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Cómo liberarse de una dependencia y por qué caemos en ella

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¿Te has enganchado al juego, el sexo, la droga u otra adicción? Cuando te reconoces frágil, mejor pedir ayuda que huir

No pocas veces ha venido a mí alguien a decirme que en su vida no hallaba ningún pecado. Ya no me sorprende. No creo que haya muchos corazones concebidos sin pecado original. Ojalá los hubiera. Lo que sí falta es introspección.

El hombre hoy ya no mira hacia dentro. Busca fuera calmar su sed. Esa sed que no sabe de dónde le viene. Busca agua sin pensar que en su propio interior hay una fuente que se ha quedado seca. Y sin esa fuente es difícil encontrar paz y alegría.

El hombre ya no se pregunta lo que hace mal. Casi prefiere justificar sus actos. Algún culpable habrá que me fuerce a mí a no hacer las cosas bien. Son otros los responsables, no yo.

Se evita asumir la responsabilidad. Que otro pague por mis desmanes, no yo. Alguien que pague la deuda no pagada, la culpa no perdonada, el mal causado.

Esa actitud lleva a no pensar en los propios pecados. Ni mato, ni robo, ni hago mal a nadie. ¿De qué me voy a confesar? No encuentro nada malo de lo que arrepentirme.

Y eso me lleva a permanecer en la superficie sin ahondar y sin crecer. ¿En qué tengo que crecer si en todo estoy más o menos bien? Y me conformo.

La tibieza se apodera del alma. Todo vale. Al fin y al cabo, la vida son sólo dos días. ¿Para qué andar pensando en culpas? Eso es algo obsoleto. Propio de una Iglesia ya caduca. Ahora no se estila.

Si actúo mal, paso la página y vuelvo a empezar. Sin preguntas. Sin profundizar. Comenta el papa Francisco:

«La miseria moral consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! Siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos».

Creo que me basto a mí mismo. No necesito el poder de Dios. Menos su misericordia. No quiero sentirme débil, ni pobre, ni pecador. No me gusta la humildad.

Michele Paccione/Shutterstock

Las dependencias se apoderan de mí. ¡Cuántas dependencias sufre el hombre hoy! ¡Qué difícil sustraerse a ellas! El único camino es el reconocimiento de la propia fragilidad.

La conversión es posible cuando me siento pequeño y le muestro a Dios mi pobreza. Él se conmueve al verme desvalido y se abaja sobre mí. Es lo que sucede en Navidad.

PRAY
Pascal Deloche | GoDong

El Adviento me educa en la pequeñez. Me hace experimentar la necesidad de pedir ayuda y perdón. Yo solo no puedo calmar la sed de mi alma. No puedo profundizar y llegar a lo más hondo de mi corazón.

Yo solo no puedo encontrarme con Dios en mi miseria. Necesito que Dios se haga carne en Jesús y me tienda la mano. Necesito que convierta Él mi corazón que no reconoce culpa alguna ni pide ayuda. Comenta el padre José Kentenich:

«Aprendamos a presentarnos ante Dios tal como somos. ¡Fuera con el velo! ¡Fuera con la máscara! Mostrarnos ante el rostro de Dios en total desnudez. El gran peligro de que la conciencia ya no se inquiete. Cuando soy débil, entonces soy fuerte. Me glorío de mi debilidad. Llegar a ser un milagro de humildad, un milagro de confianza, de paciencia y de amor».

Es el camino del Adviento. Arrodillarme humillado ante Jesús en Belén. Confesar mis culpas y fragilidades. Recibir el abrazo de la misericordia de Dios que me cambia.

Sólo el corazón perdonado por un amor más grande puede caminar tranquilo. No confío en hacerlo todo bien. Sino en reconocer mis culpas, confesarlas con humildad y recibir el perdón que me sana en mi herida más honda. Es el camino para saciar la sed. Todo lo demás es huir de mí mismo y no ser capaz de enfrentar mis propios fantasmas.

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