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La metamorfosis en la sociedad kafkiana

FRANZ KAFKA

shutterstock | Elsa Korkiainen

Manuel Ballester - publicado el 03/05/20

Si se articula la vida de una forma que no es humana, lo lógico es des-humanizarse

Decir que una situación es kafkiana es, quizá sin saberlo, aludir al enfoque que Franz Kafka (1883-1924) llevó a cabo al señalar alguna de las dificultades en que se encuentra el hombre moderno.

En eso coincide con pensadores existencialistas y con la literatura y la filosofía del absurdo, a los que aporta rasgos propios. Reconocen haber sido influidos por su obra autores como Albert Camus, Jean Paul Sartre, Jorge Luis Borges o Gabriel García Márquez.

Su relato corto La metamorfosis (1915, Die Verwandlung), también traducido como La transformación, describe el cambio de “forma” que sufre el protagonista, Gregor Samsa.

¿Quién es Gregor y qué le ocurre? Es un hombre honesto, laborioso, que con su trabajo serio mantiene a sus padres y a su hermana. Un buen hombre, como hay tantos. Y, precisamente por eso, lo que le ocurre bien podría sucederle a cualquiera. Veámoslo.

“Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Es la transformación, la metamorfosis. Él es el primer sorprendido. No sabe cómo ha perdido su habitual forma humana. El lector tampoco lo sabe y entra en un ambiente propio del realismo mágico para acompañar a Gregor. Quizá simplemente para asombrarse con él, quizá para averiguar la causa de tan original metamorfosis.

Sorprende que, tras constatar que se ha convertido en un insecto, lo que le preocupa es que su nueva forma le impide cumplir con sus obligaciones profesionales. El trabajo es importante para él, “no había estado enfermo ni una sola vez” y así lo atestigua su padre cuando indica que “el chico no tiene en la cabeza nada más que el negocio”.

Gregor es el tipo de hombre cuyo trabajo es simultáneamente su vida, el sustento de su familia y su aportación a la sociedad. Es, lo hemos dicho, un hombre cumplidor. Del mismo modo que lo es una hormiga o una abeja en sus respectivas comunidades. Desde esta perspectiva, no es tan extraño que este tipo de hombre acabe adoptando la forma de un insecto. Sólo sorprende que tarde tanto tiempo en darse cuenta.

El insecto constituye una sociedad cerrada en la que el individuo es una función (obrera, reina) y nada más. Si el hombre se integra en una sociedad exclusivamente desempeñando su función, su trabajo, entonces se des-humaniza, entonces su forma no es humana sino inferior, no es persona sino insecto.

Aquí hay un matiz que es relevante para no perderse en la comparación. Las funciones son necesarias. Si un insecto social no realiza su función, no sólo se resiente su comunidad sino que él mismo carece de sentido y muere; en las sociedades de insectos, el individuo no importa: lo importante es la función. En la sociedad humana no es así hasta el punto de que cabe plantearse si es la sociedad la que existe en función del individuo. Así lo entiende Kant cuando afirma que sólo la persona (individual) es fin.

Que la persona sea importante no le exime de trabajar, obviamente. Cuando el individuo humano se integra en una sociedad tiene que hacer su aportación, tiene que contribuir con su trabajo y desempeñar una función. Pero no como lo hace un insecto, naturalmente. Hay un modo humano de trabajar y de vivir, y nos va mucho en acertar con la forma correcta. Gregor se equivoca. Es honesto, cumplidor, concienzudo, cuida a su familia pero hace todo eso del mismo modo en que un insecto desempeña su función.

Las sociedades humanas son sociedades abiertas. Y eso significa que en ellas hay costumbres, hábitos, leyes, del mismo modo en que en las asociaciones animales hay instinto. Pero hay también pensamiento. Si un insecto fuese consciente, no concebiría en su vida nada distinto de cualquier otro miembro de su sociedad que realizase el mismo trabajo. La inteligencia, por el contrario, abre al hombre un campo de interioridad, de asombro, de libertad, de creatividad y plenitud personales. El hombre entiende su puesto en el mundo. Y lo entiende como un deber al que puede sustraerse o no. Eso no tiene sentido una hormiga concienzuda y cumplidora pero sí lo tiene un hombre que libremente asume esa tarea.

El hombre no sólo entiende su función; también entiende que su vida es mucho más. La inteligencia le muestra un campo abierto para construir nuevas vías para su vida y para el mundo humano, ámbitos de reforma, de progreso, de plenitud. Y todo eso es la libertad. Y todo eso es la vida afrontada de forma humana. Y todo eso que es imposible para el insecto, es la forma normal de la vida humana. Al no pensar esa posibilidad y limitarse al digno cumplimiento de su tarea, Gregor va viviendo cada vez menos como hombre, cada vez más como un insecto.

En el caso de las personas, las tareas pueden enfocarse de varias formas. Cuando Gregor no puede seguir manteniendo a la familia, sus padres y su hermana han de hacerlo por sí mismos. Trabajan, en suma. Pero si Gregor y los insectos trabajan por instinto, siguiendo la necesidad, ellos trabajan (y así cumplen) para disponer de ocio, para poder disfrutar del tiempo junto a sus seres queridos.

Aunque no lo sepa, el insecto trabaja para que su sociedad funcione. El hombre tiene que pensar su vida y entender su sentido. Para ser persona hay que realizar la función que nos corresponde en la sociedad y ganar tiempo para nosotros, para cultivar humanamente la individualidad, la personalidad. Por decirlo con Bergson: “Reconocer a un hombre consiste en distinguirlo de otros hombres, pero reconocer a un animal es normalmente darse cuenta de la especie a la que pertenece”, caracteres individuales del hombre frente a genéricos en el animal.

En ambos tipos de sociedades hay individuos y comunidades. Y los individuos desempeñan funciones que permiten mantenerse a sus sociedades. Un observador poco perspicaz no vería la diferencia y pensaría que la transformación de Gregor en insecto es una situación absurda, kafkiana. Así viven algunos de nuestros contemporáneos. Es una situación kafkiana, ciertamente. Pero muy comprensible: si se articula la vida de una forma que no es humana, lo lógico es des-humanizarse.

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