Aleteia

Tras las huellas de Jesús: La Gruta de la Natividad

Comparte

«Quien quiere entrar en el lugar del nacimiento de Jesús debe inclinarse»

Haga click aquí para abrir el carrusel fotográfico

En la Sagrada Escritura, la primera referencia a Belén – que entonces era llamada también con el nombre de Efratá, que significa «fértil», – se encuentra en el libro del Génesis, en el relato de la muerte y de la sepultura de Raquel, la segunda mujer del patriarca Jacob: Raquel murió y fue sepultada en el camino de Efratá, es decir, de Belén.

Cuando la tierra del pueblo elegido fue distribuida entre las tribus, Belén fue asignada a Judá y se convirtió así en el lugar del nacimiento de David, el pastorcillo, el hijo más pequeño de una familia numerosa, elegido por Dios para ser el segundo rey de Israel. Desde entonces, Belén fue unida a la dinastía davídica y el profeta Miqueas anunció que allí, en ese pequeño pueblo, debía nacer el Mesías: Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel A inicios del siglo I, Belén era un pueblo de no más de un millar de habitantes.

Estaba formada por un pequeño grupo de casas, dispuestas en toda la loma de una colina. Los habitantes vivían de la agricultura y del ganado. Tenía campos de trigo y de cebada en la vasta llanura a los pies de la colina. Quizás deriva de esto el nombre de Beth-Léjem, que en hebreo significa «casa del pan». Además, en los campos vecinos al desierto pacían rebaños de ovejas. In grafica: Belén y los primeros cristianos También los discípulos de Cristo y los primeros cristianos eran, desde el principio, plenamente conscientes de la importancia adquirida por Belén.

Hacia la mitad del siglo II, san Justino, nativo de Palestina, de hacía eco de las memorias que los habitantes del pueblo se transmitían de padre a hijo sobre la gruta en la que había nacido Jesús. Basándose en esta tradición, el emperador Constantino ordenó la construcción de una gran basílica sobre la gruta, que fue consagrada el 31 de mayo del año 339. No ha quedado mucho de la Basílica primitiva. Esta fue saqueada y destruida durante una revuelta de los samaritanos en el año 529.

Cuando, restaurada la paz, Belén fue fortificada, el emperador Justiniano construyó una nueva basílica sobre el mismo lugar que la primera, pero de dimensiones mayores. Es la que permanece hasta hoy, que se salvó de las diversas invasiones durante las cuales se destruyeron los demás lugares de culto del periodo constantiniano o bizantino. En 1347, fue concedida a los franciscanos la custodia de la Gruta y de la Basílica. Hoy siguen presentes allí, aunque los greco-ortodoxos, los sirios y los armenios tienen derechos sobre el lugar santo.

Desde la plaza de la Basílica, el visitante tiene la impresión de encontrarse ante una fortaleza medieval: hay muros y gruesos contrafuertes, con alguna pequeña ventana. Se entra por una pequeña puerta, tan pequeña que obliga a las personas a entrar de una en una y, también así, con dificultad. Hay que inclunarse: «Quien quiere entrar en el lugar del nacimiento de Jesús debe inclinarse». La Basílica – con planta de cruz latina y cinco naves – tiene 54 metros de larga. Las cuatro filas de columnas rosadas le confieren un aspecto armonioso.

En algunos puntos, se pueden admirar los mosaicos que adornaban el pavimento de la iglesia primitiva constantiniana. En las paredes aún se conservan fragmentos de mosaicos que se remontan al periodo de las cruzadas. En el centro de esta gran iglesia, encontramos la Gruta de la Natividad, bajo el presbiterio. Tiene la forma de una capilla de dimensiones reducidas, con un pequeño ábside en el lado oriental. El humo de las velas, encendidas por la piedad durante los siglos, ha ennegrecido las paredes y el techo. Hay un altar y, bajo el mismo, una estrella de plata marca el lugar donde Cristo nació.

El pesebre donde la Virgen colocó al Niño se encuentra en una capilla adyacente. En realidad, es un agujero en la roca, hoy cubierto de mármol, en el pasado cubierto de plata. Enfrente, hay un altar llamado Altar de los Magos, porque tiene un retablo que representa la escena de la Epifanía.

Isaias 52,8-9 ¡Escucha! Tus centinelas levantan la voz, gritan todos juntos de alegría, porque ellos ven con sus propios ojos el regreso del Señor a Sión. ¡Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su Pueblo, él redime a Jerusalén!

Tras las Huellas de Jesús es una video serie sobre los lugares santos por los que pasó Jesucristo. Te contaremos un poquito sobre su historia y las vivencias que Jesús tuvo en cada lugar.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.