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Vivir emparedadas: La reclusión voluntaria como opción de vida

CELDA EMPAREDADAS
turismoastorga.es
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Durante la Edad Media, mujeres de profunda devoción, dieron un paso extraordinario en sus vidas. Se alejaron del mundo y se recluyeron en una celda. Descubrimos la historia de las mujeres emparedadas.

Quedan muy pocos restos de aquellas pequeñas celdas en las que mujeres de distintos lugares de la geografía europea llevaron hasta las últimas consecuencias su deseo de abandonar el mundo terrenal y vivir una vida de reclusión total. Vestigios como la Celda de las Emparedadas situada entre la Capilla de San Esteban y la Iglesia de Santa Marta de Astorga, en León, nos dan una idea de cómo vivían.

CELDA EMPAREDADAS
Rubén Ojeda-CC BY-SA 4.0

En la actualidad, en la que una situación de alarma sanitaria nos obliga a recluirnos en nuestras casas, nos sorprende ver como en el pasado, hubo personas que lo hicieron de forma voluntaria y en tan extremas condiciones.

A parte de las religiosas y religiosos de clausura, desde el inicio del cristianismo, las madres y padres del desierto empezaron una larga tradición de vida eremita. Pero en los siglos medievales, mientras que los hombres optaban por alejarse del mundo en cuevas o lugares alejados, las mujeres optaron por una reclusión un tanto especial.

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Dani Sardà i Lizaran- (CC BY-NC-SA 2.0)

Se alejarían del mundo en el centro mismo de pueblos y ciudades. El lugar escogido era una pequeña celda que se construía adosada a la pared de una iglesia. No debieron ser casos aislados pues fueron muchos los textos que surgieron para regular la vida de las conocidas como muradas o emparedadas.

Gracias a estos tratados, que pretendían ser una suerte de regla monástica, sabemos que las mujeres que optaban por recluirse en una celda y convertirse en muradas lo hacían tras la celebración de una ceremonia muy parecida a un funeral.

La futura emparedada recibía la extrema unción y un obispo o párroco oficiaba una misa de difuntos tras la cual se procedía al encierro que acostumbraba a ser hasta la muerte física.

Uno de los tratados más conocidos es el Ancrene Riwle o Guía para anacoretas, una regla anónima del siglo XIII dedicada a tres damas a las que su autor daba todo tipo de recomendaciones desde las más espirituales a otras más prosaicas a aquellas mujeres que estaban “completamente muertas en lo que al mundo concierne”.

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Fundación Cajasol-Antonio del Junco-(CC BY-NC-ND 2.0)

La Guía para anacoretas estaba escrita “como una regla de vida para mujeres que entregaban su vida a Dios, y que permanecían estrictamente encerradas”. El autor advertía “a las anacoretas que solo han de hacer solemne promesa en tres aspectos: obediencia, castidad y estabilidad en la morada, esto es, no cambiar nunca de lugar de residencia a excepción de caso de necesidad, por fuerza mayor o peligro de muerte o por obediencia a un obispo o superior”.

A lo largo del texto, se pautaba meticulosamente la rutina diaria de las muradas. Era importante mantener un orden para poder sobrellevar aquella vida de confinamiento absoluto.

La Guía especificaba los momentos de oración, los días de comunión y de confesión. La mayoría de emparedadas solían tener dos ventanas, algunas incluso tres. Una daba a la iglesia por lo que podía seguir los oficios desde ahí; otra daba a la calle, por donde la gente se acercaba a darles ropa o comida y por donde los vecinos recibían el consuelo y la oración de aquellas mujeres que terminaron convirtiéndose en algunos casos en auténticas consejeras y guías espirituales.

Algunas muradas contaban con la ayuda de una sirvienta con la que se comunicaba a través de una tercera ventana. El autor del Ancrene Riwle insistía en el aislamiento total: “Mis queridas hermanas, sed poco aficionadas a las ventanas. Que sean lo más pequeñas y estrechas posible. Que tengan cortinas con dos telas, una negra de fondo y otra blanca formando una cruz”.

Consciente de que, a pesar de la fe y la profunda devoción de aquellas mujeres, no debía ser fácil adoptar una vida de reclusión absoluta, el autor del Ancrene Riwle apelaba a dos virtudes básicas para soportar semejante confinamiento, dos virtudes “esencialmente apropiadas para anacoretas: paciencia en primer lugar, y en segundo lugar, la humildad de un manso y gentil corazón”.

Otro aspecto importante para soportar la reclusión era pensar en un objetivo final trascendental. La penitencia, el sufrimiento, las acercaba más a Dios: “Al compartir su sufrimiento con Él en la tierra, compartirás su alegría con Él en el cielo”. Pero por encima de todo, nos habla del amor como principal vehículo para alcanzar la felicidad, allí donde nos encontremos.

En el Ancrene Riwle también encontramos consejos curiosos como la idoneidad de unos animales domésticos por encima de otros: “no debes tener ningún animal, excepto un gato”. Vivir recluidas no significaba estar quietas sin hacer nada. Era importante mantener una rutina, leer, orar y realizar alguna que otra tarea para huir del tedio: “Siguiendo las enseñanzas de San Jerónimo, nunca estés inactiva de manera completa e irresponsable por ningún período de tiempo”.

A pesar de que debieron ser muchas las mujeres que optaron por esta curiosa vida de reclusión son pocos los nombres propios que se conocen. Entre ellos, probablemente la más famosa fue Juliana de Norwich, pues no solo se convirtió en una importante consejera espiritual en vida, sino que legó una importante obra mística. En España, conocemos la historia de Santa Oria, gracias a la amplia obra que Gonzalo de Berceo dedicó a su vida en la que escribió versos como estos: 

Desemparó el mundo Oria, toca negrada,

en un rencón angosto entró emparedada,

sufrié Grant astinencia, vivié vida lazrada,

por ond gano en cabo de Dios rica soldada.

Quiso seer la madre de más aspera vida,

entró emparedada, de celicio vestida,

martiriava sus carnes a la mayor medida,

que no fuesse la alma del diablo vencida.

Las emparedadas solían ser mujeres respetadas que disfrutaban de privilegios como la exención de impuestos proclamada por los Reyes Católicos para ellas. Exentas de abrazar el voto de pobreza, algunas de ellas disfrutaron de sus bienes e incluso recibían donaciones o se las recordaba en los testamentos.

La tradición de las muradas no sobrevivió a los siglos medievales aunque aún en el siglo XVII se documentaron mujeres dispuestas a abandonar el mundo y confinarse de por vida. 

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