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Consejos de un cardenal que vivió 13 años confinado

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Cecilia Zinicola - publicado el 04/05/20 - actualizado el 04/05/20

Francisco Nguyen Van Thuan ofrece consejos útiles para renovar las fuerzas durante el aislamiento

Van pasando los días y el confinamiento se va extendiendo en muchos sitios convirtiéndose en una tarea más pesada y trabajosa. Los psicólogos coinciden en que es normal que el aislamiento genere ansiedad y agotamiento, algo que el tiempo fácilmente puede intensificar. En tales circunstancias, ¿cómo podemos continuar sin perder los ánimos?

Francisco Nguyen Van Thuan fue un cardenal vietnamita que vivió 13 años en prisión bajo el régimen comunista. Al principio le costó mucho el cambio de aceptar que ya no podía salir, estar entre los suyos o hacer su trabajo, pero poco a poco el aislamiento fue transformando toda su existencia.

En uno de sus libros, titulado “Cinco panes y dos peces”, comparte lo que le ha ayudado a mantenerse en pie durante sus largos años de “confinamiento”. Hoy podemos recuperar sus palabras como valiosos consejos para renovar nuestras fuerzas durante esta nueva etapa de pandemia.

Vivir el momento presente

El no poder salir hace que uno viva con una gran expectativa sobre el tiempo de salida, estar pendiente a los anuncios oficiales e ir tachando los días en el calendario. Francisco dice que un día tomó la decisión de dejar de contar los días que le quedaban de cautiverio y decidió dejar de esperar para enfocarse en vivir cada día, cada minuto, como el último de su vida.

Esto le ayudó a dejar de lado todo lo que era accesorio para concentrarse en lo esencial. Estar presente en cada palabra, en cada gesto y cada conversación telefónica. Cada decisión que tomaba era la cosa más bella de su vida.

Tal vez las cosas más visibles y grandes que nos rodeaban se han detenido, pero muchas pequeñas siguen en movimiento, muchas de ellas antes tal vez imperceptibles para nosotros. Contemplar estos detalles en el momento presente dan una elasticidad al aparato psíquico que nos ayuda a mantenernos enfocados.

Es de gran ayuda durante el confinamiento estar en esa presencia del día, incluso en silencio descubriendo palabras internas, escondidas, y meditando en ellas. Esta actitud nos llevará a hacer un ejercicio diario para la paciencia que sólo se desarrolla en tiempos de adversidad y en donde nos damos cuenta que la vida es una trascendencia más profunda que la rutina.

Encontrar nuestro propósito

Hay tantas cosas que somos capaces de hacer y muchas otras que deseamos continuar haciendo o habíamos planeado y ahora al estar confinados y sin poder salir de casa, parecen inalcanzables. Es fácil sentirse desanimado y frustrado.

A Francisco le había ocurrido eso. Pensaba en las visitas pastorales, la formación de los seminaristas, la construcción de escuelas, de hogares para estudiantes y las misiones para evangelizar. Todas obras excelentes que quería poner en práctica, pero ya no podía hacer.

Un día comprendió una verdad: podría estar haciendo muchas cosas pero tal vez Dios en ese momento lo quería allí y no en otra parte. Primero elegía a Dios y no sus obras. Si Dios quería que abandone todo, lo correcto era ponerlo en sus manos con confianza, porque Dios haría estas obras mejor que él y se las confiará a otros mucho más capaces.

Tal vez este tiempo de confinamiento sea un momento para aumentar nuestra confianza, dejar de “hacer” y enfocarse más en el “ser”. Las actividades implican una monotonía que a veces no nos dejan mucho tiempo para reflexionar y cuando no podemos ver el propósito, perdemos la búsqueda del porvenir.

Todo proceso debe llevarnos a un mejor lugar de nuestro carácter, de nuestra vida familiar, de nuestro trabajo. Esta es una oportunidad para ayudarnos a desprendernos de todo para encontrarnos con nosotros mismos. Un tiempo oportuno para buscar a Dios y el propósito con el que nos ha creado y aprender a dejar que actúe para resolver todo y mejor.

Rezar unos por otros

Otra gran ayuda en momentos como estos es recurrir a la oración. Rezar, pero también pedir que otros recen por nosotros. Muchas personas pensaron que en la prisión Francisco había tenido mucho tiempo para orar, pero él dice que no es algo fácil porque al estar aislado uno puede experimentar toda su debilidad, fragilidad física y mental y el tiempo pasa lentamente.

Por eso sus oraciones preferidas eran breves y sencillas tomadas del Evangelio como por ejemplo “en tus manos encomiendo mi espíritu…” (Lc 23, 46), “ten compasión de mí, que soy pecador” (Lc 18, 13) o “acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” (Lc 23, 42-43). Palabras o frases cortas y sencillas, pero muy valiosas.

Una vez cuenta que se conmovió mucho con la oración sencilla de un comunista que primero fue un espía y después se hizo amigo suyo. Este le había prometido que rezaría por él, pero dudó de ello sabiendo que no practica ningún credo y un día, quizá seis años después estando en su aislamiento, Francisco se sorprendió al recibir una carta de él que decía:

“Querido amigo, te había prometido ir a orar por ti ante Nuestra Señora de Lavang. Lo hago cada domingo, si no llueve. Tomo mi bicicleta cuando oigo sonar la campana. La basílica está totalmente destruida por el bombardeo, por eso voy al monumento de la aparición que aún permanece intacto. Oro por tí así: Señora, no soy cristiano, no conozco las oraciones, te pido que des al señor Thuan lo que él desea”.

Una oración como esta, aun sin compartir las mismas creencias, es escuchada. Si incluimos la oración en nuestra vida diaria de modo práctico los unos por los otros, “podremos descubrir la verdad sobre nosotros mismos, la unidad interior y al ‘Tú’ que cura las angustias y las preocupaciones de aquel subjetivismo salvaje que no deja paz”.

Llenar nuestros días con amor

Las dos grandes motivaciones de acción en la vida son el amor o el miedo. O amamos algo por lo que somos impulsados o intentamos evitar aquello por lo que tenemos temor. En el aislamiento la incertidumbre aumenta y podemos pensar en perder los ahorros, enfermarnos con coronavirus o no ver más a los amigos. El temor se transforma en una verdadera cárcel.

En los momentos más dramáticos del aislamiento, cuando estaba casi agotado y sin fuerza para rezar, Francisco encontró un modo para recuperar lo esencial de su oración y fue eligiendo el amor: amando a los otros sin condición, colmando cada momento con amor en el perdón y la misericordia hasta lograr la unidad con los demás.

No tenía nada, ni siquiera pertenencias, pero tenía amor en su corazón y un día dijo “quiero ser el muchacho que ofreció todo lo que tenía”. Casi nada, cinco panes y dos peces, pero era “todo” lo que tenía, para convertirse en un “instrumento del amor” para los demás.

A la mañana siguiente empezó a amar, sonriendo, intercambiando palabras amables con los guardias de la prisión, a contarles sobre sus viajes. Al principio fue rechazado, pero poco a poco fue forjando una amistad con ellos, fueron mostrando interés por aprender lenguas extranjeras y los guardias terminaron convirtiéndose en sus alumnos.

Es un error el no darse cuenta de quienes nos rodean. Hoy estamos en casa y muchos con familiares. Aun aunque no nos llevemos bien, comprometerse en una campaña que tenga como fin hacerlos felices es un sacrificio que nos renovará. “Gasta todas tus energías y estate siempre listo a darte a ti mismo para conquistar a tu prójimo. Esto traerá paz”. 

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