Y así, generación tras generación hasta que haya una persona lo suficientemente consciente y valiente que diga, como Juan, «¡hasta aquí!».

Y no hablo de pecados ancestrales ni mucho menos, sino de patrones de conducta, de hábitos y comportamientos tóxicos que dañan lo más profundo de nuestro interior y nos limitan para llegar a ser todo eso a lo que fuimos llamados.

A ti que como yo fuiste consecuencia de unos padres amorosamente heridos, te pido que hagas tuyas estas palabras: Mis padres solo me dieron lo que tenían para dar.

Cuando yo logré interiorizar el significado de esa frase sentí como a mi corazón se le caía una capa de protección llamada miedo. Por fin era libre para amar y aceptar a mi papá con su lado luminoso, pero también con todas sus sombras y lados obscuros, porque comprendí que su desamor no iba en contra de mí, sino en contra de él mismo.

Cambié “culpabilidad” por compasión y comencé a mirarlo con otros ojos. Comprendí que él también fue un niño herido y maltratado y que por más que quisiera no podía darme lo que nunca conoció: un amor sano.

Dejé de ser víctima en el momento en que reconocí y comencé a hacerme responsable de sanar mis heridas. Sí, él y otros adultos me hirieron, pero a estas alturas la única responsable de sanar soy yo. Si no sano mis heridas seguiré sangrando -lastimando- a quien nunca me hirió; los más vulnerables, mi esposo e hijos.

Echar culpas no sirve de nada. Cambiar el pasado de mis padres no puedo. Lo que sí puedo hacer es ayudarles, si lo aceptan -con amor, comprensión, tolerancia y paciencia- a que reconozcan sus heridas y busquen la manera de sanarlas. Y si no aceptan recordar esos turbios momentos de sus vida pienso: “Donde falta amor, si siembro amor, cosecharé amor.”

Y yo, como hijo herido debo trabajar en mí. Sanar, de la mano de Dios, y de ser necesario, (que casi siempre lo es) de un terapeuta de recta consciencia.

Aceptar nuestras carencias y limitaciones es básico para crecer en el perdón y, por ende, en la gratitud y el amor. Su pasado no tiene porqué determinar ni su presente ni mi presente.

Puede ser que haya sido un pasado lleno de heridas, de manchas, pero el futuro aún está impecable. Así que decídete a sanar de la mano del amor. Nunca es tarde para ser feliz.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.