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Cuando abandonar comodidades es una oportunidad

Lindsay Henwood/Unsplash | CC0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 12/03/20

Las promesas de Dios a Abrahán o cómo liberarte de lo accesorio y entrar en lo esencial

Tengo que dejar la seguridad de mi tierra y ponerme en camino. Tengo que ser peregrino para no vivir atado, esclavo. Tengo que salir de mi tierra predilecta, o de la tierra de la esclavitud. En ambos casos me hago peregrino.

Dios le hizo una promesa a Abrahán. Quería que lo dejara todo y se pusiera en camino:

«En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: – Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Abrahán marchó, como le había dicho el Señor».

Dios quiere que deje sus seguridades, sus dioses, su tierra amada. A las personas de su familia. Quiere que lo deje todo y se haga peregrino.

Me conmueve. Él escucha la palabra de Dios y se pone en camino. No duda y, a cambio de todo lo que deja, Dios le promete tres cosas: una tierra, una descendencia y una intimidad con Él.

Será una bendición su vida entera. Él cree en la promesa y se hace peregrino. Un arameo errante que sigue los pasos de Dios. Ya no tiene ningún seguro. No tiene ninguna posesión. Está solo, vacío, sin nada.

Dios necesita a Abrahán como instrumento. Y para ello tiene que educarlo. Necesita que esté desnudo de sus bienes. Libre de lo que lo ata para educarlo con libertad.

Dios necesita a Abrahán entregado totalmente a sus planes. Libre para obedecerlo. Le pide que deje su tierra para heredar otra. ¿Qué sentido tiene?

Abrahán es peregrino, no tiene tierra, no tiene raíces ni hogar. Pero anhela con fuerza una tierra nueva, una tierra santa en la que tener que descalzarse antes de entrar.

La tierra me habla de hogar, de raíces, de infancia, de recuerdos sagrados. Abrahán necesita lo que ya no tiene. El hombre de hoy vive sin hogar. Comenta el padre José Kentenich:

«El hombre es un ser vinculado al nido. Hoy se ha desvinculado del nido, y por eso debe enseñársele a vincularse al nido en el corazón del Dios eterno».

¡Cuántos hombres viven sin raíces! El hogar puede ser un hogar físico o un hogar espiritual. El hogar es la roca de mi vida. Vínculos sanos que hablan de hogar. Es algo más hondo. Puede ser el corazón de una persona el que se convierte en hogar para mí. En tierra cálida.

Dios le promete a Abrahán una intimidad con Él. Quiero sentirme profundamente amado por Él. Experimentar cada día su amor en intimidad.

A cambio Dios sólo me pide que sea fiel a este amor. Me pide que no tenga otros dioses que compitan con Él. No hará falta porque Dios me dará tal intimidad que no necesitaré buscar fuera de su presencia.

Dios será siempre fiel. Me lo promete. Yo no lo soy. Tengo un anhelo infinito en el corazón. Una sed insaciable que ningún amor humano por maravilloso que sea podrá nunca calmar.

Miraré más alto, más lejos. Buscaré en Dios una intimidad que necesito para vivir. Mi amor es muy pequeño y torpe. El amor de Dios es infinito y misericordioso. Me desborda. Supera mis límites humanos.

Lo único que necesita Dios es que yo le diga que sí. Que estoy dispuesto a dejarme querer. Que no voy a ser esquivo ni voy a huir.

Sólo quiere mi fiat. Que me quede con Él. Me quiere a su lado sin necesidad de buscar sucedáneos. Es un momento de Tabor continuo en mi vida lo que más anhelo. Un descanso en su presencia.

Y por último Dios le promete un pueblo, unos hijos, una descendencia. No quiere que Abrahán esté solo. Quiere que tenga todo un pueblo con él.

Mi vida será fecunda en los corazones en los que deje huella. En aquellos a los que ame y me amen. Me gusta esta imagen.

Mi vida será fecunda en función del amor. El amor que dé, el amor que reciba. La vida que se entrega desde un amor maduro, sacrificado, santo. Esa será mi fecundidad, mi descendencia.

Tal vez nunca llegue a ver a los que Dios me regale multiplicando mi descendencia. Su promesa está viva. No quiere que esté solo. Me promete una tierra, un Dios único, un pueblo con el que camine en solidaridad, la comunión de los santos.

Me gusta pensar en Abrahán que lo deja todo para poseerlo todo. Los caminos no son siempre claros ni fáciles, pero él los recorre con el corazón dispuesto. Se fía de Dios. Sube a lo alto del monte. Desciende al encuentro de los hombres.

Es el camino que yo emprendo. Me libero de mi tierra, de mis ataduras, para ir al encuentro de Jesús que me espera con un pueblo nuevo, en una tierra nueva y con un amor más grande.

Quiero renovar mi sí a Dios a través de mi sí en la alianza. Vuelvo a escuchar la promesa en mi alma y vuelvo a decir que sí, que creo en su amor inmenso y me pongo en camino.

Le vuelvo a decir que no tengo miedo a la vida porque Él me sostiene. Ya no me detienen los miedos ni la pereza. Dios puede hacer conmigo cosas muy grandes porque le he entregado por entero mi vida.

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