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La entrega oculta, en conciencia, por amor, es lo que hace que las cosas no vayan tan mal como podrían haber ido

Existen muchas vidas ocultas, vidas que nadie ve. Muertes que pocos lloran. Ausencias que nadie percibe. Pero son vidas que han sembrado esperanza. Han sufrido en silencio. Y han dicho que sí a Dios en la soledad.

Una frase de Mary Ann Evans, que escribía con el pseudónimo George Eliot, me conmueve en estos días:

Que el bien siga creciendo en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal entre nosotros como podría haber sido se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita”.

Son santos no canonizados, no imitados, no admirados. Pienso en tantos que en estos días se dejan la vida sirviendo, salvando. Héroes anónimos.

Pienso también en decisiones incomprendidas, esas voces escuchadas en la conciencia que parecen ir contra lo que todos piensan y creen.

La película Una vida oculta narra la historia de Franz, un austriaco que fue ejecutado por no querer jurar lealtad a Hitler:

“Solo estamos de paso. Somos una sombra pasajera. El hombre tiene derecho a decidir. Debemos enfrentar al mal. Es mejor sufrir una injusticia que cometerla. Ya soy libre”.

Bastaba con jurar lealtad con una firma para quedar libre. Pero él ya se sentía libre, estando preso. Nadie comprende su decisión. Y le dicen que es absurdo mantenerse firme:

“No puedes cambiar el mundo. No eres tan fuerte. Hay una diferencia entre el dolor que no podemos evitar y el dolor que elegimos. Olvidaste cómo es el mundo. Tu no hiciste el mundo de esta forma. Nadie es inocente. Todos tenemos la culpa. El que creó este mundo igual creo el mal”.

Sólo su mujer cree en él y lo apoya:

No importa lo que hagas. Estoy contigo. Haz lo correcto”.

Y él sufre en su corazón:

No pienso que él es el malo y yo el bueno. No lo sé todo. Pero tengo esta sensación dentro de mí. No puedo hacer algo que pienso que está mal”.

Me quedo pensando. Hay decisiones incomprensibles. Una firma tan solo y sería libre y podría cuidar a su mujer, a sus hijas.


Me quedo pesando en mis actos no históricos, en mis decisiones que nadie conoce, en mis virtudes no publicadas, en mi vida no admirada ni reconocida, en mi entrega oculta. Sé que yacerá todo en mi tumba no visitada.

Gracias a mis actos el mundo irá cambiando. Gracias a mi opción por el bien.

No es lógico que a los hombres buenos les pasen cosas malas. Pero es así. Sufren injusticias y dolores. El mal sucede. Y el bien es lo único que acaba cambiando el mundo.

Aunque me dicen que no es posible, que yo sólo no puedo cambiar nada, que es todo más difícil, que hay mucha maldad a mi alrededor.

Pero yo sé que dependen de mí muchas cosas y sí puedo cambiar la realidad. Puedo, si opto una y otra vez por la vida, por el bien, aun sin que nadie lo vea, aun sin ser noticia.

Un acto bueno no es noticia. Un daño sí puede serlo. El bien pasa desapercibido. ¡Qué difícil mantenerme firme en las decisiones cruciales de mi vida! Cuando todo parece hablarme de lo contrario.

Quiero ser fiel hasta el final, mantenerme firme en mis opciones de vida, en las fundamentales.

La corriente quiere llevarme hacia otro lado. Quieren que claudique, que deje de lado mis creencias, que me adapte a los tiempos.

Y yo no pretendo imponerle a nadie ni mi punto de vista, ni mi criterio. Simplemente quiero ser fiel a mí mismo, a lo que pienso, a lo que siento dentro de mi alma, a esa voz de Dios que susurra en mis oídos, y yo la oigo.

Muchos quieren que opte por lo prudente, por lo que todos eligen, por lo que corresponde para no desentonar en este mundo. Y me tientan con decisiones distintas.

Temo que mi orgullo sea el que influya y me lleve a decidir cosas difíciles que hieren a otros. Sé que toda decisión tiene sus consecuencias. Algunas dolorosas.

Ser fiel a lo que creo, a lo que pienso, a mis valores, a mis principios, puede dejarme solo. Puede hacer daño a otros. Opto por el bien y vuelvo a elegirlo.

No es mi orgullo, es mi conciencia. No quiero que otros lo hagan, no juzgo a nadie. No me siento mejor que nadie. Simplemente tengo una vida por delante, la mía, llena de decisiones difíciles, de elecciones fundamentales.

En mi mano está elegir un camino o el contrario, optar por un valor o abrazar otro opuesto. Está en mis manos. Puedo educar a los míos y ayudarles a tomar su vida en serio. Puedo ser libre siempre, aunque las cadenas pesen en mis muñecas. Eso no importa.

La libertad está en lo hondo de mi corazón y es lo que cuenta.

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