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Así me llamó Jesús

KOBIETA, EKOLOGIA

Jordan Sanchez/Unsplash | CC0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/02/20

Me presentó una ruta que parecía imposible y un horizonte nuevo y aunque hoy sigo dudando, su voz es lo más verdadero que tengo...

La llamada a seguir a Jesús es radical. Penetra el alma. Cautiva, enamora. Es una palabra dicha en el silencio. Un fuego que ilumina la noche. Una brisa suave en medio de la tormenta. Es un de repente que conmociona mi espíritu y me saca de mi inmovilidad.

¿Cuándo llegó a instalarse en mi tienda ese Jesús al que sigo? ¿Cuándo y cómo se decidió a tirarme del caballo para caminar conmigo? Me quedo en silencio, pensando.

Todo sucedió de repente. Fue un accidente, un grito en mi silencio, una voz callada que no lograba descifrar en mi torpeza. Me resistí, dudé, no confiaba en la promesa que se iba asentando en mi alma.

Fue su amor un abrazo que cambió mi vida para siempre, por la espalda. Me presentó una ruta que parecía imposible y un horizonte nuevo quedó abierto ante mis ojos.

Fue una barca y fueron unos pies caminando sobre el agua. Yo tenía el miedo grabado en mis entrañas y no me atrevía a dar el paso.

Era el miedo a lo nuevo, a lo desconocido. El desconcierto al ver que no era posible contener entre los dedos todo un océano que se me ofrecía.

Una invitación a recorrer bosques desconocidos entre árboles milenarios. Una llamada a no volver a estar nunca solo siendo sólo para Él.

La soledad siempre hiere y asusta. Me quedo callado ante una misión que enciende el corazón joven que sueña con tocar las cumbres más altas. Con beber el agua más cristalina y hollar las arenas más vírgenes.

Guardo en mi interior esa llamada de Jesús, cuando todo a mi alrededor parece estar en calma y seguro. Acojo su invitación a soltar amarras, a creer en lo que pocos creen en este mundo falto de creencias. Cuando la fe deja de ser algo concreto, asible, atractivo, fascinante.

Escucho esa petición profunda que se concreta lentamente en el alma. ¿Será verdad lo que Dios me pide a mí que no sé hablar su lenguaje?

Escribo lentamente en un papel en blanco palabras que me encienden, me llevan a mares ignotos y a cielos nunca explorados.

Y siento en lo profundo de mi alma un deseo inmenso de dar la vida en lugar de vivir buscándome. Abrazo a Jesús lleno de alegría y paso a vivir buscándolo.

¿Dónde estarán sus huellas para poder seguirlas?

Me adentro en la selva de mis sentimientos. Una marejada de emociones nueva. Quisiera abrazar el sí primero. Ese que pronuncié un día siendo joven y que he repetido tantas veces.

Ahora mismo lo pronuncio de nuevo en medio de la noche, en medio del mediodía de mi vida. Más viejo. Todo más nuevo. El alma más herida porque el tiempo siempre deja su huella en las arrugas de mis entrañas.

El miedo es hondo de nuevo y a la vez brota en mi interior una confianza que Él me da, para que no tema. Y siento suave su caricia al caminar despacio.

Vuelvo a decirle que sí a Aquel que pasó ante mi barca invitándome a cambiarlo todo, a pescar siempre a su lado, nunca más solo.

No dejo de tener dudas: ¿Y si no es verdadero ese grito de mi recuerdo, ese grito que hoy vuelvo a escuchar?

«Venid y seguidme».

Lo vuelvo a escuchar nítidamente en mi alma, en mis oídos. Y me pregunto:

«¿A quién temeré?».

Se alegra mi alma al escuchar su voz. Con la sencillez de un niño me abrazo a los pies del maestro. La vida no es un juego, me repito, después de haber acompañado el dolor, enjugado tantas lágrimas, sanado muchas heridas, calmado dolores.

La vida que me ofrece Él tiene una luz que todo lo penetra y despierta claridades. Desaparece así la oscuridad del alma. Siembra con su bendita mano esperanza en mi seno.

Y sonrío feliz ante un camino largo. Le digo que sí mientras lo dejo todo. Las redes caídas, mis sueños de niño, mis heroicidades de entonces, mis debilidades que me lastran.

Lo dejo todo y le entrego mi vida al mismo tiempo. Me vuelve a llamar ahora más viejo, más dentro. Es más verdadera su voz que nada de lo que tengo.

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