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Hablemos de sexo y de lo que sentimos (y escondemos) las mujeres

WOMAN
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Libérate de cargas demasiado pesadas

Hace algunos días una buena amiga me dijo que leyera un artículo (que recomiendo leer más de una vez) que por muchas razones se me quedó en la mente y el corazón. Hoy, finalmente, logré reordenar un poco las ideas sobre este tema, del que creo que se habla poco.

El artículo está en inglés y se llama Let’s talk about sex and what we keep hush hush (Hablemos de sexo y de lo que escondemos).

Está escrito anónimamente (puedo imaginar el motivo), y habla un poco de la doble vida (sé que parece duro) que llevan algunas (muchas) jóvenes católicas por miedo a lo que dirán los demás, en cuanto a sus sensaciones y deseos.

El párrafo anterior parece un poco inquisitorio: jóvenes, doble vida, deseos…Creo que es importante mantener estos términos, no con la intención de juzgar, sino con la de exponer qué sucede cuando la religión se vuelve una actitud y no una relación vivida con Dios.

El artículo habla de jóvenes católicas solteras (no es que las casadas estén exentas) que se esconden y se llenan de sentimientos de culpa y vergüenza por las tentaciones de la carne a las que a menudo ceden: masturbación, pornografía, relaciones sexuales antes del matrimonio.

El grado de malestar que sienten en relación a sí mismas y el peso de sentirse juzgadas es tal, que si lo confiesan es a un sacerdote, pero desafortunadamente es poco frecuente.

Llevan una carga tan pesada en sus hombros que termina por conducirlas a llevar una doble vida porque no parece que exista otra salida, o bien a los ojos de la comunidad católica a la que pertenecen ostentan pureza, participando en iniciativas sobre el tema, pero luego la historia es distinta.

1. Un peso demasiado grande

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Halfpoint | Shutterstock

Llevar todo esto sobre los hombros resulta una carga muy pesada a todos los niveles -espiritual, psicológico y social. Creo que se debe, en primer lugar, al tabú que como cristianos tenemos todavía sobre el sexo.

No logramos entender cómo algo tan hermoso y placentero pueda, por un lado, ser una bendición y, por otro, ser algo negativo y esclavizante hasta el punto de impedirnos incluso vivir la vida en plenitud.

No intentaremos explicar este misterio en este post. Intentaremos, en cambio, ofrecer algunas reflexiones que puedan ayudarnos a ser más auténticas en nuestra vida, a aceptar con mayor naturalidad las reacciones de nuestro cuerpo y a ser humildes para reconocer estas fragilidades, que todas compartimos visto que compartimos la misma naturaleza.

2. Somos humanas

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By fizkes/Shutterstock

Somos mujeres, a quienes el Creador ha encomendado la tarea y el gran don de llevar en el vientre otra vida. No somos seres espirituales asexuales.

Vivimos un ciclo reproductivo que debemos conocer y reconocer para entender mejor quiénes somos y cómo cambian nuestras emociones y nuestros deseos.

Debemos entender que las relaciones sexuales conllevan placer, un hermoso placer y que no hay nada de malo en saberlo y en reconocerlo. Como todo lo que provoca placer, es atractivo y se puede desordenar.

Es importante saber que se puede confiar en un sacerdote en confesión y que no es necesario entrar en detalles porque Dios lo sabe todo.

Que la única manera de luchar contra el desorden es ir de la mano de Dios, porque nuestras fuerzas son insuficientes.

No se trata de no tener nunca pensamientos impuros, sino aceptar de manera natural comprendiendo por qué se presentan y qué provocan en nuestro organismo. Comprender que si estás profundamente enamorada, la naturaleza y el amor en sí generan una atracción irresistible.

3. El sexo es hermoso, pero no es lo más hermoso 

Shutterstock-Lisa S.

Tener relaciones sexuales con una persona que se ama es hermoso, pero puede también ser desastroso. Al mismo tiempo, tener relaciones sexuales pasajeras puede ser muy placentero, pero las consecuencias de esos actos pueden ser altamente perjudiciales.

Estas intenciones se enraízan en el corazón del ser humano, y para reconocerlas es necesario no solo sabiduría, sino también fuerza y ayuda para levantarse.

La sexualidad es hermosa, pero también compleja. Tenemos que entenderlo, tenemos que entender nuestra fragilidad para podernos acercar con humildad al Señor y pedirle, mediante la intercesión de nuestra Madre, que nos ayude no solo a conquistar la pureza, sino también a tener compasión de nosotros mismos (lo que no significa condescendencia en absoluto) y enfrentar esta lucha de la mano de Él.

4. Aprender a conocerse 

© Shutterstock

Para entender un poco mejor nuestras sensaciones es importante conocer nuestro cuerpo. Conocer los métodos naturales de planificación familiar no tiene sentido solo para ser responsables en relación a nuestra fecundidad y poder decir cuántos hijos podemos y queremos tener.

Es, primero que nada, un instrumento para poder saber qué sucede en nuestro cuerpo y saber que las hormonas que nos inundan tendrán algún efecto sobre lo que sentimos y que este efecto responde a un ciclo, para podernos preparar.

Al entender esto, es mucho más simple hacerse cargo de ello. Comprender la propia naturaleza de mujer y no desafiarla sin sentido es mucho más útil de lo que se cree.

5. La misericordia de Dios es real 

Shutterstock

Dios te creó mujer, y te creó por sobreabundancia de amor. Él entiende nuestra naturaleza frágil, y su misericordia es real. Odia el pecado, pero ama al pecador. Te amará siempre, ten la seguridad. Más allá de respetar «las reglas», empieza a construir una relación con Él.

Visítalo, habla sinceramente con Él, aliméntate de su cuerpo, acércate al sacramento de la Reconciliación, quédate a su lado. Cada vez que caigas intenta volver a Él, con confianza, paciencia y humildad. No estás sola en tu lucha.

Verás que, como dice el artículo, la fragilidad y la tentación de la carne son frecuentes. Muchas de tus amigas viven probablemente lo mismo, porque es lo que vivimos todos.

Comparte tus experiencias y encuentra el valor en las amigas verdaderas, aquellas que te llevan a Dios para serenar tu espíritu y encontrar fuerza para regresar al buen camino.

 

Por Silvana Ramos

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