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La mejor manera de dejar de tener miedo al mañana

Jose Luis Pelaez Inc./Getty Images
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En este periodo de desconfinamiento, retomamos progresivamente el curso de nuestras vidas. Sin embargo, en el momento de reabrir por fin nuestras puertas para reconectar con el mundo exterior, acecha el miedo a un mañana alimentado por una perspectiva de recesión económica… ¿Cómo aceptar el miedo al cambio y hacer buen uso de él?

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Después de haber estado confinados durante largas semanas para luchar contra la propagación de la epidemia del coronavirus, hemos ido recibiendo autorización para retomar progresivamente el curso de nuestras vidas. Ya seamos de carácter nervioso o de personalidad tranquila, todos acabamos de sufrir un traumatismo, indudablemente.

Durante dos meses, hemos tenido que cambiar radicalmente nuestro modo de vida y pasar el mayor tiempo posible dentro de casa. Para algunos ha sido difícil. Para otros, ha sido un periodo bien recibido de calma y de reconexión consigo mismo…

Ahora bien, en el momento de reabrir por fin nuestra puerta y poder reconectar con el mundo exterior, el miedo al mañana, provocado por los indicadores de la profunda recesión que se perfila, comienza a acecharnos. Las cifras impresionantes de paro, las previsiones de despidos descritas por los expertos, despiertan en nosotros el miedo a lo desconocido.

Según Christophe André, médico y autor, entre otras obras, de Psicología del miedo, tener miedo al mañana –es decir, a lo desconocido– es propio de la naturaleza humana. Según el experto, el miedo es una “emoción fundamental”, al mismo nivel que la ira, la tristeza, la alegría o la vergüenza. Es una reacción ancestral y automática ante una modificación del ambiente.

Como toda emoción, el miedo es una señal de alarma con sus propios inconvenientes. Puede conducir a ataques de ansiedad e incluso de pánico. Puede provocar desde retraimiento hasta manifestaciones de agresividad…

 

Y como tal, su función es ayudarnos a sobrevivir. Como toda emoción, el miedo es una señal de alarma con sus propios inconvenientes. En efecto, puede conducir a ataques de ansiedad e incluso de pánico. Puede provocar desde retraimiento hasta manifestaciones de agresividad (“el peligro es el otro”) amplificadas por nosotros mismos o nuestros allegados (“esto va a ser un tsunami económico”). Pero la buena noticia es que el miedo puede tener también sus ventajas.

Christophe André explica que, para hacer frente al miedo al cambio, más que vencerlo, hay que aprender a afrontarlo y aceptarlo para hacer buen uso de él. En efecto, la reacción de estrés frente a lo desconocido tiene un sentido: el cerebro la activa como una alerta frente a una situación que teme no saber gestionar. Quizás haya una buena razón para ello… quizás no. Para saberlo, hay un sencillo ejercicio que puede resultar útil: enumerar las dudas. Dada la situación actual, la lista podría ser como la siguiente: ¿De dónde viene este cambio? ¿Es un cambio impuesto? ¿Ha habido situaciones de cambio en nuestra vida que han resultado beneficiosas? Si es así, ¿cuáles? ¿Cómo las hemos afrontado concretamente? Y, sobre todo, ¿qué pasará si aceptamos ese cambio en vez de rechazarlo? Se trata de desmontar el mecanismo, exponer los engranajes… porque cuanto más dividamos un miedo difuso en respuestas concretas, menos insuperable nos parecerá la situación.

Concentrarnos en lo que hacemos en el momento presente

Vivimos en una sociedad en la que las fuentes de nuestro sufrimiento se supone que son externas a nosotros mismos: nuestros males son los errores de nuestros padres, de nuestro pasado, de nuestro gobierno, de los demás… Descuidamos los recursos interiores. Bajo el pretexto del realismo, eso nos lleva a gestionar las angustias a través de todo tipo de garantías antimiedos.  Pero esas garantías nunca nos preservarán al 100 % del peligro.

El auténtico antídoto está en vivir en el presente, centrados sobre lo que tenemos que hacer hoy. Tomar un café en una terraza con un amigo, qué felicidad… ¡Pero ha hecho falta que cierren los bares para darnos cuenta de ello! La crisis actual ciertamente tendrá esa virtud: ver en los pequeños gestos de la vida ordinaria las gracias de la gratitud. San Luis de Gonzaga decía: “Si me anunciaran mi muerte inminente, continuaría jugando si fuera la hora de jugar”. Eso es lo que Cristo nos invita a practicar en el Evangelio: 

No se inquieten por su vida (…). Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. (Mt 6,26)

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