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El remedio definitivo a la soledad: nidos

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El hogar, la familia… es lo más sagrado, pero ¿quién lo protege?

El otro día oí hablar de las tortugas marinas. Escuché que están en peligro de extinción. Que solo logran reproducirse si vuelven al nido en el que han nacido. Y allí, en la playa, entierran sus huevos. Es por eso por lo que hoy se intenta cuidar sus nidos para preservar la especie.

La tortuga vuelve al nido original. Vuelve a su casa. Recorre miles de kilómetros para regresar a su nido. Me llama la atención. ¡Qué importante es el nido!

El hombre tiene en el mundo mil caminos posibles. Puede tomar muchas decisiones y recorrer distancias inmensas. Pero tiene un solo nido. Y cuando ese nido falta, el hombre está perdido.

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Me siento sin raíces, sin hogar. El hombre sin nido es un hombre sin raíz, sin paz. No tiene a dónde volver. No tiene un lugar al que regresar. Decía el padre José Kentenich:

«El hombre debe tener un nido. Es un animal social, un ser vinculado al nido. ¿Dónde hallará finalmente un sostén el hombre que no tiene nido?».

Familia, aceptación, amor

Mi nido es mi hogar primero. Mi familia. El amor de mis padres, de mis hermanos. El lugar de la fiesta, del encuentro. Ese espacio sagrado en el que soy familia y no estoy solo.

Dicen que las tortugas marinas sólo se unen y acompañan en el recorrido por la arena hasta el mar. Luego siguen solas su camino. Como en la vida.

Ese nido permite que madure el alma. Mi familia me equilibra, me da paz, me sana. El nido es un lugar físico, una casa, una tierra, un idioma, una comida, unas costumbres.

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Mi nido es una familia, una misma sangre, un amor incondicional, una aceptación primera. Ese nido quedará siempre guardado en mi alma. No lo olvido.

Por eso, cuando no lo tengo, no poseo un centro y vivo mendigando aceptación y cariño. Me falta la raíz.

Un lugar donde aprender

Conozco a Dios, conozco su amor, en la primera mirada de mis padres, en sus palabras y gestos, en su actitud ante mí. Son ellos la primera Iglesia doméstica en la que descubro el amor de Dios. Y si no es así, luego todo es más difícil.

Allí puedo mostrarme débil, porque me protegen. Y puedo ser yo mismo, porque respetan mi originalidad. Allí aprendo los juegos y pierdo el tiempo con los míos.

Allí crecen mis defensas, he nacido tan indefenso… En ese lugar seguro aprendo el sentido del sacrificio y la renuncia. Descubro que el amor es personal y se adapta a la verdad de cada uno.

Allí me siento niño para expresar mis alegrías y mis pataletas. Allí soy abrazado, besado, ensalzado, corregido, castigado. Aprendo el sentido del esfuerzo y la necesidad de levantarme cada mañana para seguir amando.

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Sin hogar no sería quien soy ahora y no podría recorrer caminos en soledad. Sin ese hogar primero viviría sin norte. Pensando que la vida me debe algo.

Padre, madre

En mi padre descubro el amor fiel y callado. En mi madre el abrazo y la sonrisa permanente. Y siento que mi vida vale incluso más que la de ellos. Así me lo hacen sentir. Como si yo fuera a continuar sus vidas en mis propios años. Y mis logros y caídas fueran los suyos, siendo solo míos.

En familia descubro que la sangre une, pero sin amor es un vínculo demasiado frágil. Y entiendo que el amor más sano es el que no retiene ni exige al otro que sea como nunca ha sido.

En mis padres encuentro el primer reflejo de un amor eterno. Y sé que mi vida está hecha para crear nidos. Que nadie sufra la soledad que hoy veo en tantos.

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Un tesoro

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Hoy nadie protege el nido. Como si el hogar seguro no fuera importante. Y es lo más sagrado que he conocido.

Dios quiere que la familia sea la encarnación de su amor más hondo. Y quiere que ahí aprenda a entregar la vida. Me da una experiencia profunda de hogar para que mi ternura sea lo primero.

Me enseña a sentirme valorado para que mi mirada valore a otros. Me da seguridad en los amores centrales de mi vida, para que mi amor a otros sea también un seguro.

Recordar

Miro agradecido mi nido en este Adviento. El nido que permitió que mi caparazón se endureciera y creciera con el paso de los años. Y fuera luego capaz de navegar grandes distancias, como esas tortugas marinas.

Recuerdo con nostalgia el nido primero. La familia que me dio la vida y me enseñó una forma muy concreta de mirar y amar a los hombres.

En acción de gracias pienso que allí, como en Belén, ocurrió el milagro de amor más grande de mi vida. Allí fui amado en mi verdad, por mis padres, por mis hermanos, por Jesús. Allí fui aceptado en mi debilidad conocida y perdonada.

Allí aprendí a esforzarme, a luchar, a pedir perdón, a perdonar los errores. Allí encontré mi propio camino por el mar y supe que Dios me quería, de una manera única y para siempre.

Mi nido salvó mi vida. Y vuelvo a él en mi corazón cada mañana. Para recordar el amor y todo lo amado. Y tengo paz entonces. Desde mi nido. 

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