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¿Correr sin sentido te agota? Mira cómo vivir con calma

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/05/20

Nadie quiere hacer las cosas sin gusto, sin pasión, sin alegría... no se trata de sobrevivir, sino de vivir plenamente, con un sentido

No quiero perder la calma como me pide Jesús:

«En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: – No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí».

Pierdo la calma con facilidad y dejo de confiar en el camino. Veo enemigos cerca de mí. Me escandalizo ante los actos de los demás, ante sus palabras. Sufro por sus pecados. Lloro con sus caídas.

Como si yo no tuviera nada que ver con el pecado fuera de mí. Y no recuerdo mi debilidad, me olvido de mis flaquezas, paso por alto mis torpezas y las heridas causadas.

Quiero mirar con más misericordia. Y no perder nunca la calma. Pierdo la calma al ver que las cosas no salen como esperaba. Al acariciar la muerte y sufrir la pérdida. Una señora me decía con dolor:

«Es injusto ser viuda a mi edad. Injusto que haya gente muy mayor que no quiere seguir viviendo. Injusto que mi marido que amaba la vida haya partido tan joven. Es injusto. Me quita la paz».

Es verdad, es injusto. Cuando uno quiere seguir viviendo no es justo tener que morir. Cuando uno quiere morir para siempre no es justo tener que seguir viviendo. Esas paradojas me confrontan con la vida y pierdo la calma.

Me rebelo contra las injusticias de Dios. ¿Por qué lo permite?

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By Bruce Stanfield|Shutterstock

Viktor Frankl decía que sólo el que tiene un sentido para seguir viviendo lucha por salvar su vida, por sobrevivir a tiempos de muerte. Y el que no tiene un sentido se deja morir, o vive muriendo. Por eso me gustan estas palabras sin una autoría clara:

«Vi tantos perros correr sin sentido, que aprendí a ser tortuga y apreciar el recorrido. Aprendí que en esta vida nada es seguro, sólo la muerte… por eso disfruto el momento y lo que tengo».

No quiero correr sin sentido. No quiero hacer las cosas sin gusto, sin pasión, sin alegría. No quiero sobrevivir, quiero vivir plenamente, con un sentido.

Incluso aun cuando sienta que me han quitado el sentido por el que vivía, o la persona a la que amaba, junto a quien soñaba.

Una promesa que lo cambia todo

Aun entonces redescubriré un sentido para mi vida, para mis años venideros, y soñaré con una vida más plena. Aquí en la tierra tejida torpemente entre arbustos. Y allí en el cielo cuando todo esté pleno de sentido:

«En la casa de mi Padre hay muchas estancias si no, os lo había dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy Yo estéis también vosotros. Y adonde Yo voy, ya sabéis el camino».

Es la promesa de Jesús la que sostiene mis días. Estará conmigo ahora, mientras yo camine por sus caminos y su aliento respire en mi alma. Mientras siga soñando con imposibles y realizando con manos torpes mi destino.

En sus manos seguiré caminando, arando, navegando, luchando. No dejaré de alegrarme cada mañana al levantar el día. No dejaré de agradecer conmovido al ponerse el sol lentamente.

Ha preparado una morada para seguir viviendo. Con cuartos para cada uno. Para mí, para los míos, para los que amo. Para los que vendrán después de mí. Para los que ya me están allí esperando.

El camino en la tierra es largo o corto. Yo no lo decido, no me lo invento, no lo dibujo. Pero la forma como lo pinto, eso sí depende de mi alma, de mi sí alegre y convencido, de mi corazón agradecido con la vida, incluso cuando me parece injusta.

O más aún entonces, para redescubrir el sentido de los días que me queden, de los sueños que siga viviendo. Él me llevará en sus brazos, con Él, siempre con Él. Eso alegra mi alma y le da sentido a mis pasos.

No camino solo, no voy solo por los caminos de la vida. Tengo clara la meta. Y sé bien el valor de cada etapa del camino, de cada día.

Quiero vivir alegre el presente que toco. Me levanto contemplativo cada mañana dispuesto a guardar silencio. Gracias le doy a Dios por la vida que tengo, por los sueños que vivo, por las obras que hago.

No pierdo la calma y aumenta mi fe en Jesús que me ha prometido lo imposible. Yo sigo creyendo que cada paso que doy merece la pena.

Y sueño con en esa morada al final de mis pasos cuando el camino se abra en un valle llamado paraíso. Y mis ojos contemplen cara a cara lo que ven ahora sólo reflejado en un espejo. Cuando comprenda que amar es una palabra que se queda corta comparada con esa forma de vivir que me está aguardando.

Hay muchas moradas, muchos cuartos, mucho lugar, para mí y para los míos. El corazón se alegra y sigue soñando. Quiero seguir creyendo incluso cuando la oscuridad reine a mi alrededor y no vea la luz al final del túnel. Cuando todo parezca frágil.

De la oscuridad a la luz

Tan frágil como mi propio amor. Ese amor a los que Dios me ha confiado. Sueño con una vida plena que no poseo. Amo aquí tan torpemente.

Pierdo la calma al ver la oscuridad, y el mal que campa a sus anchas, y la injusticia. Y busco entre los pliegues de mi capa el sentido de mi vida. El amor que mueve mis pasos. La luz que rompa las sombras de mi ánimo.

Y sigo soñando. Porque es largo el camino, o corto, sólo Él lo sabe. Me ha prometido que vendrá a buscarme, para llevarme feliz sobre sus hombros. Allí descansaré de tanta fatiga y sentiré que el amor se hace eterno dentro de mis entrañas.

Y sonreiré como un niño, con calma infinita. Y nada de lo vivido será tan duro, ni tan triste. Y nada tan grande como lo que estoy llamado a vivir en su morada. Con Él, con los que amo, para siempre.


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