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Con una gran sonrisa: «Esto es lo que me toca vivir ahora»

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Akaberka | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 17/03/20

La motivación que te hace vivir alegre

No tengo muy claro cuál es la motivación que mueve mis actos. Debería saber por qué hago las cosas, pero a veces no sé si soy yo el que quiere hacer algo o lo hago porque otros lo quieren.

No sé si mi única obsesión en la vida es contentar a todos, para que me quieran y me aplaudan o me dejen tranquilo. No sé si quiero realmente la vida que apoyo o me gusta más la cultura de la muerte.

No sé si camino hacia la Pascua porque me lo imponen desde fuera o yo mismo he decidido hacer ese camino en mi alma. No sé si renuncio por decisión propia a las cosas que quiero por amor a los demás o a Dios, o simplemente acepto que me impongan renuncias a la fuerza.

No lo sé, pero tengo claras las cosas que me gustan y las que no tanto. Me gusta el sol que ilumina los paisajes llenándolo todo de vida y no me gusta ese frío que me entumece el alma.

Amo la luz que recorre las hojas de los árboles deslizándose dentro de mi vida y no me gustan las sombras que oscurecen el ánimo.

Me gusta el agua del río que corre y no me gustan ni el cauce vacío ni tampoco las aguas estancadas. Me gustan las montañas altísimas, esas que no sueño siquiera con escalar, porque parece imposible y me aburren las llanuras eternas que se pierden en el horizonte.

Me gustan los vientos que despejan las nubes y me permiten ver todo con claridad infinita. Me asusta esa calma apacible del tiempo en el que nada sucede.

Me gustan los barcos en el puerto esperando la hora de su partida y me gustan también los barcos zarandeados por las olas en mitad del océano.

Elijo seguir este camino que va de la muerte a la vida, del desierto al vergel, del secarral al océano. De las heridas que no cierran a la carne cicatrizada desde lo más profundo.

Elijo la vida que nace desde las semillas más enterradas. Elijo vivir por encima de la muerte, porque es eso lo que desea mi alma.

Con frecuencia siento zonas frías de muerte dentro de mí que quiero que desaparezcan. Siento que las hojas del otoño han empezado ya a cavar su tumba en la tierra dando pequeños brotes verdes que me dejan creer y vivir con esperanza.

No le tengo tanto miedo al pecado que a veces me confunde y turba. Temo más bien la tibieza en mi alma, la desidia y el desinterés.

Porque el pecado me confronta con mi fragilidad y me hace experimentar todas mis deficiencias. Y más tarde en el perdón me permite vivir la misericordia.

Mientras que la rutina es como esa gota de agua que va cayendo suavemente sobre la roca horadando lentamente un orificio. Una gota tras otra en un eterno fluir dentro de mi alma que me desgasta.

Por eso elijo como motivación vivir alegre estos días de Cuaresma. Cuando el desierto pasa a ser monte y luego fuente.

Acaricio los momentos que me regala Dios para ensanchar el alma y prepararme así para la vida eterna. Quiero recorrer el camino de estos días. Renunciando, amando, sonriendo, cavando hondo.

Elijo vivir en paz en medio de las tormentas. Elijo vivir el presente, lo que me toca. Como dice Jorge Bucay: «Cuidado con escaparse del dolor y la desolación. Cuidado con no querer vivir esto».

Elijo vivir el madero de la cruz que me pesa en la espalda. Elijo la vida que muere con dolor para dar nueva vida. No le tengo miedo a las heridas que no cierran. Ni al dolor constante. Ni a la sed infinita.

Sé que en mis límites podré decir cada mañana: «Esto es lo que me toca vivir ahora«. Y lo diré con una sonrisa. Es lo que importa. Esa mirada mía que me hace ver la luz encerrada en la noche, y la alegría guardada dentro de mil lágrimas.

Elijo despertarme con una nueva motivación cada mañana. Elijo ese amor que recibo y que es una coraza que me arma para la vida. Y ese amor que doy que es un trampolín que me permite saltar por encima de mis miedos.

Me gusta la Cuaresma en esos días de desierto, montaña y fuente que se derraman ante mis ojos ciegos. Sé que la vida es más de lo que parece cuando es Dios el que guarda mis pasos.

Y la motivación para vivir me la da Aquel al que pertenezco para siempre. Porque soy cristiano, hijo de Cristo, enamorado de su corazón crucificado, que lo dio todo por amor a mí, que tan pobremente amo.

Elijo seguir sus pasos por un desierto santo. Y abrazo con esperanza su venida en torrente de vida en medio de la muerte. No le tengo miedo a los que me amenazan con quitarme la vida. Es sólo de Dios y eso me da paz eterna. En Él descanso siempre.

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