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¿Sientes que has logrado muy poco? Ahora déjate amar

DEFEAT

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/02/20

Aprende a ser y deja de hacer

Me siento llamado al amor, a la entrega. A vivir con Jesús, a seguir sus pasos. Llamado a renovar mi sí cada mañana. A encenderme con su fuego y hacer cotidiana mi intimidad con Él.

Pero corro el peligro de vivir volcado sobre el mundo, vaciándome de ese amor que es el único que puede calmar mi corazón y llenarlo de fortaleza.

Sor Verónica Berzosa, fundadora de la comunidad religiosa Iesu Comunio, habla de la vocación a la vida consagrada como una llamada al amor profundo con Jesús:

«El enamoramiento no es algo que se decide, acontece. Cuando uno ama quiere conocerlo todo de la persona amada. El amor quiere tener a la vista al amado».

Estoy llamado a vivir un amor hondo a Jesús. Quiero cuidar esa intimidad, esa pertenencia. Amo a ese Jesús que viene a mi vida a calmar todos mis miedos y encender todos mis sueños.

Me enamoré de Él un día y vuelvo a recordar con pasión ese momento en el que escuché mi nombre en sus labios y noté el abrazo de su presencia. Ese amor me impulsó a dar la vida.

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Hoy me levanto como cada día y no quiero decaer en la entrega. Quiero abrazar su vida cada vez que me sienta solo o toque la pobreza de mis frutos. En esos momentos de cruz volveré a decirle con el alma: «Te seguiré, Señor, adonde vayas».

Renovaré mi sí a seguir sus pasos, a habitar donde Él habita, a vivir como Él vive. Comenta Sor Verónica:

«Mi seguimiento no consiste en conquistar un reino para Cristo, sino en dejar que venga a nosotros su reino. ¿Estás dentro? ¿Me estás siguiendo como siervo o como héroe conquistador? Consiste en ayudarnos a pasar de una primera respuesta generosa llena de celo, pero sin dejarme a mí. Consiste en pasar de una respuesta generosa, llena de celo, pero según los propios criterios. Todo tiene que ser entregado, también nuestros talentos y capacidades, que podrían llegar a esclavizarnos si no son puestos al servicio de la Iglesia».

Me impresiona esta mirada sobre el seguimiento. ¡Cuántas veces he creído que todo estaba centrado en mis fuerzas, en mis capacidades! Ahora, pasados los años, vuelvo a ver que seguir a Jesús es dejarme llevar por Él. O más bien dejar que sea Él quien me tome en sus brazos y conduzca mi vida.

No depende todo de mí, no está en mis manos construir su reino. Veo con nitidez que no soy un gran conquistador de reinos. No soy el hacedor de milagros que siempre he creído. Ni mis logros son consecuencia de mis dones. No soy el sembrador de un mundo nuevo salido de mis mismas entrañas.

No soy yo, es Él. Comenta san Juan Pablo II en Novo millennio ineunte:

«El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del hacer por hacer. Tenemos que resistir esa tentación, buscando ser antes que hacer».

Necesito aprender a ser y dejar de hacer. Es un gran cambio. Esa segunda conversión es la que suplica mi alma mientras camina por los caminos que Él me señala.

No dejo de temblar al pensar en cuántas veces pongo el acento en lo que yo hago, en lo que sé, en mis talentos y habilidades. Como si todo fuera mío y dependiera de mi entrega, de mi sí.

Como si suyo tan solo fuera ese momento en el que siento mi desvalimiento y compruebo mis pocas fuerzas. En esa hora en la que compruebo que no puedo seguir luchando, haciendo tantas cosas, caminando todos sus caminos.

Llega un momento en la mitad de la vida en el que siento la debilidad de mis pasos y veo cómo el amor se empobrece cada vez que no lo cuido. Cuando desoigo las advertencias y me olvido de los consejos.


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Entonces vuelvo a entenderlo al tocar la sequedad en el alma y desear vivir en el vergel a su lado. Quiero vivir en su reino con paz, con alegría. No pretendo conquistarlo. Sólo quiero ser abrazado por Él en medio de su presencia, en el jardín de sus días.

Quiero dejar a un lado esas redes que me atan e impiden caminar. Sueño con atarme a Él en su red de amor. En su barca que me lleva mar adentro. Él rema a mi lado y yo me dejo llevar por su pasión, por su fuego.

Es esta la segunda conversión de la que hablan los santos, es ese paso inevitable que tiene lugar en el corazón del enamorado cuando van pasando los años y se hace necesario avanzar más lejos, caminar más hondo.

Es ese momento en el que siento que ya no puedo amar en primera persona y comienzo a dejarme amar.




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Sé que este paso es quizás todavía más difícil que el amor que he dado hasta ahora. Es más difícil incluso que aprender a amar bien. Dejarse amar implica un acto de entrega humilde en las manos del amado. Supone un reconocimiento sincero de la propia incapacidad.

No sólo no tengo que hacer nada para demostrar mi amor, sino que sólo tengo que permitir que ocurra el milagro: ser amado. Es una gracia la que hace posible el seguimiento una vez he vivido en mi carne la herida de la derrota y la soledad que lacera mi ánimo.

Y así he comenzado a disfrutar tranquilo en el reino de Jesús. Es Él, es su obra, soy parte de su rebaño. Soy sólo una oveja más en medio de muchas. Nada especial. Sólo soy yo caminando sobre sus hombros, colgado de su amor que me salva.

Son suyas mis fuerzas y mi pobreza no es sino el recordatorio de la llamada. Me eligió a mí, sin saber caminar. Me llamó a mí, que no sé hablar. Me buscó a mí, conociendo mi torpeza y debilidad.

Sabía cómo era el color de mi alma. Conocía a la perfección todas mis pasiones. Y me eligió a mí pudiendo no haberlo hecho. Esa certeza es la que tiene que mover siempre mis pasos.

¿Qué tengo que dejar para poder caminar a su lado? ¿Qué tengo que dejar de hacer para que Él haga en mí todas las cosas nuevas? Ser más sumiso a su querer. Cuidar esa intimidad con Él en el silencio. Y dejar de lado mi orgullo y todo lo que me impide ser más generoso en mi entrega. 

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