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La música parroquial que compuso Cerati, a 10 años de su ACV

GUSTAVO CERATI
Carlos Martinez-CC BY 2.0
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Detrás de la vorágine con la que dio vuelta al mundo, se escondía un hombre de familia, de barrio

En un documental de hace ya algunos años recordaba Lilian Clark, mamá de Gustavo Cerati, que eran las 2 de la mañana cuando el joven músico que luego sería la voz de Soda Stereo y una de las más estelares de la historia del rock en español la despertó con su guitarra mientras componía una canción.

“’¡Andá a acostarte, que mañana tenés que ir a la escuela!’, le dije. Y él, con su mirada tierna me respondió: ‘Mamá, termino la canción y me voy a acostar’”.

La noche del 15 de mayo de 2020 Gustavo Cerati, como aquella madrugada en su casa de Villa Ortúzar, era uno con su guitarra. Y si ella no se cansaba, bueno, él quizá tampoco. Su último solo fue más largo que lo habitual en la noche caraqueña. Poco después, solo en su camarín, comenzó a desandarse un cuadro que luego se diagnosticaría como un accidente cerebrovascular. Fue trasladado a la Argentina, y luego permaneció cuatro años en coma hasta su fallecimiento.

Cuentan que si bien de niño las clases de guitarra lo iban marcando, es en la vida del colegio parroquial San Roque, de Villa Ortúzar, dónde él fue creciendo musicalmente, componiendo canciones, y haciéndose conocer. Escribe Juan Morris en su libro “Cerati: La biografía definitiva” que mientras Gustavo armaba y se sumaba a sus primeras bandas a los 16 años tocaba los fines de semana en el coro parroquial.

En San Roque, revela Morris, Cerati compuso sus primeras canciones. Entre ellas Desértico, en la que se canta “Yo sé que todo el mundo está desértico / yo sé que solo hay algo que es magnífico / ese algo es el amor”.

Morris también da a conocer los versos de una canción navideña que estrenó el músico al finalizar una Misa y presentó en un concurso de los colegios católicos de Buenos Aires:

“Ellos contemplan la tibia ciudad / la brisa fugaz / el sol me descubre en forma de paz / ya todo amanece, siendo verdad / hoy es Navidad, y es todo luz, es todo paz / que nadie esté solo ni sienta dolor / estamos juntos en la mano de Dios”.

Gustavo adquirió en el colegio parroquial, confesaba un tiempo después Lilian durante un acto y momento de oración mientras estaba internado, una profunda espiritualidad. “Sé que mucho de esto se debe a este colegio”, recordaba de su hijo.

Luego vendría la Universidad y la inmortalidad de Soda Stereo, un ícono cultural más que apenas una banda de rock and roll, un emblema de la música latinoamericana que inspira a músicos y bandas de todas las lenguas. De su vida mucho se ha escrito y escribirá. Una aventura que comenzaba a apagarse prematuramente hace diez años, cuando apenas tenía 55 años.

A su mamá Lilian le tocó ser instrumento cuatro Navidades para que pese a su estado de coma Gustavo no esté solo, como pedía en su canción, una de las primeras. Todas las tardes Clark visitaba a su hijo internado, en una actitud amorosa que conmovió al propio Papa Francisco, quien en agosto de 2013, en respuesta a una carta de un artista escribió:

“Gracias por su carta del pasado 20. Me ayudó a reconectarme con Gustavo. Porque el acostumbramiento nos va archivando la vida. Y la vida sigue. Espera. Desaparece y vuelve a aparecer. El archivista más cruel es el olvido. Tenía razón nuestro Borges cuando decía que sólo una cosa no hallé, que es el olvido, sí, desde Dios. Pero entre nosotros el olvido existe y es cruel. Gracias por haber soplado las brisas de un recuerdo.

Por favor, le ruego le diga a Lilian (Clark) que su testimonio me hace bien, su valentía en ese seguir esperando y que estoy junto a ella. Es difícil decir algo más frente a una situación tan sagrada, como es la relación de una madre con su hijo, pero que acepte mi silencio hecho oración”.

Pasó de todo en la vida de Cerati, sin embargo, en “Té para tres” alcanzó a escribir: “No hay nada mejor / No hay nada mejor / Que casa / Té para tres”. La letra evoca el momento que se enteró en un té con su madre y su padre del cáncer de éste último.

 


 

Detrás de la vorágine con la que dio vuelta al mundo, se escondía un hombre de familia, de barrio, que antes de componer Ciudad de la Furia, Persiana Americana, Música Ligera, y tantas obras que lo encumbraron, descubrió en un templo de un barrio residencial porteño “que solo hay algo que es magnífico / ese algo es el amor”. Y ese amor lo acompañó en el último episodio de su vida, un largo concierto de cuatro años que compartió con sus seres queridos más cercanos, alentados por la oración y el apoyo de seguidores de todo el mundo. No estuvo solo.

 

 

 

 

 

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