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¿Tantos desafíos te están agobiando? Piensa en tus sueños

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/02/20

No puedo curar todas las heridas, pero sí puedo aguardar a la puerta del dolor con respetuoso silencio o dar el abrazo que tanto he necesitado yo

El mundo, la vida, lo que sucede, todo me desafía. Hoy escucho con frecuencia esta pregunta: ¿Cuáles son mis desafíos? La escucho, me la hago. Me quedo pensando en silencio.

Tiendo a acomodarme, a no pensar mucho para no tener que exigirme demasiado. Pero la pregunta resuena con fuerza desplegada en otras preguntas parecidas:

¿Cómo encuentro a Dios en todo lo que sucede a mi alrededor?
¿Dónde me está hablando en el mundo, en mi familia, en mi entorno? ¿Hacia dónde tengo que seguir mi camino? ¿Qué necesidades veo, qué heridas que hacen sufrir a tantos? ¿Qué me sorprende al ver a todos los que me rodean exigiendo de mí que les dé la vida? ¿Dónde escucho la sutil voz de Dios gritándome en el alma?

Dios me habla, me exige, me desafía. Y yo tiendo a permanecer en silencio, quieto, tranquilo.

PEACE
Photo by Berkeli Alashov on Unsplash

En el mundo de hoy todo supone un gran desafío. Amar bien a quien me ama. Respetar a quien no piensa como yo. Tender puentes en lugar de construir muros que separan.

Mostrar la misericordia de Dios con rostro humano dejando a un lado la condena. Hacer creíble que es posible una fidelidad eterna, cuando Dios tiende su mano sujetando mi debilidad.

Puedo vivir una vida plena, lograda, feliz. Sé que es un desafío. Necesito tomar las elecciones correctas para mi vida. Elegir el camino que me va a hacer más pleno.

Todo parece un desafío inmenso. ¿Cómo envejecer con la persona amada en el matrimonio? Comenta el papa Francisco:

«Necesitamos encontrar las palabras, las motivaciones y los testimonios que nos ayuden a tocar las palabras más intimas de los jóvenes, allí donde son más capaces de generosidad, de compromiso, de amor e incluso de heroísmo, para invitarles a aceptar con entusiasmo y valentía el desafío del matrimonio».

Es el gran desafío de un amor para siempre, de un amor sin fronteras, de un amor que erradica el egoísmo. Me quedo pensando.

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BlueDesign | Shutterstock

¡Cuántos desafíos tiene este mundo que habito! El desafío de la paz en una sociedad llena de violencia. El desafío de la valentía para hablar de la misericordia de Jesús, en un mundo que rechaza a ese Dios que parece tan ausente.

El desafío de la fidelidad, en este mundo en el que las infidelidades son tan cotidianas. El desafío del poder, para no abusar de él con aquellos que no lo tienen.

El desafío del respeto, en esta sociedad en la que cuesta tanto respetar al otro en su verdad, en su originalidad, en sus tiempos, en sus procesos, en sus puntos de vista diferentes.

El desafío de salir al encuentro del herido, en lugar de esperar en mi trinchera a que alguien venga a pedirme ayuda.

El desafío de construir un mundo más armónico, en el que todo esté integrado en Dios. Crear un mundo nuevo sin divisiones, sin separaciones, en el que pueda navegar en la misericordia de Dios.

El desafío de unir lo humano y lo divino, y acercar el rostro del Jesús al hombre que sufre porque está solo, porque está herido. Un mundo que puede ser mejor si aporto mi grano de arena.

Decía Toni Nadal, entrenador de tenis: «Cuando la exigencia al otro sea igual que la propia, seremos una mejor sociedad».

Al otro le exijo más de lo que a mí me exijo. Conmigo tengo más paciencia y me justifico cuando no hago lo que creo que es bueno hacer.

El gran desafío consiste en no exigir a nadie más de lo que a mí me exijo. No sé por qué tengo facilidad para resolver los problemas de los demás mejor que los propios. Como me decía una persona:

«¡Qué pena que no se puedan intercambiar los problemas! Siempre tengo mejores soluciones para los problemas de los demás».

Sueño con una sociedad más justa, más humana, más misericordiosa. Con una Iglesia que salga al encuentro del que sufre y lo abrace, curando sus heridas, acompañando su dolor, reflejando la misericordia de Dios que es padre y madre al mismo tiempo.

Sueño con ser más libre, más humilde, más pobre, más alegre, para llevar a los que me rodean un mensaje profundo de esperanza.

Siento que los desafíos me superan. Desbordan mis límites tan marcados y me hacen sentir pequeño, impotente.

No puedo hacer frente a tantos desafíos, pero sí puedo aportar mi semilla, con sencillez, sin pretensiones. Puedo dar lo que tengo, lo que he vivido.

Puedo entregar al Dios que me ha amado con locura y me ha rescatado de mi soledad. Puedo dar el abrazo de esperanza que yo mismo he necesitado.

No puedo curar todas las heridas, pero sí puedo aguardar a la puerta del dolor con respetuoso silencio. No quiero solucionar los problemas de los demás, cuando para los míos no hallo respuesta.

Prefiero callar antes que hablar en exceso. Aguardar antes que imponer mi verdad como un absoluto. Opto por escuchar la voz de Dios en mi alma que me sigue impulsando a abandonar mis comodidades y salir al encuentro del hombre hoy.

No poseo todas las respuestas, no lo pretendo. Ni creo que el carisma que me enamora sea la única salida. Me abro a otras formas de ver la vida y uno mis fuerzas a las de otros.

No quiero ser un solitario en busca de soluciones. Me dejo complementar y complemento. Hablo y callo cuando tengo que hacerlo.

Aprendo cada día de aquel que Dios pone en mi vida. Me gustan los desafíos que acaban sacando lo mejor de mi alma.


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