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Disfrutar del silencio en pareja

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4 PM production | Shutterstock

Ignasi de Bofarull - publicado el 12/03/20

Es posible sentirse más unidos que nunca sin pronunciar una sola palabra

Nos equivocaríamos si creyéramos que una pareja, unos novios, unos casados, deben estar constantemente hablando para vivir con intensidad su relación. El silencio, la ausencia de palabras, compartir actividades que nos exigen callar en pareja puede ser una fuente de gozo y satisfacción.

Es verdad que a veces vemos a parejas mayores, o muy mayores, que andan absortos, sentados en un bar, sin saber qué decirse y con cara de aburridos. Sin embargo, no nos referimos a este caso. Además, las parejas mayores suelen ser las que han aprendido, tras la sincronía de años, a gozar estando juntos sin más, sin mediación de palabras. En ese sentido hemos visto parejas, hombres y mujeres de edad avanzada, paseando cogidos de la mano y callados y a la vez orgullosos de estar juntos, mirando al frente, sin decir palabra, pero diciendo en los signos, en los gestos, que están ahí después de tantos años compartiendo la vida. Y ese silencio sí nos interesa.

Es un silencio que habla por sí mismo. Es un silencio que no señala incomunicación sino todo lo contrario. Parejas jóvenes, de mediana edad y mayores se ha sentado con frecuencia juntos en un sofá y tras cuatro palabras muy evocadoras se han sumergido, juntos, en los recuerdos de una vida en común: corta o larga: “¿Te acuerdas?”.

Incluso en el silencio los dos, pensando, sonríen, se sonríen. Es la paz de saberse acompañado en la seguridad de que estamos hablando de dos almas gemelas. ¡Ojalá! Y sucede en muchas circunstancias: por ejemplo, mirando fotos. Repasando un video familiar. O por ejemplo viajando en coche ante un bello paisaje cuya plenitud debe ser acompañada de silencio.

Tras esos minutos de silencio emerge la necesidad de comunicarse unos sentimientos, unas ideas que solo puede entender tu pareja pues forman parte de una intimidad común e intransferible. Un silencio que ha sido cargado por la belleza de la naturaleza o por la plenitud de una música. Escuchar música en silencio con nuestro amado, con nuestra amada es una situación de gran densidad. Y ese silencio atento va acompañado de un disfrute estético donde el otro anda muy presente. “¿Estará ella disfrutando con esta canción? La ha elegido ella. ¡Seguro que sí!”. Y entonces una mirada sin palabras con una sonrisa esbozada puede ser el complemento ideal.

He aquí un nuevo capítulo: las miradas ligadas al silencio. Son miradas acompasadas que se hacen más relevantes pues no hay palabras: solo unos ojos expresivos que se dirigen al otro con mayor o menor intensidad y con emociones más o menos sosegadas o entusiastas.

Imaginémonos otra situación: la lectura exige silencio, pero es más agradable, más intensa, viva y valiosa si está acompañada por otro lector. ¡Por eso en las bibliotecas se estudia tan bien!  Pensemos en la lectura en pareja: los contenidos pueden ser muy distintos pero el silencio se enseñorea de la habitación, o de la campiña bajo el sol más tenue de la tarde, para resaltar que cada uno vive en su libro, pero también vive en el otro. Y es fácil que de vez en cuando uno de los dos detenga su lectura para ver, sencillamente, cómo el otro lee. Y a veces, no siempre, esta mirada silenciosa se encuentra con el saludo en forma de mirada que el otro le devuelve como si dijera:”Sí, estoy aquí, disfrutando de mi lectura y disfrutando de ti y también de tu lectura, aunque no sé qué lees. Pero estás aquí, a mi lado, en este tiempo detenido y eso me da paz”.

Dos nuevos elementos que se unen en el silencio: la consciencia serena de estar juntos queda subrayada. Es la consciencia de vivir un concreto ritmo del tiempo que solo ofrece el silencio y que es muy distinto del ritmo del tiempo del fragor del trabajo de cada día. Hay que desacelerar el ritmo del tiempo en pareja. Es decir, lograr un tiempo quedo, sosegado, expandido. Como si el tiempo durara más y fuera más espeso.

Es un tiempo en el que se ve y se oye el discurrir de la vida, en ausencia de palabras. Y nace una paz especial. Un vivir acompañado de distinta forma: “Estamos juntos, no tenemos prisa, no hace falta que nos lo digamos, pero está claro que la vida nos lleva de la mano a los dos, quizá inseparablemente”.

Hay que practicar el silencio en pareja. No sirve el silencio forzado de la televisión o del cine que pueden ser fuente de mucho placer estético. Es otra cosa. Hay que ir a la caza, a la búsqueda de silencios que subrayan con mucha intensidad la presencia del otro, de la pareja, del amante, de la enamorada. Y la circunstancia es variadísima: un ejemplo, el baño en unas aguas termales donde no hay casi nadie y el relajo pide el silencio.

O en el regreso a casa, en coche, o paseando, paladeando una película que nos ha gustado mucho a los dos. Pensamiento interior: “Hace frío y sólo se me ocurren ideas sobre la película que luego te comentaré”.Y podríamos descubrir momentos más largos y más cortos. Por ejemplo, paladeando un flan casero en un restaurante que visitamos con frecuencia. Nos miramos, no nos decimos nada, pero todo está muy claro: “¡Qué buen sabor!”

Un nuevo silencio: el silencio de un beso largo y pausado, muy pausado. Ahí no hay quien hable. Es un silencio amorosamente obligado que cuando se acaba puede encontrase con la mirada del otro. Y puede que esa mirada le diga al otro: “Te quiero”. Pero solo habla la mirada.

Y alguien me responderá que estas líneas son muy cursis, y entonces le responderé que cuando las viva sencilla y continuadamente no le parecerán tan cursis. Cuando las experimente las encontrará plenas, y llenas de sentido.

Nuevas voces del silencio: contemplar la belleza, meditar juntos, quizá orar. 

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