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COVID-19: Cuídense los unos a los otros

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Halfpoint | Shutterstock

Ignasi de Bofarull - publicado el 25/05/20

Nuestro hombre arrogante anterior a la pandemia contrasta con algunas y frecuentes iniciativas donde emerge un  nuevo hombre atento, dispuesto a darse, entregarse en aras al bien común

Con este encabezamiento entre irónico y provocativo se esconde una reflexión sobre la pandemia que habla de unas conductas nuevas, de unos nuevos valores. Es esta una reflexión llena de generalizaciones que ha de ser tomada como lo que es: un relato que aspira a reflejar, metafóricamente, la emergencia de nuevas realidades esperanzadoras.

Veníamos de una sociedad individualista, cuando menos en apariencia, donde cada uno procuraba por su propio interés. Los otros estaban para satisfacer mis necesidades y este servicio era casi exigido pero muy poco valorado. Todos teníamos muchos derechos y pocos deberes y el dolor de los demás era sutilmente ignorado: un verdadero lastre.

Éramos duros y a veces intransigentes y la prisa, de nuestras cargadas agendas, impedía cualquier señal de gratitud pues podría ser percibida como una debilidad. El hombre occidental se sentía ufano de su ciencia, de su poder, de su tecnología. Aspiraba incluso a sueños como la humanidad mejorada que nos llevaría poco a poco a una cierta posthumanidad. Una posthumanidad de hombres perfectos casi inmortales.

Y de repente llega el Covid 19, la pandemia, el confinamiento. ¿Dónde está el poder de la ciencia, de la tecnología puntera de los algoritmos? Y la humanidad pasa a estar recluida en sus hogares luchando contra un virus sin soluciones inmediatas. ¿Y la inmortalidad del posthumanismo? Todo lo contrario: el virus nos lleva a una humanidad destronada, casi diría humillada.

Emerge tras el coronavirus un hombre frágil ante el patógeno. Y en esta guerra unos nuevos soldados que se dejan la vida. No son los tecnólogos futuristas ni los poderosos del mundo. Son los médicos y enfermeras de trinchera quiénes se enfrentan al enemigo.

Y detrás de ellos el personal de residencias geriátricas, y los transportistas de todas aquellas mercancías esenciales para llenar el súper y las tiendas, las farmacias que nos alimentan, curan y cuidan a través de sus dependientes en primera línea de fuego. Sin olvidar el colectivo que se ocupa de la seguridad, de la información, de la electricidad, etc. Y por supuesto el cuidado mutuo en cada familia.

Pero no todo funciona: emergen agujeros negros:un sinnúmero de necesidades muy acuciantes a las que a veces no se puede llegar (soledad, penuria, aislamiento…). Pero siempre hay alguien, un colectivo, que es sensible a esta necesidad: es la solidaridad.Si, la Solidaridad con mayúscula. Empieza a crecer una voluntad de ayuda en la población, no generalizable, pero sí muy destacada.

Algunos vándalos harán de las suyas saltándose los límites. Pero el cuidar al otro adquiere un cariz nuevo. Nos hemos de cuidar los unos a los otros en esta tribulación. Todos somos seres menesterosos, frágiles, quebradizos.

Puede que el corazón de algunos haya cambiado. Cuidar a los mayores, proveer material necesario, alimentar a los que ya, en el parón económico, necesitan comestibles. ¿Estamos entrando en una sociedad del cuidado? ¿Quizá en la línea de la ética del cuidado de Carol Gilligan? Desde luego solo en algunos planos, pero los informativos se hacen eco.

Solidaridad, servicio, cuidado. Actitudes que ayer parecían encabezadas solo por ingenuos que se fijaban en el bien del otro, y que hoy se consideran esenciales y valiosas. Algunos están comenzando a a valorar el cuidado como una de las tareas propiamente humanas. Servir, cuidar, confortar.

Habrá que hacer un repaso de todas las iniciativas que se están desplegando, porque nuestro hombre arrogante anterior a la pandemia contrasta con algunas y frecuentes iniciativas donde emerge unnuevo hombre atento, dispuesto a darse, entregarse en aras al bien común.

La egolatría del máximo beneficio personal parece que abre una muy pequeña fisura para que se cuele un cierto humanismo de la apertura al otro. No desde luego en toda la sociedad, pero sí como signo, como una tendencia casi imperceptible pero real. Servir ya no es vergonzante, nos es solo tarea de enfermeras y dependientes que no tienen otra posibilidad de ganarse la vida.

Cuidar, servir: emergen como valores en una sociedad que estaba anestesiada por el lujo, el placer, la ostentación, el dominio del otro. Se decía: “tanto tienes, tanto vales”. Y si a partir de ahora se pudiera empezar a decir que “vales en función de tu capacidad de entrega”. Difícil, lo sé. En cualquier caso, parece ser que los que sirven son los nuevos héroes y los poderosos de siempre ya no son los únicos aplaudidos. Bienvenida esta solidaridad.

En economía se señala que las empresas buscan reputación de marca para posicionarse en el mercado y caer bien, gustar, atraer miradas y clientes. Ese es el nuevo mantra: anunciarse como empresa solidaria, servicial. La gratitud vende. Páginas enteras en los periódicos. Bienvenidos todos. La máxima evangélica cobra brío: cuidaros los unos a los otros.

No es la traducción exacta: será que estamos empezando en algunos a momentos a creer que el “amaros los unos a los otros” de Jesús tiene todavía para algún sentido y ha irrumpido en una sociedad que hasta ahora era un poco más fiel al cínico “usaros los unos a los otros”. ¿Es un espejismo?, o ¿se ha despertado la conciencia de muchos?

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