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¿Hacerlo todo bien? ¡Imposible! Sencillamente haz el bien

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/01/20

Cuántos miedos... Jesús no pretende que no te equivoques nunca, borra de tu alma esos imperativos de perfección que alguien grabó en tus entrañas

Miro mis dolencias, miro la enfermedad de mi alma que no me permite vivir en libertad, sin miedo. Jesús viene a liberarme.

Jesús pasó haciendo el bien, dando paz a los atormentados. Yo vivo pensando que tengo que hacerlo todo bien. No hacer el bien, sino todo bien. Y eso es imposible.

Una y otra vez lo intento y mi deseo de hacer el bien fracasa. Me equivoco, o mis pasos no logran el bien que busco.

Tengo miedo. Un miedo profundo a equivocarme, a fallar, a desilusionar. Un miedo que se atraganta en mis entrañas. Un miedo de niño abandonado que no escucha los pasos de su padre volviendo a casa para abrazarlo.

Un miedo de hombre solitario que ha sentido el rechazo en su vulnerabilidad. El miedo a perder la alegría de forma permanente.

El miedo a no notar su presencia, su abrazo, su paz. El miedo a vivir sin seguros, sin la confianza de su cercanía, sin la certeza de su amor.

Me detengo conmovido ante ese Jesús que quiere que viva en libertad, con paz profunda, con alegría. Lo miro enseñándole en mis manos heridas todos mis miedos.

Mi miedo a perder el camino, a cometer errores. Mi miedo a darme por entero y equivocarme. El miedo al juicio cuando me expongo. El miedo a desilusionar a los que han creído en mí, en mis palabras. El miedo a perder la fe o a creer sin obras.

El miedo a no estar a la altura de mis propias exigencias. El miedo a naufragar en los mares del mundo. El miedo a no saber cuál es el siguiente paso.

El miedo a la duda, a las preguntas sin respuestas. El miedo a un futuro incierto. El miedo a la soledad que lacera mi alma. El miedo a una vida sin frutos, sin alegrías.

El miedo al dolor en forma de pérdida, ausencia, enfermedad, desgracia. Ese futuro que no controlo. El miedo a traspasar líneas que yo mismo u otros han dibujado para limitar mis pasos.

El miedo a fallar, a no cumplir y no estar a la altura. El miedo a sufrir y no encontrar el sentido a tanto sufrimiento. El miedo enferma, aísla, bloquea, detiene mis pasos y mis luchas.

Me da tanto miedo no ser fiel a su llamada y huir de Él cuando todo se ponga peligroso, y amenacen con quitarme la vida… Ese miedo de los discípulos enamorados y temerosos.

Jesús recorre mi alma para liberarme de mis enfermedades y dolencias quitándome el miedo. Yo soy uno de esos que se detienen junto a Él esperando esa mano que me libere de mis ansias.

¿Qué puede salir mal si todo está en sus manos? Leía el otro día:

«El Diablo ha aportado como prueba de que Dios no es amor la existencia del sufrimiento. Así que si hoy eres esclavo del Diablo es por el miedo que tienes. (…) El arma del Enemigo es el miedo, el miedo a la muerte«.

No quiero ser esclavo de mis miedos. Se los entrego a Él. Él sabe lo que puede hacer conmigo. Puede sanarme y liberarme. Puede hacer que me perdone en mis caídas. Y me levante en medio de mis miedos. Sólo quiere que confíe. Me dan fuerza las palabras de santa Teresita:

«Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a ese fuego divino: ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su Padre. El que es pequeñito, que venga a mí, dice el Espíritu Santo por boca de Salomón y este mismo Espíritu de Amor dice también que ‘la misericordia es concedida a los pequeños’».

La misericordia de Dios conmigo. Tanto hablo de esa misericordia y tanto me cuesta confiar en su amor infinito que lo perdona todo.

Si creyera de verdad no me costaría nada perdonarme las caídas. No sé por qué tengo dudas. ¿Será tan misericordioso como me han dicho?

Necesito su mirada sobre mí diciéndome que soy su hijo precioso, el más amado. Aquel por el que ya ha dado Él la vida. Yo no tengo que hacer mucho más. Simplemente sujetarme en sus brazos, descansar como una oveja sobre sus hombros. Y sonreír.

No puedo cambiar las páginas pasadas. Ni borrar las manchas de mi historia. No puedo eliminar los pecados cometidos. Sólo puedo notar el abrazo de Dios misericordia. Su sonrisa diciéndome que me necesita, que me ama con locura, que soy su hijo predilecto.

¿Por qué no me lo creo? Vuelvo a escuchar las palabras duras de mi propio juicio.

Hoy miro a Jesús con miedo y con paz al mismo tiempo. Él me ama y me lo dice al oído. Vuelvo a confiar. Vuelvo a nacer en sus brazos.

La esperanza brota dentro de mí. Como un pequeño riachuelo que apenas lleva agua. Es posible confiar de nuevo después del dolor y las caídas.

Jesús sólo quiere que pase haciendo el bien y no pretende que no me equivoque nunca. Borro de mi alma esos imperativos de perfección, que alguien de niño grabó en mis entrañas.

Le pido a Jesús que con su abrazo lo borre todo. Y siembre una confianza divina en lo más hondo. Estoy en sus manos. ¿Qué puedo temer? Nada. Él conduce mi barca en medio de las tormentas. Él cree en mí.

Miro con paz mi vida. Y creo en todo lo que puede hacer conmigo. Yo soy un sanador herido. Él se alegra al verme sonreír como un niño. Sana mi enfermedad. Me libera del llanto. Siembra en mí su alegría.

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