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Según de quién te fías, el mal sólo te tambalea o te tumba

DEMON VS ANGEL

Strels | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/03/20

La palabra de Dios tiene más fuerza que la del demonio

En medio del desierto, del hambre, de la soledad, Jesús fue tentado. También en eso quiso parecerse a mí. Quiso ser como yo en todo menos en el pecado.

Y ser tentado no es lo mismo que ser pecador. Yo peco cuando cedo a la tentación, cuando me dejo llevar por lo que me seduce y atrae no siendo un bien para mi vida.

El demonio, como Dios, por eso es llamado mono de Dios, también seduce, embauca, convence, atrae, sugiere, propone.

El demonio, que sí que existe, aunque tantas veces preferiría que fuera una invención mía, me lleva a su terreno. Se aprovecha de mi cansancio, de mi tristeza, de mi ansiedad, de mi estrés.

Aprovecha mis momentos de debilidad para imponerse sobre mi voluntad y vencer con sus insinuaciones.

Jesús padeció las tentaciones en el peor momento, cuando tenía hambre y sed, cuando no sabía bien los pasos que tenía que dar en su camino después del bautismo en el Jordán.

Y temblaba ante un futuro abierto antes sus ojos, algo tan diferente a su vida en Nazaret. En ese momento apareció ante Él el demonio:

«El tentador se le acercó y le dijo».

Aparece para tentarle con bienes posibles. ¿De qué tengo hambre? De pan, de éxito, de gloria, de comodidad, de placeres, de bienestar.

Tengo hambre de la eternidad, aunque no sepa cómo será posible. Quiero un poder que no acabe nunca, un amor que no pase, una vida que sea para siempre.

Quiero que me sirvan y no vivir sirviendo. Quiero que me reconozcan y no vivir ignorado. Quiero que me amen y no ser odiado.

Y el demonio mira a Jesús y lo tienta en lo más sagrado:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Si de verdad es lo que es, hijo del Altísimo, que convierta una piedra en pan. Que recupere todos sus poderes.

No es posible. Jesús ha renunciado a ser todopoderoso entre los hombres. Se ha sometido en el tiempo y en el espacio. Ha asumido mi carne. Y nunca hará milagros que le favorezcan.

¿No multiplicó un día los panes y los peces? Fue sólo para que creyeran en el amor infinito de Dios, para que se convirtieran. Ahora sería traicionar el sí dado al hombre.

Dios asume toda mi condición humana. Mis límites, menos el pecado. El demonio lo tienta con ese poder que da ser Señor y no servidor de nadie:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: – Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».

Pero tampoco cede. No pone a Dios a prueba como hago yo tan a menudo.

«Si me salvas de esto, te serviré. Si me curas, seré tu mejor apóstol. Si me devuelves el trabajo perdido, haré de mi vida un servicio grato a tus ojos».

Mi amor es condicionado. El de Jesús no está condicionado por nada. El tentador sigue:

«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Todo será suyo si adora al demonio. Todo si el mismo Dios se postra ante Satán. Parece absurdo. No lo hace. Jesús no cede.

No puede ceder, porque no está roto por dentro. No tiene esa separación que yo tengo entre mi deseo y mi voluntad, entre mi cabeza que lo ve todo claro y luego mis actos incoherentes.

Jesús no cae en la tentación, como yo caigo. «No me dejes caer en la tentación», le suplico para que me oiga. Él que no cayó puede educarme para que no caiga.

Al menos que no caiga con tanta frecuencia. Se lo pido. Sé que seré tentado. No importa. Lo que quiero es que en esos momentos de oscuridad y miedo venga Jesús en forma de Ángel para salvar mis pasos de la caída.

O al menos que luego me levante, cubierto en mi sangre y me dé su amor. Hoy rezo en el salmo:

«Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado».

Yo caigo, Jesús no. Es cierto todo lo que dice:

«No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

«No tentarás al Señor, tu Dios».

«Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto».

La palabra de Dios tiene más fuerza que la del demonio. No va a caer. No será vencido. Y el tentador tiene que irse mientras los ángeles lo sirven.

Me impresiona su serenidad. Se sobrepone al hambre, al cansancio, a la soledad. Se sobrepone al agotamiento, no cae. Amo esa mirada de hijo confiado. Sabe que su Padre lo mira y protege desde el cielo y nunca lo va a dejar.

Ya no teme. La tentación es vencida y Jesús sabe cuál es su camino. Será tentado más veces. Se mantendrá firme. Estas tentaciones se graban hoy en mi piel.

¿Cuáles son las tentaciones que más me turban y debilitan? ¿Qué tentaciones tienen más poder sobre mí?

Le pido a Jesús que me haga más fuerte, más capaz de decir que no, para mantenerme erguido ante aquel que quiere que me incline y le sirva.Pido esa gracia, ese don. Quiero ser fiel.

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