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La importancia de la “amistad cívica” para la política

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Shutterstock | Nicole Glass Photography

Miguel Pastorino - publicado el 17/04/20

Un virus nos ha roto todos nuestros esquemas y parece poner a prueba lo más valioso de nuestra humanidad.

 básicas de la vida humana que parecíamos haber olvidado nos recuerdan quienes somos realmente, nuestra fragilidad y por qué necesitamos de los demás y ellos de nosotros.

La enfermedad y la muerte no distinguen ideologías, ni clases sociales. Esta situación ha generado reacciones muy fuertes de responsabilidad y solidaridad que nos recordaron nuestra condición humana y que somos una gran familia, que “estamos todos en la misma barca” como expresó el Papa Francisco, en la cual, lo que le sucede a los demás tiene que ver conmigo.

Esta situación ha puesto en evidencia que también a la política la salva la ética, cuando se pone al ser humano por encima de intereses particulares o partidarios, no las recetas de una u otra ideología. Por ello quisiera reparar en un aspecto de la política que parecía olvidado: “la amistad cívica” o “amistad social” y que en estos días emerge por necesidad.

En marzo de 2019 en un discurso a la Pontificia Comisión para América Latina el Papa Francisco afirmaba que dedicarse a la política es ser llamado a la responsabilidad en la promoción del bien común y que para ello es preciso vivir dentro de una amistad, dentro de una comunidad: “No olvidemos que entrar en política, significa apostar por la amistad social” o amistad ciudadana. Este concepto de la amistad cívica se remonta a la filosofía política de Aristóteles, hace más de 2400 años. ¿Pero de qué se trata? ¿Por qué es tan importante?

Solo hay verdadera política si importa el bien común

El exceso de pragmatismo en la vida política y el abandono de valores fundamentales que hacen posible la democracia ponen en crisis las instituciones y la vida cívica.

Aristóteles entendía que las sociedades para poder progresar necesitan leyes e instituciones justas, pero especialmente precisan de la concordia, de la amistad cívica, sin la cual la vida pública no funciona. No son los “amigos” que elijo, sino todos aquellos seres humanos con los que comparto un destino común, aunque no les tenga un afecto personal.

Aristóteles describía en el libro VIII de su Ética a Nicómaco como los legisladores dedicaban la mayor parte de sus esfuerzos a preservar esa amistad que mantiene la paz social: “en efecto la concordia parece ser algo semejante a la amistad, y es a ella a lo que más aspiran, mientras que lo que con más empeño procuran expulsar es la discordia, que es enemistad. Y cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia, mientras que aun siendo justos necesitan además de la amistad, y parece que son los justos los que son más capaces de amistad”.

“Todo es obra de la amistad, pues la elección de la vida en común la supone”(Política, 1281 a). Y la amistad implica la virtud, en cada uno y en las relaciones con los otros, por lo que la verdadera política presupone necesariamente la ética.

En filosofía política la tradición clásica entiende que la política no es un mero asunto de leyes, reglamentos, derechos, fórmulas y técnicas, sino que tiene como fondo la ética, el ejercicio de la excelencia en la búsqueda del bien común.

Para Aristóteles la ciudad (polis) no es posible sin la amistad. Y es que la política es el espacio de lo público, que se constituye en un espacio de todos, que debe interesar a todos y que siempre afecta a todos.

En la vida pública hay normas y leyes que hay que respetar para el buen funcionamiento de la polis, pero sin los valores compartidos que la hagan posible, es imposible un horizonte de bien común por el que todos trabajen.

En una situación crítica como la que estamos viviendo, muchos actores políticos han abandonado la polarización ideológica y los discursos vacíos o llenos de slogans del marketing político, para poner de relieve la importancia de la responsabilidad personal y social por el bien común, del cuidado mutuo, de la solidaridad con los que más sufren.

Es como si de golpe todos nos diéramos cuenta de que es importante recordar que, si somos egoístas, si pensamos solo en nosotros mismos, no se salva nadie. Lo que a veces tardamos años en reconocer o cambiar, en una crisis puede acelerarse positivamente.

Cultivar la amistad cívica entre los ciudadanos es condición fundamental para la vida democrática, pero aparece con mayor relieve cuando enfrentamos un enemigo o un drama comunes.

En situaciones que son verdaderos flagelos, todo queda entre paréntesis y nos damos cuenta de que es más lo que nos une que lo que nos separa, que antes que nada somos seres humanos, sin importar en qué país vivimos o cuáles son nuestras ideas políticas o creencias religiosas.

El excesivo individualismo al que estamos acostumbrados ha mostrado en la crisis que es insostenible vivir pensando solo en uno mismo, porque en las crisis sociales y económicas descubrimos que los problemas de los otros también son mis problemas y que lo que hago o dejo de hacer tiene consecuencias en la vida de los demás y en el futuro de toda la comunidad. 

Es cierto que vivimos en sociedades diversas, donde el pluralismo es la nota común y donde no siempre podemos contar con una “cultura común”, ni con una ética universalmente aceptada por todos. Por ello mismo necesitamos una ética mínima, unos valores compartidos que nos permitan vivir juntos y construir el bien común.

También en la educación es preciso cultivar los valores que permiten una sana convivencia y fortalecen la democracia. Crecer en el respeto por los otros, en el cuidado de los otros y del planeta, exige una nueva sensibilidad social y ecológica.

La amistad cívica no suprime la dimensión del conflicto, natural al ámbito político, pero posibilita no abandonar el horizonte más amplio del bien común y no hacer del otro un objeto útil para fines mezquinos, sino ensanchar la mirada hacia fines más nobles.

La comunidad política es auténtica cuando existen vínculos reales y solidarios, que van más allá de una superficial tolerancia o de limitarse a respetar las leyes, sino de preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos, por qué es importante pensar en el bien de los demás, respetarlos y defender su dignidad como personas. Y es que podemos salir adelante si podemos confiar en el otro, si podemos confiar en las instituciones. Incluso la economía funciona gracias a la confianza.

La concordia de la que hablaba Aristóteles hace más de dos milenios sigue siendo la pieza fundamental para el sostenimiento de una vida en sociedad, de una vida en común, de una política que quiera estar a la altura de cada tiempo.

La concordia es la amistad cívica y comprende los intereses comunes y todas las necesidades de la vida social. Es virtud imprescindible para la ciudadanía, supone corazones sanos y espíritus rectos que solo quieren las cosas justas y necesarias, guiados siempre por el bien común.

El Papa Francisco en su cuenta de twitter, el 7 de junio de 2016 expresó: “En este tiempo de pobre amistad social, nuestra primera tarea es construir comunidad”.

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