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¿Qué pasará con el mundo? Prueba a profetizar tú

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Es posible cuidar el planeta, cambiar, renovarse: vive y grita lo que hay que hacer

Juan es el más grande de los profetas. A él fueron a verlo todos aquellos que recibieron el bautismo en el Jordán. Fueron a ver un hombre sabio, justo, que podía enseñarles una nueva forma de vivir.

¿Para qué sirven los profetas? Son los que anuncian un mundo que aún no se ve. Son los que hablan de una tierra que todavía no poseo. Son los que me dicen qué tengo que cambiar en mi alma para vivir con más plenitud.

Hoy el mundo busca profetas. Personas que se rebelen contra lo establecido y crean que el mundo se puede cambiar. ¿Cuáles son los profetas de hoy?

Hoy tanta gente sale a las calles para pedir que se haga algo por salvar este mundo. Personas que creen en un mundo mejor, donde se salve el medio ambiente. Donde se tomen medidas políticas para mejorar el uso de los recursos naturales.

Es cierto que Dios ha creado este mundo que estoy destruyendo, abusando de la naturaleza. Dios ama la creación porque Él la ha creado.

Y me pide que la cuide, que me haga responsable de todo lo que tengo en mis manos. Comenta Ignacio González Kindelán en un estudio sobre la ecoteología:

«En esta teología de la creación, como también se conoce la ecoteología, el ser humano aparece en un lugar singular. Él no está encima, sino dentro y en el límite de la creación. Él es el último en despuntar, se encuentra en la retaguardia. El mundo no es fruto de su deseo o de su creatividad; no vio su principio. Y como el mundo es anterior a él, no le pertenece a él sino a Dios, su creador. Pero el mundo le es dado como jardín que debe cultivar y cuidar. Por lo tanto, la relación que el ser humano tiene con la creación es fundamentalmente de responsabilidad, una relación ética».

Yo estoy llamado a ser responsable de este mundo en el que vivo. Este mundo que llegará a ser un nuevo mundo en el reino de Dios.

Hay profetas hoy que hablan y quieren un cambio. ¿Y la Iglesia que amo tiene mensajes proféticos?

Los jóvenes tienen la responsabilidad de despertar el corazón del cristiano. Tienen que ser proféticos. Y gritar por un mundo mejor.

El Adviento es un tiempo profético que me habla de un mundo nuevo que he de construir. El mundo y el hombre están llamados a renovarse.

Jesús viene a nacer y trae un mensaje profético. Es necesario cambiar de vida. Necesito adoptar nuevas posturas, nuevas creencias.

Para ello quiero vivir anclado en Dios para saber lo que tengo que decir. El mensaje del profeta puede escandalizar. Porque propone el cambio. Y el cambio duele.

Dejar de hacer lo que estoy haciendo. Adoptar nuevos hábitos más sanos y beneficiosos. Iniciar un camino de conversión. Cambiar actitudes nocivas para mí o para otros. No es fácil el cambio.

Hace falta tener un corazón abierto y flexible. El hombre se resiste al cambio. No lo quiere. Por eso el profeta puede correr la suerte de profeta. Sus denuncias pueden no ser escuchadas. Y corre el riesgo de perder la vida si persiste en ellas.

El caso de Juan Bautista está ahí. No desistió de su lucha y acabaron con su vida. Jesús va a ser ese profeta que busca construir un mundo mejor. Quiere cambiar lo que hay. No se conforma. Y muere en la cruz.

¿Qué hago yo hoy por cambiar el mundo? Estoy llamado a ser profeta. No quiero que se aburguese mi alma. El peligro grande es que me acomode y mimetice con el mundo.

Me hago uno más entre muchos. Adopto los juicios del mundo. No quiero que me rechacen por mi forma de pensar. Decía el padre José Kentenich:

«La misión de profeta trae siempre consigo suerte de profeta».

¿Dónde creo que debo hablar y decir lo que pienso que debe cambiar en mi mundo? ¿Qué tiene que cambiar en el hombre? ¿En qué tiene que cambiar esta Iglesia que amo?

El tiempo de Adviento despierta en mí la vocación de profeta. Mi mensaje quiere inquietar el corazón del hombre que fácilmente se acomoda. No me detengo.

Juan y Jesús vienen a incomodar mi alma algo acomodada y tibia. Quiero asumir mi vocación de profeta para no callar lo que piensa mi corazón. Y decir aquello que Dios siembra en mí. El reino de Dios se hace presente.

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