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Cómo sentirse libre estando confinado

BOY, WINDOW, CLOUD

Armin Staudt | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/04/20

Es estrecha la vida, quizás más que nunca con el coronavirus, por eso no dejes de soñar despierto

Quiero vivir con Jesús cada día de mi semana. Tomar aire, sacar la cabeza por la ventana de mi vida y sonreír. Mirar el sol como si fuera la primera vez. Verlo salir entre las nubes o dormir en el horizonte.

Quiero soñar imposibles desde mi ventana, a contraluz, contra el viento. Es estrecha a veces la vida, ahora más que nunca. Por eso no dejo de soñar despierto.

Con la vida fuera de estas cuatro paredes que son mi vida ahora. La vida de los enfermos en los hospitales. La vida de tantos que se entregan por los que sufren arriesgando su vida. Hay héroes anónimos vestidos de blanco entre camas de hospital.

MALE DOCTOR
By Olena Yakobchuk- Shutterstock

No pienso dejar de soñar mientras descubro la losa que cubre el sepulcro. Y se despierta la vida dormida, o la muerte muerta. Mis sueños son más grandes cuando me han cortado la trama con la que tejía mis pasos.

He dejado de caminar, de correr, de tocar las ramas. No sé si me acostumbraré a mi nueva vida cuando resucite.

De momento en medio de esta encrucijada tan hiriente no dejo de soñar. Alzo mi voz al cielo para que me oiga Dios, y entienda, que no he perdido la esperanza. Que no me he hundido en una noche sin ruidos, que no he descendido de mi vuelo por miedo a las alturas.

Quiero que sepa Dios que sigo caminando, corriendo, entre cuatro paredes. Soñando con una vida inmensa y un amor aún más grande.

Me han reducido lo importante a las distancias cortas. Y han alejado de mí a tantos a los que también quiero. Y no por eso mi amor es menos hondo, o mi olvido más vasto.

Una pantalla me ayuda a avivar los recuerdos. Y aumenta la sensación de poseer toda la vida entre mis manos. Sigo tejiendo sueños.

FACETIME
SewCream | Shutterstock

Y en medio del cautiverio decido tomar decisiones importantes. Saber bien lo que deseo. Recorrer los caminos con una meta clara. Una sicóloga me lo recuerda:

«Tú eres el resultado de lo que decides. Tener una voluntad bien educada. No buscar lo más fácil. Sino lo que me conviene. Elegir una dirección concreta y poner rumbo».

Está todo en mis manos. Mi manera de vivir la vida, mi forma de enfrentar mis miedos. Yo decido. Yo elijo.

Durante la Semana Santa vi a personajes que tomaron decisiones. Herodes tomó la suya, sólo quería un milagro, algo extraordinario, no le interesaba Jesús.

Pilatos no decidió nada, decidiéndolo todo mientras se lavaba las manos. Los discípulos tuvieron que decidir, alejarse o estar cerca. Negar a Jesús o evitar las preguntas. Algunos decidieron seguirlo hasta el calvario, mucho riesgo.

Los fariseos decidieron que era mejor la muerte de un hombre antes que perderlo todo.

Mis decisiones me forman, me hacen. Me da miedo no decidir lo que tengo que vivir. Puedo elegirlo, aunque sea impuesto. Yo decido.

Yo elijo el presente como es, y cómo quiero vivirlo. Yo decido cuáles son los principios sobre los que construyo mi casa. Decido qué hacer o no hacer. A quién amar o no amar. Decido dar la vida o guardármela.

Parece sencillo elegir, decidir y es lo más difícil. Elijo soñar y no quedarme quieto. Desear lo más grande e idear un mundo mejor. Lo decido.

Decido ser libre y no esclavo. No es tan sencillo. Decido hacer el bien y evitar el mal. No siempre me resulta. Opto por Jesús en todo lo que hago. ¿Qué hubiera hecho Él ahora? ¿Cuál sería su actitud en medio de esta pandemia?

SOLIDARITY
Shutterstock | Imagesines

Parece todo sencillo y no lo es. Decidir me forma. Me hace mejor o peor persona. Dibuja el contorno de mi piel, la hondura de mi alma. Hace brotar flores en mi interior o extiende el desierto por mis huesos.

Yo elijo quién quiero ser y descarto al que no quiero. En mis manos tengo todo el poder del mundo. Poseo la inmensa fuerza de los santos que lo cambiaron todo tomando decisiones imposibles.

Pero no siempre decido lo correcto, lo que me hace bien, lo que me salva. Me doy cuenta de mi pobreza y debilidad para alcanzar mis deseos. Decía santa Teresita:

«Deseo ser santa, pero conozco mi impotencia y te pido, Dios mío, que Tú mismo seas mi santidad».

Que Dios sea mi santidad. Que Dios decida en mí y me levante por encima de mis límites. Me gusta tocar el cielo con mis manos. Abrazar el paraíso sin haberlo visto. Pasar por esa losa corrida que deja abierto el camino a la vida.

No soy santo, Dios es mi camino. Esa puerta que se abre ante mis ojos. Ese sueño realizado en Él, ahí tengo la vida.

Quiero tocar las nubes más altas desde mi ventana. Dibujo en el cristal los nombres que guardo. Me invento un camino que lleva rápido a las alturas y pongo nombre a las nubes que reflejan mis anhelos.

Tengo una paz profunda porque decido vivir el presente con alegría. Opto por este tiempo que se alarga sin pausa. Los tiempos de Dios no son mis tiempos. También lo elijo mientras sonrío. O es Dios quien me sonríe.

gratitude
Petar Paunchev|Shutterstock
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