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Santa Isabel de la Trinidad: La joven mística heredera de Santa Teresa

ST ELISABETH OF THE TRINITY

Willuconquer | CC BY SA 3.0

Sandra Ferrer - publicado el 26/12/19 - actualizado el 07/06/20

Repasamos la vida y la obra de una de las monjas carmelitas más importantes de la mística contemporánea.

Isabel Catez Roland nació el 10 de julio de 1880 en el campo militar de Avor, cerca de la localidad francesa de Bourges. La familia Catez vivía en aquel entorno castrense puesto que su padre, Francois Joseph Catez, era un oficial del ejército de Francia. Francois, así como su esposa, Marie Roland, transmitieron a sus hijas la fe en la que ellos mismos habían crecido. Maria era una fiel devota de Santa Teresa, cuya obra leía habitualmente. Dos años después del nacimiento de Isabel, llegó al mundo Margarita, quien se convertiría en su compañera de juegos infantiles.

Poco después, la familia Catez se trasladó en varias ocasiones hasta instalarse definitivamente en Dijon. Aquella fue una época triste para ellos. Primero fue la pérdida del abuelo materno. Ocho meses después, cuando aún no se habían repuesto de la pérdida, Francois fallecía inesperadamente. Tras la muerte prematura de su esposo, Marie se volcó de lleno en sus dos hijas para que crecieran en un hogar piadosos, alegre y confortable.

Marie consiguió canalizar toda la energía que emanaba de Isabel en las teclas del piano. Cuando apenas le llegaban los pies a los pedales, Isabel se convirtió en una pequeña virtuosa que recibió la admiración de todos aquellos que tuvieron la suerte de escucharla y llegó a ganar un premio del Conservatorio de Dijon. Pero pronto dejaría de lado su talento musical para centrarse en la preparación de su primera Comunión.

El 19 de abril de 1891, la parroquia de San Miguel de Dijon se convirtió en el escenario de la celebración que cambiaría a Isabel para siempre. Tras recibir la primera Comunión, Isabel dejó de ser la niña inquieta que tanto había preocupado a su madre para convertirse en una persona tranquila, pausada y reflexiva que empezó a plantearse seriamente convertirse en monja. De hecho, hacía tiempo que soñaba con aquella posibilidad. Una amiga de la infancia recordaría años después que Isabel gustaba de jugar a ser una pequeña religiosa y con apenas siete años ya repetía “¡Debo ser monja! ¡Seré monja!”

He encontrado mi vocación; ya que seré un elogio de gloria por toda la eternidad, ¡quiero ser un elogio de la gloria ya aquí abajo!

Sus años de juventud los pasó feliz junto a su madre y su hermana, acudiendo a bailes para acompañar a Margarita, y viajando juntas por Europa. Estando ya recluida en el Carmelo, recordaba que la “naturaleza nos lleva al Dios bueno. Solía amar las montañas, que me hablaban de Él”

Pero Isabel era aún muy pequeña y su madre, sin oponerse a los deseos de su hija, exigió que primero terminara sus estudios y madurara con tranquilidad su decisión. Decisión que no olvidó en ningún momento durante su juventud. La propia Isabel recordaba que con catorce años, “durante mi acción de gracias después de la Sagrada Comunión, me sentí irresistiblemente exhortada a elegirlo a Él, y me uní a Él por un voto de virginidad. […] Entonces escuché la palabra Carmelo pronunciada en el fondo de mi alma y desde entonces mi único deseo fue esconderme tras sus rejas.”

He encontrado el paraíso en la tierra, pues el paraíso es Dios, y Dios está en mi alma.

Su deseo se cumplió el 2 de agosto de 1901, en la fiesta de la Inmaculada Concepción, cuando Isabel Catez se convirtió en sor Isabel de la Trinidad. El convento de las carmelitas de Dijon, que había observado durante años en su infancia, se convertiría desde entonces en su hogar.

La vida de Isabel como religiosa fue breve, pero intensa. Dedicada a la oración, escribió cartas y pensamientos místicos que le valieron las alabanzas de todo aquel que se acercó a su piedad. El obispo de Agen la definió como “una persona con un carácter franco y alegre; era muy inteligente. […] Tenía sed de abnegación y sacrificio, y poseía, en el más alto sentido de la palabra, el arte de hacerse amar”.

Esta debe ser la disposición de toda mi alma cuando entro en los patios interiores para contemplar a Dios y contactar con Él. Mi alma se desvanece, en un desmayo divino, ante ese amor todopoderoso, esa infinita majestad que habita en su interior.

Isabel se inspiró en varios santos como San Pablo y místicos como Santa Teresa: “Estoy leyendo su obra, Camino de perfección, y estoy encantada con este libro, que me está haciendo mucho bien”.

Tras una larga y dolorosa enfermedad, Isabel de la Trinidad falleció el 9 de noviembre de 1906. Tenía apenas veintiséis años de edad, pero asumió su destino con entereza. Poco antes de morir, se despidió de todos sus seres queridos: “Todo me recuerda que voy al cielo. Si supieras con qué alegría serena espero ver a Dios cara a cara”.

Pocos años después de su muerte se publicó una biografía sobre ella que tuvo tanto éxito que se hicieron varias ediciones y traducciones a distintos idiomas. Pero no fue hasta muchas décadas después, en 1984, que salieron a la luz sus obras completas bajo el título He encontrado a Dios, un libro que situaba a la futura santa entre las místicas más importantes de nuestro tiempo. Ese mismo año, era beatificada por el papa Juan Pablo II. En octubre de 2016, el papa Francisco procedía a su canonización.

Su oración “Oh Dios mío, Trinidad que yo adoro” se reza aún en todo el mundo:

Oh Dios mío, Trinidad que yo adoro, ayúdame a olvidarme completamente de mí misma, para poder llegar a ti, inmóvil y apacible, como si mi alma hubiera alcanzado en la eternidad; no permitas que nada turbe mi paz, ni que nada me haga salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio.

Pacifica mi alma. haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo.

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