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Muestra quién eres con tus elecciones y acciones

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Las tentaciones para escoger caminos fáciles que te alejan de tu esencia están en cualquier parte, la vida es una prueba

Conocerse a sí mismo es una tarea exigente. El corazón del hombre es un abismo y apenas llegamos a comprender completamente quiénes somos.

Sin embargo, a veces es suficiente con mirar lo que hacemos: nuestras elecciones, nuestros comportamientos, nuestras reacciones hablan por nosotros.

La vida es esa prueba en la que estamos continuamente llamados a enfrentar la verificación de lo que somos y en lo que nos hemos convertido.

Al igual que un alumno que es evaluado periódicamente no solo por una nota, sino porque le ayuda a comprender dónde ha llegado.

Las pruebas diarias

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La vida es continuamente el lugar de prueba, en el que sale lo que somos, en el que una y otra vez nos tenemos que enfrentar con decisiones que ponen de manifiesto nuestra esencia.

La tentación de tomar otros caminos concierne a nuestra vida diaria. Nuestra realidad de todos los días se compone de deseos y necesidades, de pensamientos y relaciones, y es en todo esto, en donde el Enemigo se pone a trabajar.

La tentación está arraigada en nuestra dinámica humana, aprovecha quiénes somos. Es una realidad espiritual porque afecta nuestra relación con Dios, pero inevitablemente funciona en nuestra humanidad, en nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

Distanciarse

Precisamente por esta razón, antes de actuar, sería fructífero distanciarse, mirar lo que tenemos ante nosotros, interrumpir la secuencia de acciones para reflexionar y decidir.

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El tiempo de Jesús en el desierto, el tiempo de Cuaresma es, de hecho, un tiempo de ayuno, no solo corporal, sino interior.

Me detengo, me alejo de la comida frente a mí, de mis necesidades y deseos más básicos y me tomo el tiempo para entender lo que realmente quiero comer.

En el atracón de las emociones diarias, es difícil reconocer realmente dónde encuentro el gusto y dónde me estoy envenenando, porque todo está mezclado.

Por lo tanto, Jesús es empujado por el Espíritu al desierto para distanciarse de todo eso. De las expectativas que en ese momento estaban siendo cargadas sobre él, de los juicios y de la cotidianidad.

Después del bautismo, es decir, después de aceptar la invitación del Padre para comenzar su misión, Jesús debe elegir qué tipo de Salvador quiere ser.

El desierto, y los cuarenta días en él, le hacen ver que quiere ser un hombre cercano a su pueblo hasta el punto de revivir la experiencia para comprenderla mejor, que quiere pasar (como el pueblo de Israel) por el desierto de la prueba, de la tentación y de la fragilidad.

Los desiertos de nuestra vida, en especial el de la Cuaresma, son momentos que se nos regalan para liberarnos de lo cotidiano, de los juicios, de las expectativas, de los miedos que nos paralizan, y dejar que Dios nos muestre el camino para elegir lo que verdaderamente somos.

Volver la mirada a los demás

Jesús nos muestra cómo es posible enfrentar las pruebas: pensando en los demás antes que en nosotros mismos.

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El Enemigo le sugiere que piense primero en su hambre: él tiene el derecho, nadie lo ve, puede hacer lo que él quiera. Es más fácil pensar primero en nosotros mismos, hacer lo que nos place, como si esto fuera un signo de madurez y autonomía.

Jesús reacciona rechazando la lógica del privilegio: comerá con los demás, comerá si los demás también pueden comer.

Servir a Dios

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La segunda tentación se refiere a la relación con Dios, pero en general a la forma de vivir las relaciones.

De hecho, cuando nos sentimos seguros de una relación, tendemos a aprovecharla, poniendo a prueba al otro, tirando de la cuerda casi para medir hasta dónde llega su amor.

Es la dinámica del niño, que hace berrinche para comprender hasta dónde puede llegar con sus caprichos.

El tentador sugiere a Jesús que use a Dios en lugar de servir a Dios, así como a menudo usamos a otros en lugar de servirlos con amor.

Cuando en la relación con Dios (casi bajo la apariencia de una vida espiritual profunda) lo probamos, hacemos reclamos y lo desafiamos, ya hemos sucumbido a la tentación.

El fin y los medios

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La tercera tentación es la más sutil, porque propone un buen fin que se logrará a través de una lógica equivocada: el enemigo presenta los reinos de la tierra a Jesús y propone salvarlos aliándose con el mal.

Es una tentación recurrente tanto en los pequeños eventos de la vida como en los más grandes.

Se trata de justificar un buen fin pasando por un compromiso con el mal: es la recomendación que buscamos para lograr un objetivo, es la corrupción para obtener un contrato, es el compromiso equivocado para la aprobación de algo que nos interesa y que sin duda nos beneficia.

Jesús rechaza el camino fácil de la tentación y elige salvar al mundo a través de una lógica diferente: la lógica de la cruz, la lógica del sufrimiento y de la renuncia, la lógica de la humillación y del sacrificio. La lógica de un ser humano que se para frente a sí mismo y decide ser quien está llamado a ser.

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