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María Magdalena y la necesidad de despedir a un ser querido

CHRIST RISEN

Public Domain

Luisa Restrepo - publicado el 08/05/20

Sólo bastó una cosa para que desapareciera la oscuridad que rodeaba a la mujer y Dios abriera paso a una fe luminosa

La primera estación de este camino de luz, de este camino pascual, le tocó vivirla a María Magdalena. Son tantas las leyendas que envuelven su vida, que nos impiden valorarla como se merece, tal vez por miedo al escándalo, como nos dice Martín Descalzo:

“Pero ¿por qué tener miedo a reconocer que la vida de Jesús estuvo rodeada de amor, que Él era infinitamente amable y que esta mujer le amó con todo su corazón de mujer? ¿Es que todo amor es sucio y habría que recortar sus puntas por miedo a la suciedad? ¡Pobres los que no crean que puede existir otro amor que el de la carne! El de Magdalena era limpio. Pero no por limpio era menos total. Más bien habrá que decir que era total porque no se detenía en la carne. Y llenaba hasta los bordes su corazón. Por eso, tras la muerte del Maestro amado, andaba como muerta. Había perdido su razón de vivir. Se la había perdonado mucho porque había amado mucho y ahora —muerto él— ya no sabía qué hacer con su amor y con su vida. (…) Por eso, cuando supo que el sepulcro estaba vacío, no pudo esperar. Los ángeles habían dicho que le verían en Galilea. Pero ¿qué sabían los ángeles? ¿Cómo podía ella abandonar la tierra en que había muerto su amado? ¿Y quién nos asegura que no fue este amor desatinado quien hizo cambiar los planes de Jesús para encontrarse cuanto antes visiblemente con los suyos?”.

Juan y Pedro, tras comprobar que la tumba está vacía, pero sin haber visto a Jesús, regresan a casa impresionados. Aún no han comenzado a creer en la resurrección.

Pero María, que tal vez los ha seguido de lejos, no se resigna. No le basta la tumba vacía. Le busca a Él. Aún no se imagina que ha resucitado, pero necesita su cuerpo muerto que es lo único que le queda en el mundo.

David LATOUR/CIRIC

El evangelista nos narra lo que María les dice a los ángeles y al “hortelano”: ¿por qué se han llevado a mi Señor?

Y aunque al principio no reconoce a Jesús, el amor aclara sus ojos, se arrodilla a sus pies y se levanta con prisa a anunciar a los discípulos que ha visto al Señor (Jn 20, 11-18).

Ella se empeña en quedarse allí, no porque espere algo concreto, sino porque desea. Simplemente se queda ahí, llorando. No busca, no indaga, en realidad no sabe bien qué esperar.

Su cabeza está vacía de tanto llorar y no piensa en absoluto en la resurrección. Es solo un corazón sensible y apasionado hundido en la oscuridad. No ve. O cree no ver.

Por eso Jesús se muestra, porque se conmueve: María necesita verlo, tocarlo, despedirse.

Y basta con que Jesús diga su nombre: María. Al sonido de ese nombre desaparecen las tinieblas que la rodean. Desaparecen los miedos y se abre paso una fe luminosa.

“Qué gozo descubrir que Cristo reserva la primicia de su gran noticia para esta pecadora de la que tuvo que arrancar siete demonios. ¡Qué largo camino el recorrido por esta mujer que un día abrazó y regó con sus lágrimas los pies de Cristo y que ahora vuelve a abrazarlos resucitados! «No me toques» le dijo Jesús. O más bien, como gustan de traducir ahora los especialistas: Deja ya de tocarme. Y entonces Magdalena descubre que, definitivamente, su amor es ya un amor por encima de este mundo y, como concluye Bruckberger, deja alejarse a su Amado, y en esa privación está el más hermoso homenaje de amor que una mujer haya hecho a un hombre” (Martín Descalzo).




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