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Pídele a Dios algo mejor que milagros

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By Meuliine | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/11/19

Tengo mil milagros posibles en mi lista de deseos, y se me olvida pedirle lo más importante

Jesús promete el paraíso al buen ladrón:

«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino. Jesús le dijo: – Yo te aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Es curioso llamar bueno a un ladrón. Mejor sería llamarlo ladrón arrepentido. No lo sé. Pero en la tradición el buen ladrón es el que pide perdón. Y el malo el que sólo quiere que Jesús muestre su poder:

«Uno de los malhechores colgados le insultaba: – ¿No eres Tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!».

Son dos actitudes ante la vida. Dos posibles miradas en la misma situación de crisis. Dos hombres que están muriendo. Uno ve en Jesús la posibilidad del milagro. Si es Dios, que actúe. El otro no reprocha nada, sólo quiere el paraíso. Sólo sueña con el cielo. Reconoce su culpa:

«¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, este nada malo ha hecho».

El buen ladrón es consciente de su fragilidad. La confiesa ante Jesús. Le suplica el perdón del cielo. Me conmueve. Un hombre arrepentido al mirar cara a cara a la muerte. Sus palabras son escuchadas. Jesús ve su mirada, su actitud del alma.

A veces no miro así a Jesús cuando me siento culpable. Más bien huyo, me alejo, me siento indigno. El buen ladrón se siente niño ante Jesús. Lo mira y pide algo imposible.

Ve un reino más allá de la carne, de esta vida. Tiene una fe que me impresiona. Jesús está muriendo y él ve su corona. Es impotente y no puede defenderse y logra ver todo su poder.

Está exhalando su último aliento y él ve una vida que vence la muerte. Y cree en un reino que no pueden tocar sus manos, ni ver sus ojos.

Cree contra toda esperanza cuando lo lógico, lo humano, es suplicar en ese momento un milagro. Que me salven. Que me quiten la enfermedad. Que me rescaten de la muerte al borde del abismo.

¿Acaso no es Dios justo y misericordioso? Que actúe ahora cuando todavía hay esperanza y no se ha agotado aún la vida. Pero ver a un rey en medio de la muerte, ver a un salvador cuando todo parece perdido,… es imposible.

Mis ojos se detienen en la piel, en la vida que palpita, en la esperanza concreta para este día, para este tiempo que me queda de vida.

La fe del buen ladrón es un canto de alabanza. El buen ladrón entona un canto de esperanza:

«¡Qué alegría cuando me dijeron: – Vamos a la Casa del Señor! ¡Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén!».

¿Cómo se puede alabar a Dios muriendo? Así lo hace él y suplica. Y Jesús le promete el cielo. Es una de las siete palabras que Jesús dijo desde la cruz. Es la respuesta a una pregunta confiada. Estará con Él ese mismo día en el paraíso para siempre.

¿Y el pecado? ¿No había robado, matado, sido injusto? ¿No parece eso una misericordia excesiva que no beneficia al hombre justo? Merecía pagar el precio del mal causado.

Jesús le perdona la deuda completamente y lo eleva al cielo. Sin penitencia, sin exigencias. Y es él el primer santo que comparte el cielo con Jesús ese primer día.

Me impresiona. Sólo estuvo con Jesús unas horas. Y eso cambió su corazón alejado de Dios. Le cambió la mirada. Le cambió las exigencias de su alma. Se sintió débil ante Jesús. Pobre, necesitado. Y encontró el perdón más grande. Ese es su reino.

Supera mis expectativas. Es más fuerte que mis miedos. Más grande que mis pretensiones. Su reino no es de este mundo y la puerta se abre aquí, delante de mis ojos.

No en el lugar ideal, no en el momento escogido. Cuando menos lo espero veo a Jesús sufriendo conmigo mientras sufro. No le echo en cara que no hace nada para salvarme. No le pido que actúe y haga algo. No suplico, aunque lo desee.

Una persona me comentaba en su enfermedad: «No le puedo pedir el milagro de que me cure, aunque lo desee. Sólo le pido que me dé paz, alegría, esperanza. Y ánimo de lucha. Eso le pido».

Como ese ladrón arrepentido. Que miraba a Jesús no para que lo bajara de la cruz, sino para que le diera la esperanza de una vida para siempre.

Esa fe me conmueve. ¿Qué le pido yo a Jesús en medio de mis luchas? Me pregunta:

«¿Qué quieres que haga por ti?».

Y yo tengo mil milagros posibles en mi lista de deseos. Y se me olvida pedirle lo más importante. Que me cambie la mirada del alma. Que cambie mi actitud ante la vida. Que cambie mi corazón enfermo que no ve el propio pecado y vive buscando culpables. Que me quite esas exigencias que me enferman y llenan de amargura el corazón.

El milagro más grande es que me cambie por dentro.

Deseo vivir muchos años en la tierra. Pero más aún deseo el paraíso. Deseo el amor para siempre. Y una vida plena en la que no haya ocaso.

Deseo vivir con Él en una eucaristía plena en el cielo. Y quiero que mi alma se ensanche en la tierra. Que mi alma se haga grande. Y mi mirada más pura.

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