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Comienza una Semana Santa atípica: ¡Hoy es fiesta!

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Pascal Deloche / Godong

Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/04/20

En lugar de alegrarme con esos ramos de olivos tirados a los pies del Maestro me cubro de tristeza... ¡No puede ser!

Comienzo a caminar hacia la Pascua un nuevo domingo de Ramos. Llego con Jesús a las puertas de Jerusalén. Resuenan en mí las palabras de los discípulos dichas a Jesús cuando quiere ir a Betania a ver a su amigo Lázaro:

«Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?».

Ellos tienen miedo. Jesús parece no tenerlo. Y aún así, con miedo, no lo dejan solo:

«Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: – Vayamos también nosotros a morir con Él».

Yo tampoco quiero dejarlo solo en medio de mis miedos, en medio de mi dolor, en la oscuridad de este tiempo. Miro la soledad de mi cuarto, de mi celda, convencido de que Jesús camina conmigo en medio de tantos miedos, cuando nada está claro.

Es esta una semana Santa atípica, fuera de lo normal. Una Semana Santa sin procesiones, sin lavado de pies, sin abrazos pascuales, sin besos sobre los pies llagados de Jesús, sin abrazos alegres un jueves santo en esa última cena, sin la posibilidad de comulgar y recibir a Jesús que se hace carne por primera vez en aquel pan partido.

Todo es tan distinto y parecido al mismo tiempo a esa primera Semana Santa. Es la misma semana santa de entonces y también la misma Pascua de Resurrección.

Quizá tengo más miedo que nunca al llegar a estos días. Esta enfermedad y sus cifras mortales me hace vivir con miedo. Me asusta enfermar, que enfermen mis seres queridos.

Toda esta inseguridad me acerca al miedo de los discípulos esos días caminando por las calles de Jerusalén. Un miedo a los enemigos de Jesús. Un miedo a una muerte que parece inevitable. Jesús desafiando su suerte.

¿Por qué tienen que ir a Jerusalén? Es la Pascua judía, pero es muy peligroso. Demasiado. ¿Para qué arriesgar la vida? Jesús parece un inconsciente enfrentado al odio de sus enemigos. Allí, en Jerusalén, ese odio parece tan fuerte, tan cruel.

Ahora comienzo estos días con miedo. Una amenaza invisible, no la veo. ¡Qué extraño es caminar yo solo unido a tantos a los que no veo! Se me hace extraña esa compañía espiritual tan real, tan verdadera y al mismo tiempo tan poco tangible.

Comienzo a recorrer los días desde el domingo de Ramos. Me acerco a la puerta por la que entraron ese día llenos de alegría tendiendo sus mantos y ramos de olivo a los pies del Maestro.

Veo que de nuevo el corazón tiembla porque me doy cuenta de la pobreza de mi alegría en los días aún no pascuales. Una alegría muy inestable. Como la que vivo cada día, cada hora. Una alegría sostenida en una espera impaciente.

Esta pandemia me ha hecho palpar la cruz de Cristo de forma más tangible. Siento en mi propia piel el dolor cruel de los enfermos, de los familiares, de los médicos y auxiliares, de los amigos.

Pienso en la distancia impuesta que me separa al menos un metro de los que más quiero, o una pantalla. Esa distancia infranqueable. Me sirvo de sustancias para eliminar el virus.

Percibo el miedo, ese mismo miedo de los discípulos que caminan con Jesús hacia Jerusalén. Piensan que puede ser esa la última vez que lo vean.

Algunos quieren matarlo. Lo han decidido los fariseos. Es ese mismo miedo que yo tengo a perder la vida. Quizá nunca antes se me ha hecho tan tangible la posibilidad de perder mi vida.

Veo que es posible morir, perder mis sueños, perder mis planes. Nunca antes como en esta Cuaresma había tocado la muerte de esta manera, en su raíz, tan de cerca.

Y por eso ahora, al percibir que llego a esa Jerusalén festiva, se me llena el corazón de un temor extraño. Como si los vientos trajeran malas noticias, malos augurios. O como si de repente tuviera yo en el corazón un presagio extraño.

O tal vez estoy pecando de pesimista. En lugar de alegrarme con esos ramos de olivos tirados a los pies del Maestro me cubro de tristeza.

No puede ser. Hoy es día de fiesta. Quiero aprender a sonreír. Con eso basta. Sonreír mientras atravieso las puertas abarrotadas de gente. Todos aclaman a Jesús como el Mesías. Es extraño. Luego lo querrán matar.

Tengo miedo a la muerte. No quiero quedarme solo. No quiero sufrir. Acaricio los clavos del madero. Y la sangre de Jesús. El dolor que lacera el alma. Siento que no soy capaz de llevar con paz el sufrimiento, este olor a muerte.

Esta Cuaresma me ha enseñado a llevarlo todo con más paz, con menos miedo. Confío en Jesús porque no me deja nunca solo.

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