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La búsqueda de la felicidad no funciona, pero esto sí

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Evgeny Bakharev | Shutterstock
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¿Qué tienes que hacer para ser feliz de verdad?

Cada nuevo año, todo el mundo decide honestamente intentar ser feliz y declara que ese será el año en el que la búsqueda de felicidad por fin dará fruto. O eso creemos.

Toda la terapia de compras que intentamos el año anterior no funcionó. La inscripción en el gimnasio tampoco sirvió mucho. Viajar está bien, pero no era la respuesta. Comer mejor comida es un placer, pero no el secreto de la dicha eterna. La nueva casa ha sido toda una mejoría, sin duda, pero ahora ya no la valoramos tanto y, en cualquier caso, hay otras casas en la manzana que nos parecen más bonitas.

El nuevo puesto de trabajo tiene un mejor salario, pero en definitiva se trata solo de eso, trabajo. Resulta que todos nuestros grandiosos planes para alcanzar la felicidad a través de algunos cambios en nuestro estilo de vida o de alguna nueva adquisición se han quedado cortos. La búsqueda de la felicidad debe continuar. 

Ahora bien, no estoy diciendo que sea inútil hacer ejercicio o comer sano. La vida está para vivirla lo mejor que podamos. Lo que quiero decir es que si hacemos estas cosas solamente porque pensamos que nos traerán una felicidad que hasta el momento nos ha esquivado y si estamos convencidos de que al hacer una cosa en particular estaremos de inmediato rebosantes de alegría, nuestro destino es la decepción. 

La búsqueda de la felicidad está entristeciéndonos. Se ha convertido en un becerro de oro, un ídolo que codiciamos como objetivo y propósito de nuestras vidas. Escucha atentamente la forma en que las personas describen la felicidad, la manera en que se retrata en la televisión y en el cine… Hablamos de la felicidad como si la mereciéramos o como si su ausencia significara que algo está yendo horriblemente mal y debamos hacer cambios personales drásticos para poder adquirirla.

¿Ves lo que ha sucedido? La felicidad se ha convertido en una mercancía, un objeto que ansiamos egoístamente. La forma en que hemos llegado a pensar sobre la felicidad es como si se tratara de un producto con una etiqueta de precio.

Si pagas el precio, por ejemplo, yendo al gimnasio y poniéndote en forma, la expectativa es que el coste merezca la pena. Si paso por caja pagando con el trabajo del gimnasio, espero que mi cuerpo sano y bien formado me conceda el deseo de la felicidad, pero nunca llega a hacerlo del todo.

Hay otros ejemplos que son incluso más desalentadores. Hay gente que alude a la búsqueda de la felicidad personal para justificar las decisiones más egoístas y actuar con una irresponsabilidad egocéntrica. Con estas elecciones siempre sale el tiro por la culata y quedamos más insatisfechos que antes.

Hay una razón psicológica que explica que la búsqueda de la felicidad siempre se quede corta. Los estudios muestran que cuanto más valoras la felicidad, menos feliz eres. Es una paradoja, es decir, si te centras en un ideal de felicidad, cuando estés feliz de verdad terminarás decepcionado porque no estarás tan feliz como creías que estarías.

Nos convencemos tanto sobre cómo es la felicidad imaginaria que no sabemos identificarla cuando estamos verdaderamente felices. Es un proceso contraproducente.

De modo que, ¿cómo podemos ser felices?

Primero, no podemos esperar que una resolución de Año Nuevo, una gran compra o un cambio vital drástico nos traiga automáticamente la felicidad. Quizás se trate de cambios que queremos y necesitamos hacer en nuestra vida, pero deberíamos hacerlos por su propio bien intrínseco y no debido a un aparente beneficio de felicidad futura. La manera de romper la paradoja, el secreto para ser feliz es, en realidad, bastante simple: dejar de obsesionarse con ello.

San Agustín, un hombre que buscó desesperadamente la felicidad (y fracasó) durante la primera mitad de su vida, finalmente renunció a perseguir a las mujeres, el deseo de la fama y el éxito profesional para dedicarse a reflexionar seriamente sobre dónde había errado en su búsqueda de la felicidad. Y entonces se percató de que sus motivaciones eran dañinas. Eran una forma de amor desubicado. Si nos obsesionamos con la felicidad personal, tenderemos a amar solamente aquello que creemos que nos beneficiará y, de este modo, el amor se corrompe y termina volviéndose muy egocéntrico.

El propósito de nuestra existencia es dar y recibir amor real, encontrar nuestra felicidad olvidándonos de nosotros mismos y abriendo nuestro corazón a los demás. Así es el amor ordenado apropiadamente. Sabiendo esto, se vuelve obvio que una obsesión por la felicidad personal fracasará inevitablemente. El amor propio allana el camino hacia la infelicidad.

Aquí tienes una resolución de Año Nuevo digna de hacer: no te preocupes por la búsqueda de la felicidad. Olvidarnos de nosotros mismos, amar a las personas de nuestro entorno, disfrutar de su felicidad y cultivar la gratitud por cada día nos pone en un camino diferente. Este camino no promete la felicidad personal al final del arcoíris; no, es mucho mejor, este camino es la felicidad realmente.

Si entregas tu amor, si buscas hacer feliz primero a otras personas, cuando vuelvas la vista sobre tu vida descubrirás que, todo ese tiempo, has sido muy pero que muy feliz.

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