Aleteia

Si piensas y actúas así… sencillamente habrá paz

ŚWIĘTA
Yuganov Konstantin | Shutterstock
Comparte

Todos tienen su lugar en la mesa cuando impera la misericordia, reparte tu sonrisa y tu amistad sin distinciones

Quiero pedir el Espíritu de santidad en este tiempo de Adviento. Quisiera tener una sabiduría para caminar por la vida. Entender los pasos a dar. Parecerme más a ese Jesús hecho carne que pasó delante de mí viviendo de una manera que me sigue interpelando.

Yo no pienso como Él. No actúo como Él. No tengo sus mismos sentimientos. Pienso en las palabras del profeta Isaías:

«Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados».

Jesús tenía ese corazón grande y misericordioso. Prudente y sabio. Valiente y temeroso de su Padre al que amaba. Un corazón que no juzgaba por la apariencia. Y hacía justicia al desfavorecido.

Si fuera capaz de vivir así… Si fuera capaz de comportarme de esa forma. En ese caso ocurriría lo que dice el profeta:

«Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente».

Isaías describe el paraíso. Eso me conmueve. La vaca con el oso. El león con el buey. El niño con la serpiente. Me impresiona. La comunión de contrarios. Lo imposible.

La respuesta ante las diferencias

¿Cómo se puede convivir con el que no piensa como yo y no me ama? ¿Cómo compartir la comida con el que no desea lo que yo deseo? ¿Cómo aceptar en mi casa, en mi hogar, al que no viste como yo, habla otra lengua, vive otra religión, posee otra postura en la vida? Parece imposible. Más difícil aún que la descripción que hace Isaías.

A menudo lo veo a mi alrededor. No se puede compartir la mesa, lo más sagrado de mi vida, con aquel al que no acepto. Distintas ideas políticas. Distinta nacionalidad. Viene de otro hogar. Tiene otras costumbres.

Lo rechazo y me quedo tranquilo y justificado. No es de mi familia, de los míos. Conmigo sólo pueden estar los que piensan como yo y se adaptan a mis sueños. Los que comulgan con mis ideas y me llevan en todo el apunte. Los que me admiran, quieren y respetan.

Pero los otros. Esos no. Con ellos no puedo compartir una posada, una tarde navideña. Con ellos no puedo hablar de ese Jesús que no juzga por las apariencias.

Me siento tan hipócrita a veces… Digo que estoy con todos. Pero luego me veo haciendo diferencias. Con ese sí, con el rico, con el poderoso, con el bueno, con el servicial, con el generoso.

Pero con el otro, que parece más herido y lleva más rabia en el alma, o parece en guerra con el mundo. Con ese no. No vaya a ser que su presencia me complique la vida, me agote, me enferme.  Y acabe con mi paz y mi alegría. Hago distinciones y no lo incluyo en mi mesa.

Dios es inclusivo

¿Y entonces ese reino de Jesús en el que caben todos? ¿O ese portal de Belén en el que conviven hombres y animales y unos pastores humildes con unos reyes poderosos y sabios? Un portal de Belén en el que nadie queda fuera.

Me cuesta creer en esos milagros mientras paso el día dividiendo, separando, construyendo muros que protegen y aíslan. Y sigo leyendo:

«Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna. Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres».

Llega aquel que traerá la paz y la justicia. El pobre tendrá su lugar en la mesa. Y el violento. Porque imperará la misericordia. El perdón de Dios para todos los hombres. Sin preguntas. Sin distinciones.

Me gusta esa mirada que aún no poseo. No trato a todos igual. No les dedico el mismo tiempo, ni las mismas sonrisas. No pienso que son dignos de mi amistad, ni de mi misericordia.

El Adviento me abre al misterio de ese amor infinito de Dios. Sin ese amor no sería nada y tengo libertad para acoger su misericordia. Decía el papa Benedicto XVI:

«No podríamos amar si antes no hubiésemos sido amados por Dios. La gracia de Dios siempre nos precede, nos abraza y nos sustenta. Pero sigue siendo también verdad que el hombre está llamado a participar en este amor, y que no es un simple instrumento de la omnipotencia de Dios, sin voluntad propia; puede amar en comunión con el amor de Dios, o también rechazar este amor».

Puedo elegir libremente el amor que me salva. O atarme enfermizamente al odio que me mata. Puedo hacerlo. Soy libre. No se me impone el nacimiento de Jesús en mi vida. Él viene a mí respetando mis pasos libres.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.