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El vendedor en el portal

BEDUIN
Shutterstock | givaga
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El vendedor más grande del mundo (1968) es una obra breve y de deliciosa lectura

Ningún mapa es capaz de desplazar a su dueño ni un centímetro. El plano puede orientar, pero lo que nos mueve es de naturaleza distinta. Og Mandino (1923-1996) se propone movilizar enteramente a sus lectores y acierta al señalar cómo puede hacerse. Es más, leemos que «es en realidad una tarea sencilla siempre que uno esté dispuesto a pagar el precio».

El vendedor más grande del mundo (1968) es una obra breve y de deliciosa lectura. Narra la historia de Hafid, el gran Hafid, el vendedor más grande del mundo, quien en sus últimos días rememora el camino que le ha llevado a ser un hombre inmensamente rico.

Hafid fue camellero al servicio de Pathros. Pathros era entonces un hombre inmensamente rico, el vendedor más grande del mundo. Un día Hafid reúne valor suficiente para pedirle a Pathros que le enseñe: no quiere seguir siendo camellero, quiere ascender, quiere ser vendedor, quiere ser rico.

El diálogo entre Pathros y Hafid es muy sugerente. El vendedor más grande del mundo es también un hombre sabio: «No, hijo mío, no aspires a las riquezas y no trabajes sólo para enriquecerte. Esfuérzate por alcanzar la felicidad, por ser amado y amar, y lo que es de más importancia, procura con ahínco alcanzar la paz mental y la serenidad». La conversación es enriquecedora porque contribuye a que Hafid descubra lo que, en realidad, quiere. Hafid se ha enamorado de Lisha, hija de un hombre muy rico. Hafid y Pathros comprenden entonces que a Hafid no le mueve la ambición de riquezas sino el amor. Y eso es muy distinto. Ahora sí, dice Pathros, ahora «mi joven soldado, te ayudaré para que comiences tu carrera de vendedor».

Le entrega un manto valioso. Ha de encaminarse a una población cercana y permanecer allí hasta que logre venderlo. Entonces tendrá que volver y contarle a Pathros todas sus dificultades, sus fracasos, sus desánimos. Su experiencia, en suma. Es el primer paso en este nuevo camino que ha emprendido.

Se trata de un pueblo de mala muerte, con gente pobre que no está interesada. A veces ni le abren la puerta, ni le escuchan. Y así pasan los días. Una noche fría, después de cenar en la posada, ve que en el lugar donde ha dejado su burro hay gente. Teme que le roben. Acude rápido. No son ladrones. Son una pareja con un recién nacido. Imagine el lector la escena: «Para proteger del frío al bebé que dormía, los mantos de la mujer y del hombre cubrían el cuerpecito […] Ninguno habló. Luego un estremecimiento sacudió a la mujer, y Hafid vio que sus delgadas ropas le ofrecían escasa protección contra la humedad de la cueva».

Cabe plantearse qué necesidad hay de que el niño pase frío, de que la madre tirite. Quizá ocurre que el desvalimiento de los niños invita a la generosidad de los padres, de todos los padres, que dan abrigo a sus hijos. Paralelamente, que la madre tirite pone a Hafid en la tesitura de elegir: no puede vender su manto pero puede regalarlo. Su generosidad sería colosal porque supondría fracasar como vendedor.

En cualquier caso, igual que el niño desvalido requiere una decisión de los padres, la mujer que tirita pone a Hafid ante una elección. Difícil: hay mucho en juego. Finalmente, actúa y su acción le vale «el cálido beso de la joven madre». Y una estrella, una estrella resplandeciente, empezó a brillar para guiar su camino.

El relato es muy hermoso, pero Hafid ha arruinado su futuro. No será ya vendedor. No podrá aspirar a su amada. De noche, con frío, con el fracaso en el semblante, abandona la aldea de Belén. Seguirá conduciendo camellos de por vida.

Llega derrotado ante su protector pero Pathros es sabio y ve la grandeza, reconoce las señales que convierten a Hafid en su digno sucesor. Le cuenta su historia y le hace entrega de diez manuscritos que contienen el secreto de su éxito: «El primero contenía el secreto de la sabiduría. Los otros contenían todos los secretos y principios necesarios para alcanzar un gran éxito en el arte de vender».

Hafid recibe los pergaminos, el mandato de compartir la mitad de sus ganancias con quienes son menos afortunados que él y el encargo de guardar los pergaminos hasta que se presente la persona a la que están destinados.

El contenido de cada pergamino ocupa un breve capítulo cuya atenta lectura es siempre enriquecedora. No elude las dificultades del comercio y de la vida, personales y familiares («Sólo el gusano está libre de la preocupación de tropezar. Y yo no soy gusano») sino que insiste en la actitud con la que hay que afrontarlas para alcanzar el éxito.

La historia sigue. El bebé aquel crecerá y se hará famoso. Y contará historias como la de un señor que se fue lejos y dejó a sus súbditos con distintos talentos, que son monedas, pero un mismo encargo: “negociad con esto mientras yo vuelvo”, aunque tarde en volver toda vuestra vida: no sabéis ni el día ni la hora… Y, también es verdad, expulsará a los mercaderes del templo pero quizá porque habían convertido lo sagrado en una cueva de ladrones.

Porque la vida puede vivirse como un negocio, como algo propio de un mercader, pero en los negocios y en la vida no todo vale. ¿Cómo ha de vivirse la vida concebida como negocio, qué temple ha de tener el comerciante para no vender su alma al diablo? Mandino hace que el muchacho encuentre unas reglas de vida, es decir, de mercado o, para ser precisos, del mercader. Sin perder de vista la experiencia de Belén.

En todo lo que hacemos nos ronda el fracaso y la muerte. Reconocer que nuestra actividad y nuestra vida tienen un propósito y que necesitamos ayuda está también contenido en esos pergaminos. Así, por ejemplo, el buen comerciante ha de rezar pero teniendo esto claro: «Nunca oraré pidiendo las cosas materiales de este mundo. [Cuando rezo] no estoy llamando a un sirviente para que me traiga alimentos. No le estoy ordenando a un fondista o mesonero para que me proporcione habitación. No pediré jamás que se me otorgue oro, o amor, o buena salud, o victorias mezquinas, o la fama, o el éxito o la felicidad. Sólo oraré por directivas y orientaciones, para que se me señale el camino para adquirir estas cosas, y mi oración será contestada siempre».

Algunos consideran esta obra como un simple libro de autoayuda, o de ventas. Y algo de eso hay. Pero es mucho más. Queda pendiente, por ejemplo, el destinatario al que Hafid ha de entregar los pergaminos. Un libro de ventas ordinario crearía la expectación de que el destinatario es el propio lector. Pero este no es un libro de ventas ordinario.

Por eso, el último capítulo narra cuando el anciano Hafid recibe la visita de un antiguo tejedor que ahora quería ser el vendedor más grande del mundo porque tenía el mejor producto del mundo. Y todos sabemos quién es, basta leer su nombre. Y entonces se entiende todo.

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