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Antes de enamorarte, ¡cásate!

ROSE

Di ilovephoto_KA - Shutterstock

Robert Cheaib - publicado el 14/02/20

El juego del amor. 10 pasos hacia la felicidad de la pareja. El primer paso es "atrévete a ser tú mismo".

La invitación – «Antes de enamorarte, ¡cásate!» – podría mal interpretarse terriblemente. No te estoy invitando a un reality show en donde las personas se casan con desconocidos elegidos por defecto, para luego ver cómo va la cosa (o, de manera más realista, cómo no va la cosa).

Te estoy proponiendo algo muy elemental. En otras palabras, quizá menos incisivas, pero más claras: antes de entrar en una relación con otra persona, vive una sana relación contigo mismo.

Las sugerencias que propongo son fruto de un trabajo prolongado realizado con matrimonios y novios o con personas que desean prepararse para el amor de una forma más sana, sea porque han atravesado el infierno de relaciones equivocadas, o porque están deseosas de vivir bien las primicias del amor.

Estos consejos se condensan en el libroEl juego del amor. 10 pasos hacia la felicidad de la pareja.

El primer paso es «atrévete a ser tú mismo».

Parece que lo más evidente es ser y querer ser uno mismo, pero no es así. El psicólogo Carl G. Jung recuerda que «en cada uno de nosotros hay otro que no conocemos». El poeta Rainer Maria Rilke explica a un joven que «vivir, exactamente, significa transformarse en sí mismo».

La santa y mística católica además de doctora de la Iglesia, Teresa de Jesús explica que «no hay peor ladrón de nosotros que nosotros mismos».

De ahí la invitación – con la sensibilidad del zorro que le dice al principito: «Domestícate, domestica tu soledad, tu singularidad».

La palabra «domesticar» es hermosa. Sabe a hogar, a familia. En ella encontramos el gesto de la hospitalidad, de traer a casa (del latín ad domus). Hablar de domesticar la soledad es, por lo tanto, un acto de reconciliación con la soledad que hace y debe ser parte de la existencia humana.

Nadie puede hacerte estar bien si no estás bien contigo mismo. Por eso urge aprender el arte de estar consigo mismo.

Si no sabes estar solo no sabrás estar bien con los demás. Tu manera de relacionarte con los otros será siempre una relación de apego utilitario. Serán un medio para llenar tu angustiante aislamiento. Ellos se sentirán usados y tú descubrirás que nadie es una extensión o un eco de tu ego.

Si la persona no logra estar bien en sus propios zapatos, si no logra mantenerse a flote en su existencia, no verá al otro como una persona sino como un salvavidas.

Si el hombre no se reconcilia consigo mismo, la búsqueda del otro será siempre una fuga de sí mismo y el otro no tendrá a quien encontrar, sino solo un alma en pena y en fuga que quisiera redimirse con una mirada de amor del otro hacia un yo que no se ama así mismo.

No se puede vivir el amor como una fuga de sí mismo, porque en el amor lo «único» que importa dar es a sí mismo.

El interior del hombre es como una habitación. Si la persona no encuentra su habitación interior bella y acogedora, evita entrar y pasa el tiempo afuera. Mientras más tiempo pasa la habitación cerrada más sofocante se vuelve el olor del encerramiento y la vuelve imposible de habitar.

Para romper esta dinámica, el hombre tiene que tener el valor de soportar la dificultad inicial de oler y ordenar su habitación interior. Debe empezar a vivirla y acostumbrarse a vivir en ella.

Huir de sí mismos es una fuga de la libertad. Uno de los grandes descubrimientos liberadores de la existencia es la de la «habitación silenciosa» como la llama Etty Hillesum. Cuando la descubres, comienzas a llevar contigo y dentro de ti «una gran y fructífera soledad. Y a veces, el momento fundamental de un día es esa pausa tranquila entre dos respiraciones profundas, ese volver a uno mismo en una oración de 5 minutos». Quien quiere amar (amarse) debe aprender a rezar.

Muchas parejas se forman no por elección, sino por un cierto fatalismo; no por plenitud de amor, sino por miedo de los ecos del vacío afectivo y efectivo de la propia existencia. Nuestra soledad no es para ser exorcizada, sino para ser ejercida.

La incapacidad de saber estar solos empuja a las personas a refugiarse en el amor como antidepresivo, como droga, como sedante y a constituir «bebés parejas», parejas hechas de individuos que se refugian en el amor de sus identidades inciertas.

El arte de saber estar bien solos, en cambio, ofrece un gran privilegio: el de poder elegir con quien estar.

Por lo tanto, el primer pilar que te regalo, no lo debes buscar en nadie, sino en ti mismo. Última pista, para una persona de fe, casarse consigo mismo se lleva en una atmósfera maravillosa. Se llama oración. Rezar no es decir oraciones, sino entrar en la presencia de Dios. Es verse en los ojos de Dios. Al verte con sus ojos amorosos, te podrás amar y aceptar más fácilmente. Descubrirás que tu soledad es visitada y que eres «un prodigio«.

Gesto práctico

Encuentra un tiempo para estar contigo mismo. Un tiempo llamado revisión de vida. Es una mirada benévola que no pretende juzgar tu existencia, sino reconocerla. Y, como creyente, a ser agradecido. No lleva mucho tiempo, se necesitan – para empezar – diez minutos al día. ¡Te los mereces!

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amoramor de parejaDía de San Valentín
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