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Antes de salir... ¿sentiste el amor en la intimidad?

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AlexMaster | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/04/20

Encontrarte con Dios te cambia por dentro y te permite regresar al campo de batalla dispuesto a anunciar y a dar esperanza

La hospitalidad es un don. El pueblo judío tenía en gran estima la hospitalidad. Acoger al que llega e invitarlo a cenar. La hospitalidad es un milagro. Leía el otro día:

«La confianza es una actitud de apertura. Se es acogedor receptivo con quien se tiene confianza».

Abrir la casa, la intimidad, es un salto muy grande de confianza. 

En este tiempo de pandemia se me invita a quedarme en casa. Pero no solo, siempre puede entrar Jesús rompiendo las puertas.

Él no se contagia de mi enfermedad. Él no pierde su valor. Al revés, entra en contacto conmigo y me cambia por dentro. Se parte y se entrega para mí.

Mi vida quiere ser una casa en la que se parte el pan y cambia la vida de los que lo presencian. Y ese pan partido y recibido me impele a ponerme en marcha. Lo dejo todo y me pongo en camino. Regreso al campo de batalla, dispuesto a anunciar y a dar esperanza.

Pero antes tengo que vivir en casa, quedarme en casa, partir el pan con los míos, entregar la vida en intimidad. Y con el fuego ardiendo en mi pecho salir al encuentro de los otros. Para que en ellos suceda lo mismo.

Así es la Iglesia. Es un hogar, es Emaús. Comenta el papa Francisco:

«Nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas».

Mi vida no es una aduana. No soy un dispensador de sacramentos. Soy hogar, soy tierra fértil, soy mesa servida, pan partido, fuego que calienta. A todos, sin distinciones.

«Quédate conmigo», le pido a Jesús. Le suplico a otros que pasan delante de mi vida. Acojo a todos para que en ellos venza el fuego.




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El pan se parte, se dona, se entrega. Y todo comienza a cambiar en lo más profundo del alma al sentirse amada. Y la vida cobra una fuerza desconocida hasta ahora.

En cada misa se parte el pan, mi cuerpo, y cambia mi vida. Y salgo renovado para ir al encuentro de Jesús en el camino.


VIERGE MARIE A LA FENETRE

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