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Apura la Navidad: Haz lo que tu alma quiera

KOBIETA
Lee Luis/Unsplash | CC0
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La vida son dos días para pasarlos queriendo hacer siempre lo políticamente correcto

Dice el Evangelio de San Juan:

«En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria».

No impone Jesús al nacer todo su poder. No exige la fidelidad o el seguimiento. Tal vez la fidelidad no se puede exigir nunca. Es un don que se recibe.

Igual que el amor tampoco se puede pretender. O soy amado o no lo soy, pero no puedo exigirlo. Y cuanto más lo exijo, menos soy amado.

El amor, la acogida en el alma, la misericordia, el perdón, la fidelidad, son dones de Dios en mí. Él los hace posibles.

Yo solo no puedo. Construyo más fácilmente la desunión. Es más fácil separar que unir. Más fácil contagiar el pesimismo que la esperanza. Teñir mi entorno de desesperanza antes que de la luz de un mundo nuevo. Más fácil hablar mal de alguien que bien.

Tal vez porque me he especializado en ser un carroñero que busca la porquería que le rodea para regodearse en ella. Me da miedo perder la luz de la Navidad viviendo en la oscuridad:

«Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió».

Puedo cerrarme a la luz. Vivir oculto en mi cueva. Protegido en mis miedos. Escudado en mis prejuicios. Los suyos no lo reconocieron. No lo vieron. No supieron que era Dios.

Los suyos, los que lo esperaban, los que aguardaban la llegada del Mesías. Los suyos, los que compartían sus mismos miedos y debilidades. Los suyos, yo mismo. No lo reconozco oculto en medio de mi vida. No lo veo.

Tal vez espero a alguien distinto. O miro lo que me preocupa, lo que me asusta. Pero no distingo su luz que siembra claridades. No acojo al niño que cambia mi comodidad, mi paz. Leía el otro día:

«La humildad también te permite acoger consejos, reproches, acepto algo de los demás. Con Dios, cuanto más reconocemos que dependemos de su bondad, más nos abrimos a recibir su gracia».

Hace falta mucha humildad para acoger críticas, juicios, consejos. Cuesta integrar en mi propia vida al que es diferente, al que no piensa como yo.

Hace falta tener un corazón muy grande para recibir al nuevo, para esperarlo sin cerrar la puerta a su paso. El que llega puede alterar mi comodidad, mis ritmos, mis seguridades.

Así sucede con Jesús en mi vida. Puedo aceptarlo y exponerme al cambio. O puedo dejar que pase de largo. O pasar yo de largo.

La Navidad no se impone. Es sólo una oportunidad que me da Dios para vivir al que se hace carne en mi vida, en mi familia, en mi trabajo, en mi ambiente. Dios oculto.

Sólo la fe desvela sus pasos, sus palabras, sus deseos. La fe profunda. Sólo mi fe es la que me salva. Y yo sólo puedo llevar esperanza a otros corazones si estoy lleno de ese Dios al que anuncio.

Quiero encontrarme con Él. Tocar sus pasos. Escuchar su voz. Quiero abrazarlo en medio de la noche cuando no veo nada a mi alrededor.

¿De qué tengo miedo? Me sujeto a su piel de niño. Me abrazo en su pesebre sagrado. Allí quiero comer yo para no tener hambre. Beber en él para no tener sed.

Me conmueven los ojos de Jesús. Tan humanos como los míos. Quisiera yo mirar como Él. Desde lo más profundo del corazón. Mirar con verdad, con amor, con humildad. Mirar sin juzgar.

No quiero perder yo esa mirada humana que me ha dado Jesús. La mirada humana sobre la vida, sobre mi vida.

Me debato continuamente entre lo que debo hacer y lo que quiero hacer de verdad. Entre lo que procede y lo que no es necesario. Entre lo fundamental y lo accesorio.

Una mirada humana, una mirada de Dios. Una única mirada que lo integra todo.

Yo separo tanto las cosas. Lo que se ha de hacer y luego lo que hago. Aquello que hago sólo como un deber, como una carga y aquello que hago poniendo todo el corazón.

Me doy cuenta, de vez en cuando aprieto los dientes y hago lo que corresponde, lo que todo el mundo espera. Lo que algunos desean. Para quedar bien, para no quedar mal.

¿Y si de repente decido hacer lo que quiero hacer? ¿Y si veo que es eso lo que Dios quiere? Las apariencias no importan, aunque me fije en ellas. Importa el corazón.

Y yo no quiero vivir con los labios rígidos, con los dientes apretados. No quiero vivir sujetando con fuerza la vida para que no se me desboque.

Quiero ser muy humano sin dejar de ser de Dios. Quiero vivir de su mano, en su piel de niño, en su cuerpo humano. Quiero hacer lo que Él desea de mí. Pero con el alma ensanchada, llena de luz y esperanza, sin apretar los dientes.

Al fin y al cabo, la vida son dos días para pasarlos queriendo hacer siempre lo políticamente correcto. No importa tanto la crítica del que no acepta mi forma de mirar. No cuesta tanto ni es tan doloroso ser criticado. No importa, haga lo que haga algo dirán de mí.

Entonces mejor hacer lo que el alma quiere. No siempre lo que debe. Y elegir lo humano, lo más sano, lo que integre más a Dios en mi vida, en mis gestos, en mi entrega.

Pero buscando su querer, mirando a los ojos de este Niño Dios en Navidad. Ahí descansan mis sueños y reposan mis esperanzas.

Recojo su mirada entre mis dedos. Lo abrazo para que se encienda en mi interior la misma luz que el Niño posee. Su luz que acaba con mis miedos, con mis sombras. El alma se relaja. Y dejo que el sol muera entre mis dedos. Otro día más. Otra noche.

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