Aleteia

Nada malo te va a pasar, descansa en Dios

SPARROW
Shutterstock-altanaka
Comparte

¿Qué miedos o angustias te entristecen este Adviento? ¿La satisfacción de tus deseos te parece ya un sueño innecesario? Créelo: el Señor va a resolver tus problemas

¿Qué miedos atenazan mi alma? ¿Qué me angustia? Dice la Biblia:

«Ven, Señor, a salvarnos. El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; Él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo. Abre el Señor los ojos de los ciegos y alivia al agobiado. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado. A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo. Reina el Señor eternamente. Reina tu Dios, oh Sión, reina por siglos».

Es un Dios cercano que va a nacer para salvar al oprimido y rescatar al preso.

A veces me falta fe, me cuesta creer en ese Dios que va a resolver mis problemas y va a curar mis dolencias. Mis cegueras, mis agobios, las injusticias que sufro, el hambre que padezco, las cadenas que me esclavizan.

¿Será todo como yo espero? No, no será igual. Pero la liberación es real y la salvación se acerca.

¿Cómo será esa sanación de la que me habla? Un Dios que se hace hombre para vivir entre los hombres. Sometido a su fragilidad. Limitado en el tiempo y el espacio. Un hombre humillado por otros hombres. Perseguido, herido, crucificado.

Esos pastores del Belén esperaban ser liberados de sus cargas. Y todos los enfermos que vieron a Jesús caminar por sus calles soñaban con quedar sanados.

Pero no todos fueron liberados. No todos fueron sanados. ¡Cuántos murieron sin ver la luz de la liberación final! Esperaban ser testigos de la victoria. Pero nada sucedió ante sus ojos.

Un pobre niño que venía a salvarlos. Un niño en un pesebre con padres pobres. ¿Cómo se puede vencer el poder del mundo sin armas, sin poder, sin medios?

Parece todo tan absurdo… Una quimera que se lleva el viento. La injusticia no se soluciona. El daño causado no queda sanado. Parece imposible.

¿Por qué me empeño cada Navidad en soñar con lo que no es realista?

Me falta fe. Sí, mucha fe. Vivo anclado en mi carne y apegado a este mundo. He dejado de creer en los imposibles. Y la satisfacción de mis deseos me parece un sueño innecesario.

Me apego al presente, a lo que toco y veo. Eso me basta. ¿Dónde queda mi fe? Me vuelvo desconfiado. Un Dios que no hace milagros. Un Dios que no me rescata de la fosa en la que caigo. Un reino que no es de este mundo. Un Rey que reina y no logro verlo.

Me inquieto. Querría que fueran posibles tantos milagros…

¿Qué me angustia en este Adviento? ¿Qué me quita la paz?

Tengo tanto miedo a la muerte. A la propia. A la de seres queridos.

Me aterra la inseguridad de este mundo en guerra. La inestabilidad del dinero que no alcanza. La angustia por esas personas a las que temo. Aquellos que pueden hacerme daño.

Quisiera tener la fe de los niños para creer en un Dios que puede venir en mi rescate. Me falta fe. Me falta la confianza de la que habla el padre José Kentenich:

«Quien esté profundamente imbuido del poder en blanco, vivirá con toda el alma fundado en esa fe divina en la misión y en la conciencia de ser instrumento. Porque si no estuviese en la base esta fe a modo de gran potencia, sería absurdo dedicar todas las capacidades del cuerpo y del alma, todos los bienes espirituales y materiales, toda la vida, a una obra que no promete recompensas terrenales».

La fe que me pide Jesús es otra. Es la fe en un poder que no veo. Ese poder de un Dios que me ama y quiere utilizarme como su instrumento.

Al sellar la alianza de amor con María en el Santuario le entrego mi confianza. Sello un poder entregándole mi vida, para que haga con ella lo necesario para llegar a muchos. Entonces dejo de angustiarme. Porque mi vida no está en mis manos.

No tengo que preocuparme inquieto de todo lo que hago. Es su obra, la de Dios. Es su reino. Nació entre los hombres para salvar al hombre. Pero a su manera, según sus reglas.

Y entonces el único acto de fe válido es el que permite que me libere de mis aprensiones. Puedo descansar en sus manos de Padre porque nada malo me va a pasar. Todo va a ser para mi bien y el de los míos. ¿Por qué temer?

Descanso en un Dios que salva mi vida de la angustia y me rescata para una vida plena. Me saca de mis cadenas para que sea dócil y me deje llevar donde Él me pida. Esa es la justicia que quiere instaurar. Un reino nuevo con otras categorías.

Esta tierra que piso es temporal. Estoy de paso entre los hombres. Mis días están contados. Y mis dolores y alegrías. Todas en las manos de Dios. Yo confío.

Me vuelvo niño en medio de las noches de este Adviento. Un niño confiado que no teme. Quiero entrar en su corazón para descansar tranquilo.

No quiero temer porque sólo la confianza me rescata de todas las angustias. La confianza es plena. Nada malo puede pasarme porque descanso en su corazón de Padre.

Esa actitud de poder en blanco es la que quiero vivir este Adviento. Me sé amado en lo más profundo por Dios. Ya no temo porque nada malo me va a suceder. Siempre será lo mejor, para mí, para los míos. Confío y sueño y me abrazo a Dios como un niño.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.