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Este taxista vuelve a trabajar tras el atraco que le dejó en sillas de ruedas

WILLINGTON ROZO

Lucía Chamat Barrios | Aleteia

Lucía Chamat - publicado el 28/02/20

A Willington Rozo la vida le cambió en un segundo, cuando en medio de un atraco le dispararon y una de las balas rozó su columna vertebral y le afectó la médula.

Esa noche de hace nueve años le robaron el dinero que tenía, al igual que la posibilidad de volver a caminar, pero no se pudieron llevaron su voluntad, la fe y una gran capacidad para trabajar. Varios años después Willington volvió a su oficio de taxista con un vehículo adaptado para discapacitados y en el que, pese a las limitaciones, atiende a sus pasajeros con una sonrisa permanente y una energía contagiosa. Incluso, es capaz de arrastrarse para subir y bajar escaleras porque, como él asegura, “todo es cuestión de voluntad”.

WILLINGTON ROZO
Lucía Chamat Barrios | Aleteia

Un atraco

“No tengo palabras para describir aquel momento. Lo primero que uno piensa es en Diosito Santo. Yo me resistí al robo y me balearon en una calle solitaria, pero hubo gente de buen corazón que me prestó auxilio y cuando me desperté, estaba entubado en un hospital”, recuerda este hombre de 41 años y padre de dos hijos.

A partir de allí su vida no fue fácil: cuatro años en cama, más de diez cirugías, complicaciones, tratamientos, cientos de exámenes y dolorosas terapias de rehabilitación, además de una situación emocional y económica muy crítica. Sus hijos, aún muy pequeños, no fueron conscientes en ese momento de las dificultades de Willington, quien se fue a vivir con sus padres, pues ellos y sus hermanos le podían brindar más ayuda ya que dependía totalmente de los demás.

“El apoyo de mi familia, que es muy creyente, fue fundamental. Somos católicos y en esos momentos la fuerza que Dios le da a uno es total. Mis padres siempre me decían que me iba a recuperar, que de esa salíamos, que Diosito nos iba a ayudar y así ocurrió”, cuenta Willington.

Mientras él sentía gran impotencia al no poder valerse por sí mismo, su hermano se trasladó a Bogotá para cuidarlo y su hermana lo apoyaba incondicionalmente. También recibieron ayudas de otras personas y entidades como el Cuerpo de Bomberos de Bogotá que les facilitó una camioneta para que lo llevaran a las terapias cuando se les acabó el dinero para taxis.

“Dios me puso mucha gente creyente que me ayudó, como un gran amigo médico que me llevó a una iglesia cristiana y siempre se preocupó por mi sanación espiritual. Yo buscaba todos los medios para estar emocionalmente equilibrado y poderme recuperar”, evoca este hombre nacido en Cúcuta, una ciudad fronteriza con Venezuela.

WILLINGTON ROZO
Lucía Chamat Barrios | Aleteia

“La discapacidad está en la mente”

Cuando aprendió a valerse por sí mismo en una silla de ruedas, empezó a vender rifas que él mismo hacía en los paraderos de buses y con las ganancias obtenidas conseguía lo del almuerzo, el transporte diario y unos pesos más para su casa.

Pero sus deseos de superar la adversidad no pararon allí porque un buen día sintió curiosidad al ver a un compañero que utilizaba un taxi adaptado y después de saber cómo funcionaba, se propuso conseguir uno. Tocó puertas en empresas de transporte público, algunas le dieron la espalda y otros lo apoyaron. Así fue como se volvió a emplear y hoy trabaja en un taxi que tiene por acelerador un freno de bicicleta, una manija que va al clutch y otra que va al freno.

Su ejemplo de superación lo ha convertido en consejero y psicólogo porque todos los días escucha diferentes historias y problemas. “Yo les doy moral a los pasajeros, muchos me felicitan, me estrechan la mano con gratitud y eso me reconforta”, señala Willington con evidente satisfacción.

A sus colegas del gremio de taxistas también les recuerda permanentemente lo importante que es prestar un buen servicio, mantener los carros limpios, cobrar lo justo y ser amable con el usuario.

A pesar de que le han robado cinco veces más en los últimos años sin que los ladrones hayan tenido compasión de él, está convencido de que no se equivocó de profesión y sabe que son más las personas buenas que lo ayudan cada vez que debe cambiar una llanta pinchada o bajarse del carro.

Además de su ejemplar resiliencia, Willington explica a Aleteia que no guarda rencores. “A quienes me dejaron así ya los perdoné, mi madre me influenció mucho a que le dejara eso a la justicia divina porque la verdad es que en algunos momentos tuve pensamientos malos por la situación tan compleja que vivía, pero los he perdonado de todo corazón”, enfatiza.

Así, con las manos y con un espíritu optimista Willington se enfrenta al complicado tráfico bogotano de día y de noche, sin desesperarse ante todos los inconvenientes que se puedan presentar porque, como él lo asegura, “si algo le enseña a uno la silla de ruedas es a ser paciente y tolerante”.

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