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La ventana del alma

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Orfa Astorga - publicado el 12/05/20

Cuando la depresión afecta a la familia y se descuida la dimensión espiritual de la persona

Roberto, de clara inteligencia, había recibido atención de diferentes especialistas por padecer depresiones. Las había sobrellevado a duras penas sin dejar de afectar a su familia. Fue por ello que, a petición de su esposa, solicito asesoría familiar. Lo hizo descartando su problema de salud. Sin embargo, el tema resultó inevitable.

Como manifestación de su problema, Roberto evitaba involucrarse en proyectos familiares, su falta ilusión o interés lo justificaba con el argumento de que no tenía tiempo o estaba cansado por padecer insomnio. En casa no disimulaba su cara de aburrimiento, fastidio y una incomprensible seriedad que la familia tenía que sobrellevar.

— Pasa que padezco depresiones —dijo con rostro sombrío—, pero ahora con los medicamentos que estoy tomando y ayuda psicológica estoy seguro de que pronto estaré más que bien.

Ciertamente, al principio se manifestaba deprimido, con inconstancias de ideas y una bajísima autoestima. Más a medida que avanzaba en su tratamiento: su comportamiento cambió mostrándose sereno y seguro de sí mismo. Tanto que, en cierto momento, afirmó que toda su vida había luchado, y que, con o sin ayuda, de cualquier forma, habría podido salir adelante, pues era cuestión más que nada de voluntad.

Así, su conversación giraba sobre lo mucho que había logrado: sus estudios, su experiencia, esto y lo otro. Resultaba evidente que, en su escala de valores, los afectos familiares no estaban conscientemente en sus primeros planos.

A través del diálogo fue reconociendo que había en él cierta falta humildad. Se le explico entonces que siendo esta una enfermedad del espíritu, sería un obstáculo en la superación definitiva de su problema.

Al no estar convencido, prosiguió así nuestra conversación:

– ¿Enfermedad del espíritu? ¡Eso sí que no me lo esperaba! Tendrá que explicarme.

– Pasa que usted no se ha puesto a mirar por la ventana de su alma, y para ello le propongo un ejercicio de imaginación.

– Adelante. (Me contestó con interés y cierta ironía.)

– Cierre por unos momentos los ojos e imagínese encerrado en una habitación con una oscuridad impenetrable. De pronto puede abrir una ventana por la que entra una luz que ilumina su corazón y logra ver en el con una gran claridad que su esposa y sus hijos lo aman, que usted es lo más importante en sus vidas y su propia felicidad depende de la de ellos. Le sugiero que trate de darle una interpretación desde la perspectiva de su enfermedad y su situación familiar, siendo muy honesto consigo mismo. 

Luego, lo deje unos minutos solo, y al volver, me dijo con gravedad.

– Es verdad que puedo ver lo que usted señala y entiendo que lo del cuarto oscuro se refiere a mis depresiones. Solo que esa oscuridad está provocada por mi enfermedad, que es muy real.

– También  es real el amor de los suyos. Usted mismo lo ha dicho .

– Sí, es verdad —contestó moviendo con pesadumbre la cabeza —. Solo que, a propósito de los problemas que he causado, me dicen los especialistas, que, en cierta forma, no soy culpable de mi conducta.

– Bueno, no se trata de sentirse culpable, sino de sentirse responsable.Se trata de que descubra por sí mismo que la solución definitiva no vendrá de tratar solo lo orgánico y lo mental. Es decir, de apoyarse solo de la ciencia o su voluntad.  Es necesario, además, la humildad de vaciar su corazón de tantas ideas acerca de sí mismo, para llenarlo con la bellísima realidad del amor de Dios y los demás, y aprovechar así las energías que de él pueden brotar. Por ello le propongo asomarse cada día por esa ventana, para dejar que se ilumine su corazón, en donde su inteligencia, su voluntad y su espíritu, pueden unir sus fuerzas para hacer cambios en su vida verdaderamente significativos que lo llevaran a no complicarse la existencia y recaer en la enfermedad.

Cambios dentro de un nuevo orden como:

  • Poner en primer lugar su relación con Dios según su credo para que sea Él quien le ayude a ordenar todo lo demás.
  • Poner en segundo lugar a su familia para aumentar la calidad de su amor hacia ella.
  • Y, en tercer lugar, su trabajo como el marco de su personalidad y medio de sustento.

Roberto ha seguido su tratamiento y un buen día habrá de prescindir de él, pero, en sus propias palabras, toda su vida tendrá el cuidado de mantener siempre abierta la ventana de su alma.

Por Orfa Astorga de Lira

Consúltanos en: consultorio@aleteia.org

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Tags:
autoestimadepresionfamilia
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