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Un Drácula más fiel: Las armas de Dios contra el Mal

DRACULA
© BBC
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Llega a Netflix una producción de la BBC que se atreve con la inmortal Drácula. A buen seguro no gustará a todos por igual y seguramente arrastrara polémica (por aquello de las licencias que se toma, no por otra cosa) pero resulta una apuesta interesante repleta de lecturas

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Bram Stoker, autor de la novela Drácula, era protestante aunque estaba casado con una mujer católica. Su interés por la religión y por el catolicismo en general quedó patente en su obra más famosa, por si fuera poco, lejanamente inspirada en el príncipe valaco Vlad Tepes, un ortodoxo convertido al catolicismo. Sin embargo la ficción y las malas interpretaciones del personaje se han encargado de convertirlo en un sanguinario seguidor de Satán cuando esto no es cierto.

La aparición del posmodernismo y la generalizada incredulidad de la sociedad actual han ido apartando los símbolos católicos como las herramientas necesarias para combatir el mal que personifica Drácula. Esto es algo que retoma la nueva serie que se acaba de estrenar en Netflix, Drácula.

Producida por la siempre prestigiosa BBC, Van Helsing es una monja que dice haber perdido la fe pero no termina el primer episodio para recuperarla y darse cuenta de que para luchar contra el Mal es necesario el Bien absoluto.

A partir de este momento los símbolos religiosos se multiplican y sus implicaciones y su significado sobre la serie también. Dios y su ejército (atención a las monjas armadas con estacas haciéndole frente a Drácula) son los únicos que pueden plantarle cara a Drácula porque el vampiro es simple y llanamente malo.

Afortunadamente en esta nueva aproximación al personaje creado por Stoker ya no es un Don Juan de ultratumba que ha atravesado océanos de tiempo para conseguir a su amada, aquí Drácula es el mal.

Además esta propuesta, sin dejar de tener un elemento mucho menos sexual sí sugiere algo de sensualidad, pero a muy baja intensidad. Hay que estar atento, como en la novela de Stoker. Aquí se nota al menos que sus responsables se han leído la novela d Stoker no cómo otros.

La serie, obra de los mismos responsables de la excelente Sherlock, Mark Gattis y Steven Moffat, está estructurada de forma similar. Una temporada, tres episodios de 90 minutos cada uno. Ni uno más. Hay tiempo más que suficiente para contar una historia con todos sus detalles y este Drácula funciona en tres grandes segmentos.

El primero es el más reconocible para el conocedor de la obra de Stoker ya que reproduce uno de los pasajes más populares del libro, la llegada de Jonathan Harker al castillo de Drácula y su posterior cautiverio.

El segundo segmento hinca sus dientes en uno de los momentos menos retratados en el cine y la televisión, la travesía que lleva en barco a Drácula de Rumania a Inglaterra. Aquí la serie se transforme en algo parecido a una historia de detectives con un final sorpresa.

Y el tercer segmento es sin duda el más diferente, no tanto por su contenido como por su forma, pero lo dejaremos ahí por no arruinarle la sorpresa a nadie.

Repleta de guiños al cine de la Hammer (productora británica que popularizó al personaje de Drácula con Christopher Lee), la serie de Gattis y Moffat no tiene la frescura y el atractivo natural de Sherlock, entre otras cosas porque era una apuesta mucho más difícil. Pero hay que reconocerle el esfuerzo a sus responsables.

Consigue hacer olvidar al Drácula de Gary Oldman (sobre todo a partir de su segundo episodio que es cuando más se aleja de la película de Coppola), mantiene intacta la esencia del personaje ofreciendo un producto lleno de sorpresas y giros de guión que si uno quiere disfrutar, conviene no hacerse demasiadas preguntas.

Por lo demás, y teniendo en cuenta que no deja de ser una serie de terror (con sus sustos y sus momentos sangrientos), no es por tanto una propuesta para toda la familia. Eso sí, es una serie muy entretenida, gustará a los quieran escarbar un poco en la penumbra de lo siniestro y en la eficacia de las armas de Dios y de paso a todos los amantes de la novela de Stoker para comprobar cómo Gattis y Moffat juguetean con el material original alejándose progresivamente de su forma pero no de su contenido.

Interesante propuesta.

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